Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

A 35 AÑOS DE LAS MALVINAS

A 35 AÑOS DE LAS MALVINAS
A 35 AÑOS SON Y SERA ARGENTINAS

19 de julio- día del amigo canaya

19 de julio- día del amigo canaya
se conmenora por aniversario del fallecimiento de Negro Fontanarossa

HOMENAJE A NEGRO FONTANAROSSA

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HOMENAJE A FONTANARROSA

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viernes, 21 de julio de 2017

ESTAMPAS DE ROSARIO

NUESTRA INFANCIA

Nuestra infancia, nuestro deambular por calles y avenidas fragantes de plátanos, de nuestro Parque Independencia. Los días domingos, por la mañana, nos deleitábamos subiendo y bajando "la montañita", dar vueltas en bote y remar para "hacer musculatura"; alquilar bicicletas a 20 centavos la hora.

BAR AUTOMATICO

El Bar automático ubicado en la calle San Martín entre Rioja y San Luis; servían detrás de una pared de tres metros de alto, atrás estaba la cocina y un mozo; en la pared, cada cincuenta centímetros había un molinete de vidrio en posición horizontal indicando en el mismo la especialidad que tenían para su consumo: empanadas, pastelitos, sandwiches, masas, etc... Al poner el cliente la moneda en la ranura, el mozo giraba el molinete y ponían sobre un platito lo que aquél pedía.

LOS MATEOS
Los mateos, con sus coches nuevos tirados por pingos rabones de color negro, eran el orgullo de la ciudad. Los cocheros tenían sus paradas en la Plaza Santa Rosa, Plaza 25 de Mayo, estaciones del ferrocarril; preferentemente lo hacían en la estación Sunchales, a la espera de la llegada de un tren para transportar a pasajeros. El trotar de los caballos daba vida a la ciudad de calles sin tránsito apresurado.

TRANVIAS Y TAXIS
Los pesados tranvías eléctricos anunciaban su paso con sus insistentes campanadas al cruzar las calles; el motorman, para dar vuelta en las esquinas apoyaba un pie en el estribo y con una barra de hierro daba en el centro de las dos vías, mientras que un seco ruido anunciaba el cambio. El tranvía que arrastraba a otro tranvía como si fuera un acoplado, llamado 'la cucaracha", con asientos de madera y costaba la mitad del pasaje; era exclusivamente para obreros.
La compañía "Faja Amarilla", una sociedad de taxis con autos Ford "T" formada por veinte coches. Se destacaban en su paso por la ciudad por tener centro tenía una banderita argentina) invitaba a los parientes. El padre del novio lo seguía con una botella de anís, procedimiento que se repetía cada hora; no había mesas, solamente sillas ubicadas alrededor de la pared. Algunos pibes hacían la corrida cambiando de silla para comer otra masita, esperando el paso del padrino (yo lo hacía). A medianoche se apagaban todas las luces para que se fueran los novios, lo único que se veía era el fuego de los cigarros y toscanos encendidos, aprovechando algunos novios a robar un beso en la oscuridad. En la pieza quedaba sentada en la cama la madre de la novia, llorando, después de los clásicos consejos de la época. (¡igual que ahora!...).

LOS VIGILANTES
Los vigilantes vestían con chaquetilla azul y casco del mismo color con una pequeña lanza plateada sobre el casco, cinturón negro y machete. Tenían la parada en las esquinas cada dos cuadras; a medianoche tocaban pito, el que estaba en la otra esquina debía contestar para demostrar que estaba alerta. A cada hora pasaba la ronda para verificar si se encontraba en la parada. Algunos dormían parados.

FUTBOLL
Recuerdo a Harry Hayes, Indaco, Sarasíbar, Ramón y Nazareno Luna, Juárez. Cuando Rosario Central le ganaba a Tiro Federal, los hinchas mandaban un burrito disfrazado con los colores de Central y lo paseaban por la Avenida Alberdi. El burrito salía de la esquina del café Fuyini, de San Nicolás y Salta. Cuando jugaban con Newell's OId Boys y le ganaban, jugadores e hinchas lo festejaban sobre autos Ford "T" por las calles de la ciudad. Yo sentado en la capota baja del coche, tocaba en el bandoneón la marcha de Central, que en ese tiempo era. el Himno inglés "El Tiperari" con la letra adaptada a esa melodía.

LEY SECA Y ALPISTEROS
(Nombre de los equipos)
Eran partidos de fútbol que hacían los centralistas una vez por año, jugaban todos con disfraces, y partidos de dos tiempos de 30 minutos cada uno. Lo integraban profesionales y aficionados. Al finalizar el encuentro se agrupabañ en el centro de la cancha, sacaban fotos y se cantaba la marcha del Club. Yo con mi bandoneón. Estos encuentros sejugaban entre los años 1927 al 1929. Por el asado que pagaban los que perdían.

CONCURSO
El concurso de música popular en el cine "La Bolsa" (hoy Cine Broadwav), organizado por la Editorial Julio Korn. En él fui galardonado con el segundo premio, con la Ranchera "La Forastera". Grabado el disco por Edgardo Donato, autor del tango "A Media Luz" y cantando el estribillo Carlito3 Vivan, autor del tango "Cómo se pianta la vida!". Unos días antes había actuado en el mismo cine Carlos Gardel, con los guitarristas Barbieri, Riverol y Aguilar.

LOS BAILES DE ANTES
SALONES Y PISTAS DE BAILE -
Echesortu F. C. - Central Córdoba - El Luchador-Social Zona Sud - Sportivo América - Servando Bayo - La Carpita - Centro Asturiano - Instituto Tráfico - Sportsman Unidos - Cifré - Castel Rojo - y los Picnic del Centro Unión Almaceneros.


Bibliografía: Güía de Rosario de Francisco Planos

martes, 18 de julio de 2017

TRIBUNALES DE ROSARIO

Por Miguel A. De Marco (h)*

Reflejo de la historia institucional, política, social y económica de la provincia de Santa Fe. En los próximos días se inaugurará la primera etapa de su reconstrucción y se podrá comprobar la magnitud de las obras que lo posesionaran como uno de los centros culturales más importantes del interior del país.
El nuevo espacio urbano

El 22 de septiembre de 1857 la legislatura de la provincia aceptó la donación de un terreno ofrecido por Marcos Paz para ser utilizado como plaza de las carretas y arríos que llegaban del interior del país transportando pasajeros y todo tipo de mercancías, para volver luego cargados de los productos importados que arriba­ban al puerto rosarino. El mismo estaba ubicado entre las actuales calles Córdoba, Dorrego, Santa Fe y Moreno, una zona que por entonces se encontraba en los suburbios de la zona oeste de la ciudad.
Recién en 1868 se creó por orde­nanza municipal  el bulevar Santafesino (actual Oroño), y la Plaza  San Martín fue reconocida oficialmente como tal por primera vez en la memoria municipal de 1884, cambiando su rol de mercado público por el de paseo público. La ciudad había crecido en todos los órdenes y los saltos demográficos explican en gran parte su evolución y necesidades. En 1858, cuando recién se reconoció a la Plaza de las Carretas como espacio público, tenía 9.785 habitantes y para el primer censo provincial, en 1887, su población llegó a las 50 mil almas.

De allí que al momento de gestarse el proyecto de construir un gran palacio de justicia en Rosario, la zona se encontraba en una etapa inicial de urbanización y la densidad poblacional era incipiente (ver mapa de Carrasco).
La sesión del terreno


La euforia progresista que imperó en tiempos de la presidencia de Miguel Juárez Celman alentó la presentación de propuestas de obras públicas de envergadura inusual para la Argentina. En la provincia de Santa Fe, la gobernación de José Gálvez (1886-1890), no fue ajena a esta tendencia, y los empresarios como el catalán Juan Canals, que por entonces había obtenido del gobierno nacional la concesión para la construcción del puerto de Rosario, entre otros negocios, tuvieron un trato preferencial. El galvismo, (el círculo que rodeaba al gobernador), que proclamaba la llegada de una "Nueva era" de transformaciones de toda índole para Santa Fe, incluida la moderni­zación del Estado y la realización de obras de infraestructura que permitieran sentar las bases de una provincia pujante en el siglo XX, también tenía el control político en la ciudad de Rosario, y por eso logró que el Concejo Deliberante Municipal acompañara el proyecto asignado a Canals de construir un Palacio de Justicia y el 11 de septiembre de 1888 decretó: "Dónase al Poder Ejecutivo de la Provincia una fracción de terreno en la Plaza San Martín, compuesta de 139 metros 55 centímetros con frente a la calle de Moreno, por 55 metros 37 centímetros de fondo, lo que hace un total de metros cuadrados 6.331.38 centímetros con destino a la construcción del Palacio de Justicia contratado con el señor Juan Canals". El empresario había elevado al gobierno provincial, un mes antes, su propuesta de construir "un edificio titulado Palacio de Justicia", destinado a la instalación de los tribunales y dependencias. En la misma nota le solicitaba que adquiriera el terreno necesario en "un paraje conveniente". En el artículo 3 dejaba expresamente establecido que todas las obras serían hechas por cuenta exclusiva suya, las que deberían estar completamente terminadas en 1889, y que si bien el gobierno tendría derecho a ocupar los locales que fueran necesarios para la instalación de la Cámara de Apelación, juzgados, secretarías, fiscalías y archivos, a cambio éste debía "obligar a todos los agentes judiciales como escribanos y otros, a que instalaran sus respectivos despachos u oficinas en el Palacio de Justicia, único en el cual podrían autorizar los respectivos documen­tos que de dichos funcionarios emanaran". Como compensación de los locales ocupados por la Justicia provincial, él tendría derecho a cobrar "un alquiler que no excediera un peso y medio por metro cuadrado de superficie ocupada, inclusive la galería", garantizándole la provincia un total de cinco mil doscientos pesos nacionales en el caso de que los alquileres no pasaran ese producido mensual. A los treinta años de instalados los Tribunales el Palacio pasaría a ser propiedad exclusiva de la provincia.
El gobernador Gálvez aceptó la propuesta en todos sus términos. Los planos adjuntados por Canals prometían la construcción del palacio público más imponente y elegante de la provincia. En 1890, por iniciativa del activo intendente Gabriel Carrasco, quien durante su administración puso la piedra basal del actual Palacio Mu­nicipal, la plaza San Martín adqui­rió características modernas, acom­pañando de esa manera la construc­ción del Palacio de Tribunales.
El contexto político de la moder­nización del poder judicial


La modernización del Poder Judicial en tiempos de los gobiernos provinciales de José Gálvez (1886-1890) y su sucesor partidario Juan M. Cafferata (1890-1893), fue in­fluenciada en gran parte por los reclamos de la sociedad, la prédica de la prensa, y de los partidos opositores y oficialista. Es decir, la opinión provincial en su conjunto participó en el deseo de mejorar la administración judicial. Esta admirable movilización social difícilmente se hubiera producido con tanto vigor sin la presencia d nuevos actores: "el civismo", que daría origen a la Unión Cívica Radical, a la Unión Cívica Nacional y a organizaciones independientes 3 el despertar de la conciencia ciudadana a partir de la crisis financiera y moral de 1890, que condujo a una revolución que precipitó la renuncia del presidente de la Nación Juárez Celman 

Se cuestionaba la dependencia del Poder Judicial al poder político, antigua rémora que no era patrimo­nio excluyente del Estado santafesino. A medida que transcurrió el año de 1891, se incrementaron los rumores y el descontento hacia los magistrados y empleados de los Tribunales de Rosario, a quienes se acusaba de una larga serie de irregularidades.

A partir de 1890, todo procedimien­to judicial fue observado atenta­mente por dos o tres periódicos, en busca de alguna falta, para dar inicio, una vez detectada, a la etapa de la difusión de la irregularidad, prédica que permitía explayarse sobre los vicios estructurales y puntuales de la administración judicial. Se culpaba abiertamente al galvismo (los seguidores de Gálvez y Cafferata), quien, según la oposición, se beneficiaba al amparar a funcionarios incondicio­nales.

La gran batalla comenzó en julio de 1891, cuando El Municipio, cuestionó en términos agresivos, la capacidad y moralidad de los jueces de primera instancia de la ciudad de Rosario.


El gran mitin rosarino de 1891

En octubre del mismo año la ciudad protagonizó un espectáculo novedoso y original, aún para las prácticas cívicas nacionales: la realización de un imponente mitin público, apolítico y con el único fin de reclamar por "la moralización de la institución judicial" y exigir a la Cámara de Diputados que acusara ante la de Senadores, a los funcio­narios de la administración de justicia de Rosario, a quien la opinión adjudicaba cargos de inha­bilidad e incompetencia. La con­centración se efectuó en la Plaza San Martín y luego los manifestan­tes encolumnados se dirigieron por calle Córdoba, hasta la plaza Santa Rosa. Allí se dejó sentado que no podía haber un progreso real sin seguridad jurídica. Uno de los oradores exclamó que el pueblo tenía "hambre y sed de justicia", y el pueblo no la podía saciar por no tener confianza en sus magistrados. Por encima del tema convocante es importante resaltar el grado de participación de la sociedad rosari­na que ponía en evidencia la poten­cialidad de una comunidad, dis­puesta a superar también la crisis moral. La moralización de la justi­cia fue el tema que monopolizó la atención de la prensa, las conversa­ciones y los debates, coincidiendo todos, más allá de las respectivas ideologías políticas, en la necesidad de reformar la administración de justicia, dándole transparencia y separando a los jueces más cuestio­nados.
La permanencia en la función pública de jueces rectos y probos era "transitoria", porque las más elementales necesidades económi­cas lo ahuyentaban de su puesto. El diario galvista de Santa Fe, Nueva Época, efectuó para ese entonces, una serie de artículos titulados, "la reforma judicial". En uno de ellos se afirmó: "los magistrados que no tienen fortuna propia, están en una condición de mendigos", porque si es que llegaban a cobrar su salario, recibían los despreciados vales de tesorería.
A todo esto, se conoció un informe final de la inspección del ministro del Superior Tribunal, Juan F. Seguí, y las resoluciones del mismo, consistentes en desplazar de las funciones a los jueces de primera instancia de Rosario.
El imponente palacio de los Tribunales de Rosario

El año de 1892, fue decisivo para la justicia provincial. En una coyuntura política y financiera tan crítica, impensada por el galvismo años antes, se terminó de construir el imponente Palacio de Justicia de los Tribuna­les de Rosario.

La construcción, que se realizó en el predio de la calle Moreno, entre Córdoba y Santa Fe, fue única en su tipo en la Argentina de fines de siglos XIX, por el estilo arquitectó­nico y sus dimensiones que comprendían media manzana, planta superior y torre. La crisis económica que afectó a empresa­rios como Canals le impidió cumplir con los plazos de entrega y recién el 5 de febrero de 1892 la Cámara de Apelaciones de Rosario dictó la acordada que autorizó oficialmente la traslación del personal, muebles y archivos, abandonando los vetustos, inapro-piados y precarios salones del Departamento Central de Policía. Los muebles de la nueva residencia eran lujosos, los ambientes tenían cortinas negras y alfombras de granate. A cada juez se le asignó un salón, con un gran escritorio tipo ministro, y sillones de cedro tapizados. La Sala de Audiencias, llamaba la atención por su majes­tuosidad y severidad. De esta manera, se convertía en el edificio más "suntuoso" de aquel Estado pobre, superando sus salones en calidad a los de la propia casa de gobierno, en el secular Cabildo de Santa Fe.

En mayo del mismo año, el gobernador Cafferata llamó a ocupar el ministerio de Agricultura, Justicia e Instrucción Pública a Gabriel Carrasco, el rosarino que desde la intendencia tanto había contribuido a la realización del Palacio de Tribunales. Su presencia en este cargo fue revolucionaria e innovadora.
Una instancia clave para la justicia santafesina

El ministro Gabriel Carrasco tuvo la valentía de reconocer ante la prensa local y nacional que la justicia en Santa Fe era "tardía, cara y dudosa". El revuelo que origina­ron sus conceptos ocasionó un movimiento general en la prensa y en la gente. Carrasco opinó que hasta el más insignificante pleito que debiera terminarse en un mes, duraba cuatro años, y que si bien se sabía cuándo empezaba, no podía saberse cuándo culminaría. De la misma manera afirmó que la justicia era "casi inabordable para el rico y totalmente imposible para el pobre", no sólo las costas del juicio, sino también la tarifa de los abogados. Otro de los aspectos, que consideraba como vicio introduci­do en la práctica de la justicia, era el de "considerar al gobierno como res nullius, en cuyas arcas se puede honradamente meter las manos!", en alusión a que los abogados, regulaban sus honorarios frente al Estado como si fuera un ente privado de riqueza inacabable. El tercer aspecto que definió el ministro Carrasco, coincidiendo con los reclamos de la prensa y opinión pública en 1891, fue que la justicia era también dudosa. Frente al ciudadano, el comercio, y la sociedad en su conjunto, la administración judicial, se erguía como un edificio débil, ineficaz, peligroso y sospechoso. Es decir, existía un divorcio entre la sociedad y la confianza hacia el sistema judicial vigente, a lo que contribuía la falta de idoneidad y moralidad de funcionarios, y la ausencia de los más capaces y honestos desalenta­dos por un sueldo lastimoso. 

Estas consideraciones le valieron al ex intendente Carrasco una interpelación legislativa de la que salió airoso. En el mes de septiem­bre dio comienzo el debate legislativo de mayor profundidad de la gobernación de Cafferata: "la reforma a la Ley Orgánica de Tribunales"; merced a un proyecto elaborado por el ministro Carrasco. 

Hasta el senador nacional Gálvez, "descendió" de los niveles de la alta política en donde lo situaba el hecho de ser el líder de la bancada roquista, y escribió sobre la necesidad de crear la función de "los jueces de sentencia", con el fin de lograr la celeridad en la rápida conclusión de los litigios. 

La presión política opositora, la opinión pública, y la decidida acción de Carrasco, posibilitaron que la legislatura, en un mes, sancionara la Ley Orgánica de Tribunales. El título primero se refirió a los jueces y demás funcionarios de la administración de justicia. De acuerdo con la nueva ley se ponía en funciones la Corte Suprema de Justicia de la Provincia de Santa Fe, como órgano máximo. Por debajo de ella se formaron dos Cámaras de Apelaciones. Luego jueces letrados en lo Criminal Civil y Mercantil y de jueces letrados en lo Correccional, y por último de jueces de paz. También intervenían en la administración, el procurador general de la Corte, los fiscales de Cámara, los defensores de pobres y menores, los médicos de tribunales, los abogados, los procuradores, los escribanos y partidores. La Corte Suprema de la Provincia de Santa Fe se compuso de cinco ministros, un procurador general, un secretario y un pro secretario. Ejercería la superintendencia de la administración de justicia. Su presidente sería electo anualmente, dentro de la misma. También se detallaron los deberes de las Cámaras de Apelaciones, y los restantes jueces. En cuanto a los fiscales se especificó que eran los guardianes de la moralidad y rectitud de la administración de justicia en los Tribunales. Títulos especiales fueron dedicados a las formalidades que debían seguir las escrituras públicas; el archivo de los tribunales; el registro de anotación, de hipotecas, embargos e inhibiciones; el régimen carcela­rio y de alcaidías, etcétera. 

Una de las rémoras tradicionales que seguían atentando contra la "renovación" y "transformación" del sistema judicial santafesino fue la escasez de letrados en condición de ejercer la magistratura. El galvismo, siguiendo la práctica de gobiernos anteriores, "importó" jueces de provincias vecinas, especialmente de la docta ciudad de Córdoba. También fue tolerante en cuanto la admisión como jueces, de extranjeros no naturalizados, tal es el caso del mencionado Serafín Alvarez, padre del prestigioso historiador rosarino. 

Lo cierto es que esta "tolerancia" también creaba una relación de compromiso entre el mandatario que concedía el puesto y que se comprometía al mismo tiempo a garantizarle subsistencia social y económica, y el juez que no podía olvidar la gratitud del gobernador que le dio un puesto de relevancia y posibilidades de progreso para él su familia e hijos.

Tal era el estado de la justicia para 1893, una flamante estructura pero con pocos magistrados, con empleados judiciales sin adecuada preparación, y gran cantidad de pleitos sin resolver.
Los agravios al secular Palacio

El Palacio de los Tribunales fue víctima de sucesivos agravios, los que comenzaron en el momento mismo de la inauguración de sus oficinas, en 1892, cuando no se preveían las partidas necesarias para su mantenimiento. Dos años más tarde, convertido el gobierno provincial en una delegación política del régimen instaurado por Julio A. Roca, sus instalaciones fue­ron transformadas en cuartel para las tropas del Ejército nacional en­viadas por el entonces presidente Luis Sáenz Peña para garantizar "la normalidad" institucional, luego de las revoluciones radicales de 1893. El Estado provincial, que en su pre­caria estructura administrativa aún no contaba con instalaciones de cierta relevancia en la segunda ciu­dad del país no dudó "para garanti­zar el sistema republicano" en auto­rizar la ocupación militar del pala­cio, comprometiéndose a no inter­ferir en el funcionamiento judicial. La decisión adoptada desde Santa Fe implicó que toda su estructura quedara desbordada y se destroza­ran, por ejemplo, sus baños, y durante el brote colérico de 1895 tuvo que evacuarse totalmente para su desinfección.

Este primero y gran agravio al Palacio, de una provincia moderna convertida en poco tiempo en la octava región del globo que más había crecido en una década, fue un augurio de lo que sucedió en ade­lante. Según informes oficiales ela­borados en la década del 10, el edi­ficio ya se encontraba en una situa­ción de dejadez. Canals, lejos de in­vertir en su mantenimiento se pre­sentó en quiebra en 1912 y el edi­ficio pasó a manos de la provincia.

El necesario relevo edificio


Fue en la gobernación de Manuel María de Iriondo, en 1938, que se decidió construir un nuevo edificio para los tribunales rosarinos, y el 8 de julio de 1945 fue colocada la piedra fundamental. El nuevo palacio se levantaría en la manzana comprendida por Balcarce, Moreno, Montevideo y avenida Pellegrini. El interventor federal presidió la ceremonia, y el ministro de Hacienda y Obras Públicas de la provincia, Juan H. Caesar recono­ció la necesidad de no dilatar por más tiempo la construcción de un edificio porque era una necesidad imperiosa. Sin embargo, el mismo pudo ser recién inaugurado el 30 de abril de 1962, durante la intervención nacional del general Víctor Cordés, quien públicamente admitió que la conclusión de la obra se debía a las intensas gestiones del mandatario desarrollista, doctor Carlos Sylvestre Begnis, derrocado junto al presidente Arturo Frondizi, semanas antes.

Fue también durante la gestión del mencionado mandatario desarro­llista, en 1960, que las Escuela de Derecho, Ciencias Agrarias y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional del Litoral, junto al Museo Angel Gallardo se instalan en el Viejo Palacio. 

Por entonces también prosperó una iniciativa de Julio Marc de trasladar el Museo Histórico Provincial desde el Parque Independencia al Palacio de los Tribunales, que si bien logró el acuerdo de la legislatu­ra provincial no se concretó. En la década siguiente se apoderó de la torre y techos una colonia de murciélagos, una de las más grande de Sudamérica, que desplazó a sus anteriores dueñas: las palomas.
Hacia la conformación de un Centro Cívico

La plaza San Martín, escoltada por dos de los palacios institucionales más importantes de Sudamérica, el Palacio de Tribunales y el Palacio de la Gobernación, remozados en la actual gestión del gobernador Jorge Obeid, podría constituirse en un espacio único en su tipo en la República Argentina. Los palacios contribuyeron a la jerarquización urbanística de la zona, que rápidamente se pobló a principios del siglo XX. Por entonces, se concluyó el adoquina­do frente al flamante edificio de la Escuela Freyre de Rosario, en calle Córdoba, entre Balcarce y Moreno, y de las calles que rodeaban a la plaza San Martín.

De esta manera, aquel espacio pasó a ser el ámbito público más significativo de la provincia, porque recién en 1917 se habilitó en la ciudad de Santa Fe la actual Casa de Gobierno, la "Casa Gris". Hasta poco tiempo antes, el Poder Ejecutivo y el Legislativo habían sesionado en los estrechos salones del viejo Cabildo.

Frente a la Casa Gris de Santa Fe y al Palacio de la Jefatura de Rosario, se emplazaron las estatuas ecuestres de San Martín, en 1902 y 1913, respectivamente, y esto no es una simple coincidencia. Señala el rango oficial otorgado a ambos espacios públicos. 

El gobierno provincial ha tomado cartas en el asunto, revirtiendo una inercia de décadas, y que oportuna­mente señalamos como preocupan­te. Todo hace prever que se marcará un punto de inflexión y que el Complejo o Centro Cívico Provin­cial, con la remozada Sede de Gobierno, contribuirá a acercar a los rosarinos con los gobiernos de Santa Fe.

Sin embargo, la sorpresa la dará, en muy poco tiempo, la inauguración del remodelado edificio de los viejos Tribunales, hoy Facultad de Derecho
La reconstrucción

En 1994 se conformó el Plan de Rehabilitación del Antiguo Palacio de Justicia de la Ciudad de Rosario, con la coordinación de la Universi­dad Nacional de Rosario (UNR). 

Los sucesivos rectores de la UNR y los decanos de la Facultad de Derecho mostraron un firme compromiso en el sentido de que la restauración del viejo Palacio de Tribunales concluyera en un plazo no mayor de diez años de haber sido declarado Monumento Histórico Nacional en 1997. 

La Provincia llamó a un concurso de Propuesta de Trabajo y Precios para el Proyecto de Restauración de Fachadas por parte de la DIPCES, siendo adjudicado el trabajo a un grupo de profesionales rosarinos, bajo el contralor de instituciones representativas de la ciudad. 

Desde septiembre del 2000 el gobierno provincial de Carlos Reutemann comenzó a refaccionar los techos, a través de la empresa Construcciones Industriales y Civiles (CIC), estimándose su terminación en un año, para luego seguir con la remodelación de la fachada.

La regularización de la situación del inmueble -recién en diciembre de 1999 la UNR firmó un contrato de uso- posibilitó que la Universidad también comenzara a invertir en el histórico edificio. De esa manera se remodelaron las 19 aulas de la planta y se amplió la biblioteca, con fondos universitarios y la coopera­dora de la Facultad de Derecho (Cofade). Se concluyó el anfiteatro Rodolfo Fontanarrosa. 

En el mes de diciembre de 2001 la Legislatura santafesina aprobó la donación del edificio a la UNR. 

El 1 de julio del año 2003, fue un día negro para la ciudad. Los medios de comunicación daban cuenta que el viejo edificio se encontraba en llamas siendo el más triste pero anunciado corolario de ese agravio secular que anteriormente se mencionó. El fuego se inició después de que se arrojaran bombas de estruendo en una marcha de empleados estatales. Fue un duro golpe para el ánimo de los rosarinos y en especial para la comunidad de la Facultad de Derecho y todos aquellos que desde hacía diez años habían luchado denodadamente por la recuperación del edificio. 

La reacción de las autoridades fue inmediata en el sentido de poner un punto final a la situación planteada. 

El 19 de febrero de 2005 renació la esperanza cuando una grúa gigante inició los trabajos de reconstrucción de los techos sobre calle Moreno, con fondos donados por el gobierno provincial. Asimismo el gobernador Obeid entregó una suma que rondó los 70 mil pesos con la finalidad de restaurar los murales originales de artistas italianos de la cúpula del hall de ingreso también por calle Moreno.

Una semana antes tuvo lugar en la Casa Rosada otra señal alentadora. 

El presidente de la Nación, Néstor Kirchner, entregó al rector de la UNR, Ricardo Suárez, y al decano de la facultad, Ricardo Silberstein, 1.300.000 pesos, de un total de 3 millones. "Este es el primer aporte realizado por el gobierno nacional a un año y siete meses del incendio que destruyó el 40 por ciento de la sede de Derecho y más de 13 mil piezas del museo Angel Gallardo", destacó La Capital.
Renacer de las cenizas

Según el decano Ricardo Silbers­tein, luego del incendio del año 2003, la inversión en la remodela­ción puede resumirse de la siguien­te manera: Con el millón y medio de pesos aportado horas después del siniestro por Reutemann se reconstruyeron todos los techos que dan a calle Santa Fe a Moreno. Con el millón y medio de pesos enviado por el presidente Kirschner se concluyeron la refacción de las aulas de la Planta Baja y Planta Alta que dan a las mencionadas arterias. Por su parte, la UNR destinó un millón de pesos más que permitió concluir la remodelación de la fachada por calle Córdoba. Con cincuenta mil pesos aportados por la Cámara de Diputados de la Provincia y recursos de la UNR se apuntaló la torre para evitar su desmoronamiento. La Embajada de Suiza también contribuyó con más de 70 mil pesos que fueron inverti­dos en la construcción de nuevas aulas. Por último, el gobernador Obeid donó a la Facultad un millón de pesos para la refacción de la fachada por calle Moreno, y luego otra cantidad para restaurar los murales ya señalados. 

Por todo esto Silbestein confía que en muy poco tiempo se podrá inaugurar una primera etapa de la reconstrucción.
Los murales y el vitraux

La restauración de la pintura de murales que desde principios del siglo XX engalanan el ingreso al edificio  calle Moreno está a cargo de la profesora Cristina Lancelotti, quién ya tuvo a su cargo la misma tarea en Villa Hortensia y El Círculo. El coordinadores Mario Godoy y el equipo de trabajo está compuesto por Jorgelina Toya, Javier Carricajo, Candela Nardelli, Alejandra Rubinich, Carlos Torres y Mario de Lugo.

La recuperación de los vitraux de la torre está bajo la responsabilidad de Héctor Riboldi


*El presente artículo es una adaptación de las investigaciones realizadas por el autor para el CONICET, editadas en revistas especializadas e integrante del capítulo "Justicia ", del libro inédito "La ejecución de políticas públicas para la modernización del Estado santafesino ".
MIGUEL ANGEL DE MARCO (H), Santa Fe en la transformación argentina. Museo Marc, Rosario. 2001.
Digesto Municipal, de la Municipalidad del Rosario de Santa Fe, publicación oficial. Compañía Sudamericana de Billetes de Banco. 1890. p. 307. Recopilación de Leyes. Decretos y Resoluciones vigentes en la Provincia, compiladas y anotadas por Honorato Villalón. Miguel Pomponio y Cía. Rosario. 1997. p. 572.
El Municipio. 16 de octubre de 1891. Ibidem. 20 de octubre de 1891. La Opinión. 8 de noviembre de 1891. Ibidem.
La Razón. 12 de enero de 1892.
La Opinión. 6 y 14 de enero de 1892.
La Razón. 6 de febrero de 1892.
El Economista Argentino. 30 de abril de 1892. En este
número hay un extenso articulo sobre la justicia en
Santa Fe. y la incidencia de la llegada del ministro
Carrasco al ministerio.
GABRIEL CARRASCO. Intereses Sacionales de la República Argentina. Talleres de Jacobo Peuser. Buenos Aires. 1895. p. 657.
Discusión parlamentaria sobre el proyecto de reformas a la ley orgánica de los tribunales, cámara de senadores. XXI periodo legislativo. Santa Fe. Nueva Época, 1892.
Decía Gálvez: "El mejor medio para la brevedad del litigio es la existencia de un juez de sentencia y un juez que trasmite los oficio. Yo pienso que jamás llegaremos a tener justicia pronta, rápida, eficaz, mientras no asignemos a cada juzgado un número dado de causas de la que no se debe pasar". Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe. tomo XX. año 1892, Imprenta y Encuademación de Nueva Época, Santa Fe. 1897. p. 481.
JUAN ÁLVAREZ. Vida de Serafín Álvarez. Talleres Gráficos Argentinos. Buenos Aires. 1935. p. 34. Archivo Particular de la Familia de Juan M. Cafferata. Carpeta de 1892.
MIGUEL ANGEL DE MARCO (H). La ejecución de políticas públicas para la modernización del Estado santafesino. capítulo relacionado a la salud pública, obra inédita.
MIGUEL ANGEL DE MARCO (H), Carlos Sylvestre Begnis. liderazgo y gobierno en el desarrollo del litoral argentino. Editorial Dunkcn. Buenos Aires, 2005.P.416.
La Capital, 11 de febrero de 2005.

Fuente: Extraído de la Revista “Rosario y su Historia”. Fascículo Nº 39 de Marzo de 2006.-

lunes, 17 de julio de 2017

TESTIMONIOS RACIONALISTAS EN "LA CAPITAL DE LOS CEREALES".

Igual a lo ocurrido con el art decó, el racionalismo es amplia­mente aceptado y se populariza abarcando todo tipo de temas, es­pecialmente el de la vivienda. Ejemplos comprobables hoy, son las cuadras de 3 de Febrero al 1400 (vereda norte) con más de ochenta metros de casas racionalistas ges­tadas por arquitectos, ingenieros y técnicos constructores que pivotan en la esquina y culminan por calle Paraguay en la Escuela "Mariano Moreno" de 1941, una de las obras culmines del período. Estas facha­das demuestran el manejo logrado en partes del proyecto como expre­sión del estilo, con diversidad de expresiones y variedad de resolu­ción, logrando en las diferencias una coherencia de lectura para una porción de ciudad. Lo mismo ocu­rre en Viamonte al 1000 (vereda sur) y continuación por Pasaje Amelong. Así la ciudad ofrece ejem­plos prácticamente en todo su cuerpo, sin distinción de zonas. Las casitas racionalistas se en­cuentran por todos lados.
El estilo aporta obras puntuales de enorme peso y su enumeración no excluye a las no mencionadas que serán halladas en una indaga­ción urbana, superadora de la tira­nía del espacio escrito.

    El  año 1937 nuclea al "Museo Juan B. Castagnino" de Hernández Larguía y Newton, concepción de avanzada para la época, especial­mente por la libertad de su planta y el sistema de iluminación natural para las obras expuestas. Son tam­bién destacables los edificios de viviendas "Pinasco" en Rioja y Bue­nos Aires y los creados por Delanoy en Buenos Aires y San Juan y en San Lorenzo al 1200. Otro valor está en el edificio "Otis" de Paraguay y San Lorenzo, perteneciente a los primeramente nombrados.
También del 37 es la magnífica esquina suroeste de Oroño y Santa Fe para la casa Fonso, de Gerbino y Ocampo, y el "Centro Unión Depen­dientes" debido a Tito y José Mi-cheletti en Paraguay al 700 con reinterpretación de elementos per­tenecientes al expresionismo de Mendelshon.
En 1938 aparece una pequeña obra de autor desconocido en Rioja 625, cuya fachada es un ejemplo directamente incluido en el movi­miento neoplásUco citado anteriormente. Por ese año. De lorenzi Otaola y Roca conciben el edificio de vi­viendas "Gilardoni" en la esquina de Oroño y Rioja, en cuyas curvas que balconean sobre la calle quizás puedan encontrarse ecos de la im­pronta mendelshoniana. A ellos también se debe el pequeño edificio de Oroño y Tucumán, ochava no­reste.
Pero sobre todo la Cia. de Segu­ros "Industria y Comercio" de Ar­man y Todeschini, en Santa Fe 1345, se perfila como uno de los logros más altos de la época, al expresar al gran vacío central que ocupa la altura del edificio y se vuelca directamente a la calle. Sólo falta algún osado puente que lo cruce, para pensar en el Futurismo de Saint Ellía.
  El racionalismo rosarino parece tocar el cielo hacia 1940, en que se gesta lo que posiblemente sea la expresión máxima de lo que podía lograrse en ese momento, en cuan­to al uso de una técnica construc­tiva, empleo de materiales y con­cepción urbana de la arquitectura. El trío liderado por Ermete De Lo­renzi junto a Otaola y Roca y espe­cialmente debido a su genio, planta en la esquina de Oroño y Córdoba el edificio de "La Comercial de Rosa­rio". Resulta contundente la solu­ción buscada para la esquina, con su basamento de granito negro y carpintería de bronce pulidos a es­pejo, que continúan en el imbrica-miento de un cuarto de círculo que une los dos sectores sobre media­neras por ambas calles y confor­man el plano. El situado al Este supera en altura al resto y la po­derosa torre, por su propio peso, se convierte en símbolo de la ciudad. Dejan también magníficas casas, como la González Theyler en Rioja 1700 y el edificio de Italia al 800, sumando por su calidad y empleo del ladrillo vitreo en sus interiores la sede de "Industrias Grassi-Gri-maldi" en Santa Fe al 1400.


Pared por medio con este último testimonio, un edificio de Maisso-nave y Daumas, se expresa con un basamento que sosüene el juego de tres volúmenes en el centro de la composición y destaca al cuerpo central recedido, exhibiendo un enorme vacío o hueco urbano que recorre toda la altura del edificio y se aprecia nítidamente desde la calle por parte de quien lo mira.


Otro logro es "Unione e Benevolenza" de Picasso, Funes y Fer­nández Díaz en Maipú y San Juan, con un plano de planta sumamente compacto en la disposición de los espacios -un ejemplo para la épo­ca- y expresión estética de la es­tructura de hormigón en la torre de fuertes perfiles, exaltada por el basamento recubierto en mármol travertino y destinado a locales de negocios.
En 1946, Borgatto, Marquard y Puertas brindan el "Cine Radar", Córdoba al 1000, en un contenido racionalismo -la mejor sala del momento- con curva de piso en sala de proyección pensada en base a una depurada técnica que asegu­ra una visión perfecta por parte del espectador.

Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 23 .  De Abril 1993. Autor: José Mario Bonacci

viernes, 14 de julio de 2017

UN DESEO LLAMADO TRANVIA

Por RAFAEL OSCAR IELPI





 Para muchos de nosotros, pibes de hace cuatro décadas, el tranvía formaba parte de nues­tra vida cotidiana pero también de la posibilidad de descubri­miento de otros barrios, de via­jes entretenidos pero larguísi­mos, de aventuras, paseos, com­plicidad, diversión: todo junto.
 Recuerdo una imagen dete­nida. Un muchacho casi quinceañero esperando en la esperando ,a las 5 de la mañana que el "20" apareciera con su lucecita en la frente, en medio de las sombras de una calle San Luis arbolada, silenciosa. Eran años de barrios penumbrosos, con empedrado lustroso y vías cru­zando la ciudad como una red de cicatrices. El "20" venía con su traqueteo, la estrellita de Fernández Moreno en la punta del tróley, su motorman callado y el guarda ejerciendo el ritual de las relaciones públicas al alba.
Aquel tranvía atravesaba Echesortu y se adentraba lenta­mente en el oeste, por una calle Garzón entonces de tierra, con mucho de callejón de campo, hasta alcanzar Provincias Uni­das y seguir otra vez ahora ha­cia el sur. Con su ruido y su campanilla punzante, aquel tranvía de la madrugada pa­saba revista a una ciudad aho­ra inimaginable: lamparitas es­paciadas que alumbraban es­quinas desoladas; carros de le­chero rodando a los tumbos; grandes baldíos con árboles y pájaros; hombres en bicicleta partiendo hacia el trabajo, mo­viéndose como fantasmas del amanecer; ladridos de perros a lo lejos, silbatos de una máqui­na a vapor haciendo maniobras.
  Adentro del tranvía, el silen­cio de todos, dormitando sobre los asientos de madera: la char­la del motorman y el guarda. Algunas veces, el "20" aparecía distinto: habían reemplazado el coche habitual exhumando del fondo de los talleres un coche que ostentaba aún asientos de esterilla y agarraderas enloza-das para sostenerse indemne en el pasillo oscilante. Los cartelitos —también enlazados— re­cordaban los vetos: "Prohibido escupir en el suelo" o "Se pro­hibe hablar con el motorman".
En algún tramo, el conductor pisaba la campanilla tercamen­te, avisando a algún retrasado que el tranvía no lo esperaría. De alguna puerta, de un pasillo oscuro emergía entonces un hombre corriendo, poniéndose el saco y llevando en la mano el paquetito con el sandwich. Su Su­bía jadeante, con ojos de sueño y se sentaba saludando apenas con un murmullo. Lo mirábamos con simpatía y complicidad: era nuestro compañero de madru­gón, otro condenado al tranvía del alba. El se quedaba dormi­do, cabeceando de un lado a otro, insensible a los baches y a los saltos del vehículo. Soñaba (estoy seguro) con un día sin despertador y un viaje en un tranvía que lo llevaría a los lu­gares deseados. Pero el "20" lo transportaba sin prisa hasta que llegábamos al Cementerio La Piedad, final del recorrido.
Algunos de nosotros lo sacu­día un poco y él se despertaba contento: "Este tranvía es el me­jor lugar para soñar: siempre se sueña lo que uno más quiere". Bajábamos juntos —éramos ya sólo cuatro o cinco mucha­chos— y caminábamos en silen­cio hasta Apdo. Godoy y entrá­bamos en la fábrica. La anchura del portón nos tragaba sin re­medio todos los días, mientras escuchábamos la campanilla anunciando que el "20" partía hacia el centro; arriba, la estre­llita del tróley parpadeaba co­mo un fuego de artificio o una despedida.

Fuente. Extraído de revista “ Rosario aquí a la vuelta” Fascículo Nº 14. Autor: Juan Carlos Muñiz. De julio 1991


jueves, 13 de julio de 2017

Existe una pintura rosarina

Por Julio Chiappini



Una modesta perplejidad

En pintura Rosario tuvo un gran fu­turo en el pasado. Luego, casi nones. La constelación de talentos se desva­neció y ya ni siquiera quedan galerías de arte. O acaso haya alguna; en cuyo caso mil disculpas. Y desde luego ne­gocios que venden antigüedades que incluyen cuadros.

La cuestión consiste en si se pude hablar de una "pintura rosarina". Si pensamos que sí, ¿cuál sería?: Pintores nacidos en Rosario; pintores no nacidos en Rosa­rio pero que aquí vivieron largo tiem­po como Koek-Koek; escuelas como el Grupo Litoral; pintores nacidos en Rosario pero que se fueron jóvenes y se destacaron tras la partida, como Lucio Fontana y Antonio Berni; pintores que nacieron en Rosario y que vivieron ahicito nomás. Como Cochet en Funes. 

Cuando hablamos con adjetivos gen­tilicios, vg. esto de "pintura rosarina", no es por chauvinismo barato sino para proponer una categoría histórica basada en los lugares. Después de todo la historia así se presenta en socie­dad, a partir de la geografía política: la géographie prepare et commande l'histoire.

Es decir, la frase pintura rosarina care­ce de referencias a una identidad com­partida; o a afinidades en pintura, p. e. el cubismo. El denominador común es un sitio. De todos modos la música y la pintura son más universales que la li­teratura porque es innecesario que las decodifiquemos, podemos prescindir del conocimiento y bastarnos con la emoción, que ya es mucho. En fin: a poco de un batiburrillo. Y claro que podemos preguntarnos cosas afines. El correntino Yelmiro Ayala Gauna por ejemplo lo hizo en ¿Exis­te una literatura nacional?: Colmegna. Santa Fe. 1971.


Contestamos que sí


En efecto, al menos existió una pin­tura rosarina. Y fue prodigiosa. Pese a que es una ciudad, aunque nos due­la, que no solamente desconoce el arte sino que ahora lo niega y hasta repudia. Si observamos su arquitectu­ra, que es la superestructura de una sociedad, aunque con pena debemos coincidir. Rosario es una comunidad promisoria, mercantil, laboriosa, con muchos destellos de cultura. Pero res­pecto al arte asiste a una agonía.

Carecemos ahora de buenos pintores, de galerías, de una "movida" en pin­tura, de más investigaciones y bibliografía; de talento para el dibujo, que es la base de todo. Fuimos pero ya no somos. Bien que esto no nos coarta a que volvamos a ser. Y es mucho más probable que de una explosión en una imprenta surja un diccionario. Pero para colmo Martínez Estrada: "Todo optimismo es culpable".

Y, ¿qué es lo "rosarino"?
Opinamos que lo adelantado: los pin­tores que aquí nacieron o que aquí es­tuvieron y pintaron. Toda una pléyade. Pero hoy en día vivimos de esos bue­nos recuerdos: se esfumaron los colec­cionistas, los conocedores, los even­tos, las exposiciones, los catálogos, los marchands, las crónicas, los tasadores serios, los que pueden certificar la au­tenticidad de alguna obra (¿familia­res?), la comercialización y ¡hasta los falsificadores! Queda, seguramente, una reducida élite que en torno a la Fa­cultad de Humanidades y Artes o en torno al Museo Castagnino o desde el interés individual, mantiene viva una módica llama votiva. Lo rosarino es entonces, y en primer lugar, un territorio. Con eso es sufi­ciente, con la geografía. No importan los estilos ni las cofradías, los éxitos resonantes, las modas (la moda no incomoda) o los altos precios de las obras. Importa la ciudad, que es una topografía. Una ciudad en mucho hija de su propio esfuerzo. Con o sin fundador. Y si no lo tuvo, Augusto Fer­nández Díaz: "Sin fundador. Y ¡qué hay!".
Aparte del misterioso azar, segura­mente influyó en la pintura rosarina la inmigración; que trajo maestros, pin­tores, aceptación y hasta complacencia por el arte. Y hasta mecenazgos. Fue un período que duró añares pero que hacia los años 80 se disipó. Es arduo sino ímprobo conjeturar por qué. Una ciudad que parecía inepta para tantas maravillas y que sin embargo fue un faro de arte pictórico. La realidad, aquí benemérita, tuvimos la fortuna de que se burló de la historia y de la geogra­fía. Desairó una anticultura en arte que forma parte de nuestra sociología urbana.



Los períodos

En una ciudad, y la arquitectura aho­ra al margen, el arte comienza por los decoradores; sobre todo de las iglesias, de algunos edificios públicos y de las casas de la gente adinerada. Tenían es­tilos determinados. Pero ahora se con­sidera de mejor gusto que la decora­ción sea el arte de combinar los estilos. Que son clásicos no por cronologías o por técnicas sino por calidades. Lo clá­sico como lo bueno que perdura y que incluso puede nacer clásico. Es decir, no precisar de la a veces veleidosa re­comendación del tiempo. Y Jan Kott: "lo clásico está muerto o es contempo­ráneo".

Tras los decoradores llegaron los ar­tesanos, los artistas, los escenógrafos, los coleccionistas de pintura europea, los museos, las galerías de arte, los maestros iniciales, los críticos de arte y las primeras academias. Dejando en claro que no es lo mismo un pintor clá­sico que un pintor académico. Cochet, por ejemplo, opinamos fue el mejor pintor académico que dio el país. Bien que cierta vez Vanzo me retó fiero cuando alabé un cuadro de un tercero. Me enseñó que "el gusto no es un jui­cio estético". Y que "quien no es pintor no puede calificar". Pero de esto últi­mo descreo. Mientras, Cochet muy ra­ramente se apartaba de las naturalezas muertas. Vanzo, en cambio, tras unos orígenes más estáticos, tendió al op-art, que sugiere movimientos: mujeres que corren bajo la lluvia, danzarines, músicos ejecutando. Con o sin paleta abigarrada.

El período pionero fue fundacional y de individualidades esporádicas: "el arte sucede" (Whistler). Desde luego que resultó posterior a 1850. Slullitel lo omite en su Cronología del arte en Rosario (1968). Esto motivó comenta­rios, un poco descomedidos, de Wladimir C. Mikielievich (firmó W. C. M.). Pero la verdad es que con notable eru­dición suplió la cancelación de Slullitel respecto a esos comienzos que decía­mos, y también muchas otras falencias y errores relativos a períodos poste­riores: Revista de historia de Rosario Nos. 17-18, 1969, p.183. Esto no quita que la monografía de Slullitel es un meritorio aporte. Recordemos que en la "Historia de Rosario" (1689-1939), el entrerriano Juan Álvarez apenas le dedica unas líneas al arte. En cuanto a "don Wladimiro", como todo gran hombre tuvo muchas flaquezas. 

El segundo período, y Rosario to­davía era Rosario de Santa Fe, es de principios del siglo XX. Pensemos en los catalanes Pedro Blanqué, Enrique Munné y Eugenio Fornells. En Matteo Casella o en Salvador Zaino, un pasa­ble pintor. Y en César Augusto Cag-giano (Larrechea 1894-Rosario 1964), Alfredo Guido (debemos pronunciar Guido), el bávaro Enrique Schwender y el francés Fernand Gaspary. La Bi­blioteca Argentina y El Círculo -en su primera versión- fueron de 1912. Y comenzaron las publicaciones sobre arte, ahora con cierta profusión. 

María Elena Walsh (1930-2010), en tanto, acuñó la palabra "antojolías". Demostró así que no todo retruécano o calembour es un idiotismo. De modo que los pintores que citamos bien pu­dieron ser otros. Sí parece más indis­putable que queda poca obra pese a que algunos pintaron mucho. Hace cincuenta años las familias burgue­sas hospedaban algún pastel de Bertolé u obras de los otros pintores que mencionamos. Hoy ya es más difícil hallarlas. Se prefiere todo lo moderno. Es incluso patético que las revistas de decoración, y está bien que tengan sus negocios con los fabricantes de mue­bles, propinen todo nuevo. Nada de cuadros, de petit muebles antiguos, de buenos relojes de pie, de arañas de al­guna entidad. Un conocido arquitecto que edifica en countries incluso publi­có que "nada de cuadros: mis ventanas son los cuadros". La maldad a veces descansa; pero la estupidez no descan­sa nunca.

En esta etapa a poco de inicial tam­bién los primeros salones. El Museo Castagnino se inauguró en 1937, con la intendencia del progresista (no "pro­gre", que es lo contrario) Miguel Juan Culaciati, que era porteño, y lució ex­celente pintura europea incluso rena­centista y española clásica. Al menos la vi colgada. Pero en las últimas déca­das desapareció como por arte de birli­birloque. Seguramente otra vez que vi mal las cosas.

En este período también las primeras galerías de arte y las exposiciones. Amigos del Arte es de 1944. Y muchas agrupaciones. Y viajes de nuestros jó­venes pintores a Europa: con becas, como Berni o Ouvrard (becas dadas por el Jockey Club de Rosario); o de su peculio. Musto, Schiavoni, Candía (murió en París en 1976) y Caggiano, viajaron por las suyas a Florencia. Con el tiempo regresaron y ya con otros ai­res: Europa, a la postre un ilustre cadá­ver, tenía el abolengo y los caposcuo- las que transmitían en apenas semanas los secretos inmemoriales. Claro qu no todos los secretos: seguramente guardaban algunos ases en las mangas.

Porque no es cuestión de vender todo que los aprendices superen al maestro Además una cosa es saber y otra saber transmitir los conocimientos. Y encima "lo que natura non da...". 

Entretanto, de tantas vertientes armó un mosaico con infinidad de temáticas incluso en un mismo pintor: pintura intimista, descriptiva, retratista, eclecticismo, naturalezas muertas. Y, como opinaremos más adelante poco arte abstracto. Que en general la máscara de los improvisados o aficionados temerosos de pintar la reali- dad visual por carencia de técnica, entonces propinan compases y reglas para colmo casi siempre con una pintura plana que ni siquiera respeta los colores grávidos van abajo y los grávidos arriba. De modo que la mera geometría, salvo algún hallazgo o alguna obra surrealista, no es arte mandarse la parte. Incluso hay gente que tira un balde de pintura contra un lienzo y ya cree que es un artista. 

En 1918 se creó la Comisión municipal de cultura, que comprendía las bellas artes. Y aun entonces los intendentes interesaban más por la municipalidad que por el municipio. Salvo al casos, como el de Carballo, nuestros burgomaestres, alcaldes (hoy mejor alcaides) o lores mayores, desconocieron el urbanismo. Y hasta el ridículo. Lo mismo los concejos deliberantes. 

De 1919 a 1923 funcionó el Círculo Artístico de Rosario, en La Rioja 1376.

Y de 1920 es el Museo Municipal Bellas Artes.

Hay un tercer período, bien que algu­nas cronologías son difusas, con Ma­nuel Musto (malogrado: 1893-1940); Augusto Schiavoni (también malogra­do: 1893-1942), Koek-Koek (de origen holandés, nacido en Londres en 1887 y asesinado en Santiago de Chile en 1934); Cochet (que hasta tiene un par de páginas en la Enciclopedia Espasa), Tito Benvenuto y Domingo Candía. También Emilia Bertolé; había naci­do en El Trébol; con ese nombre, y lo mismo Los Cardos y Las Rosas, por gravitación británica: Argentina Land Investiment Company Limited. 

Esta pléyade conformó un notable olimpo lugareño y, no contentos, fue­ron los directos antecesores de otra "época de oro": Ouvrard, Pedrotti, Lu­cio Fontana, Berni, Julio Carlos Van­zo, Gambartes, Uriarte, Grela, Herrero Miranda (Cañada de Gómez 1918-Rosario 1968). El grupo Nexus había sido de 1936 emulando el del Centenario en Buenos Aires, fundado por Pío Collivadino; y el grupo Litoral de 1949, dividido entre pintura americanista y abstracta. Pintores de caballete, con una u otra paleta, como el nicoleño Ambrosio Gatti (1918-2010) y Bernar­do Miguel Ballesteros (1935), a mi jui­cio, por supuesto irrelevante, están un escalón por debajo. Pero como prolíficos, a tracaladas. Y lo principal es que les ha ido bien: la pintura les significó también a ellos un medio de vida. Vi­vir haciendo lo que a uno le gusta debe ser, me dicen, algo encantador. Algo, dije. Por lo demás uno no es quién para repartir cielos e infiernos respecto a los quilates de los artistas. En gene­ral el tiempo acomoda las cosas. Vg. Schiavoni, que fue una maravilla, re­cién en los últimos años se cotiza bien. Hay otros pintores, en cambio, que quedaron traspapelados. Por ejemplo el italiano Guglielmo Cantalamessa (1884-1962) que vivió buena parte de su vida en Rosario y dejó óleos ruti­lantes. Pasa que en la Argentina care­cemos de meritocracia: no hay corres­pondencia entre el mérito y el destino de las personas.

La mayoría de estos pintores, se aboca­ron al óleo y a técnicas menores como la acuarela, el pastel y la tempera; y la litografía, aguafuertes, xilografías aguatintas, la serigrafía y el grabado. Y "carpetas" con láminas. En tanto, dos pintores rosarinos han sido los de mayores precios que dio la Argentina: Lucio Fontana (u$s 950.000) y Antonio Berni: u$s 550.000. Son números. Y de alguna manera patentizan lo que sugeriamos: el esplendor de nuestra pintu­ra. Lo que sí, ambos "triunfaron", des­agradable palabra, cuando se fueron de Rosario. Esta vez acertó la monserga "nadie es profeta en su tierra". 

Entretanto, la política y el vanguar­dismo carecieron en la ciudad de in­jerencias relevantes, apenas formales. Lo "social", como agitación, era pour la galerie. Estábamos, a lo mejor por suerte, bastante a la buena de Dios. Y con una pintura en general pacata, pocos desnudos. Los de Musto, por ejemplo, eran a veces criticados. En general se pintaba para una sociedad de consumo elitista en cuanto al arte: algunas clases burguesas entendían y adquirían, ahora ya mucho menos, lo que el viento se llevó. Esa pintura aburguesada, que desde ya es la me­jor en cuanto toda cultura es burguesa, nos privó por ejemplo de muralistas: había que pintar para vivir; y primum vivere deindi philosophari. 

Déjenme decir también que los pinto­res que evocamos conocían la "cocina" de la pintura. Manejar la técnica y en­cima con experiencia es una enorme ventaja competitiva. Luego hay que tomar la precaución de tener talento y hasta genio. Y claro que esto ya es más difícil. Casi tanto como que los veci­nos o colegas lo reconozcan.

En cuanto a encuadramientos por fe­chas, ha sido corriente que advirtamos el nacimiento del pintor pero también cuándo murió. Por ello algunos, como Cochet, cabalgan sobre dos períodos. Y a ojos vista que resumimos: tuvimos tiempo para ser breves.

Las protestas


Probablemente, o seguramente, el lector clamará: "¿Por qué fulano y no mengano?". Es que no se puede obviar un juego entre la memoria, el olvido y la ignorancia. El error es posible y has­ta inevitable. Hasta allí, aguardando que lo cometamos. Lo nuestro fue un pantallazo. Con lo cual si nos infligen críticas o jeremiadas las aceptamos de corazón.

En cuanto a los que "se quedaron", la ciudad en buena parte los devoró. Ex­traordinarios talentos como Vanzo (tal vez lo mejor que tuvimos) y Uriarte se adocenaron con caballitos de bata­lla: Uriarte con sus acuarelas costeras y Vanzo con sus bouquets, músicos, puertos, paragüitas y tangos al menos de la guardia vieja y no los de ahora, con coreografía for export y con bai­larines que revolean las patas a la ma­cana. De modo que de artistas pasaron a artesanos repitiendo motivos y pres­cindiendo demasiado del óleo; que es no digo la verdadera pero sí por lejos la más alta pintura: del óleo (sobre todo grueso o con volumen) a los demás materiales hay mucha distancia. Pinta­ban algo todos los días para satisfacer un mercado que reclamaba cualquier cosa e incluso pagaba bastante bien. 

Una acuarela de Uriarte, que se llegó a vender a u$s 2.000 y me temo que por miles, bastaba para el arte de una casa burguesa, que prefería quemar incien­so en otros altares: se colgaba en lo más destacado del living y ¡misión cumpli­da! Hoy esos paisajes playeros yacen desteñidos, con los marcos arruinados y el passe-partout manchado y feo. En las demás paredes, y cuanto mucho, fotografías de familia, diplomas, re­producciones de cuadros de museos enmarcadas con varillitas, grabados, algún tapiz espantoso, quenas, crista­les, imágenes piadosas, dibujos hechos por los nenes y. juro que lo he visto en varios lados, un reloj cucú. En un caso, con una "mesita ratona al pie con una licorera musical, Todo así entre comi­llas. Rosario, dudad púnica, ciudad de gnocchis y tallarines... si son baratos y abundantes. Pero casualmente es así como la querenos. Y si hemos generalizado es porque la sociología no solamente tolera sino que precisa de generalizaciones.

De Modo, y proseguimos, que ya ha­biamos perdido el rumbo, la rosa de los vientos Y condescendido a una pintu­ra sobre todo decorativa, raramente abstracta. Pues los rosarinos "quere­mos ver cosas". La figuración en todos los sentidos.

Pero la pintura no ha muerto. Y, en todo caso, Rosario puede exhibir un pasado hasta rutilante que creo incluso supera Buenos Aires; en la que a mu­chos pintores les fue bien pues no les sobraba inteligencia (por ejemplo Soldi). Bien que desde luego opinamos. Y mal hecho; pues no se debe opinar cuando se puede medir.

De todas formas esos pintores rosari­nos que sucumbieron a la repetición o al ejercicio light, dejaron obras franca­mente portentosas. Y como decía Borges, "a un poeta no se lo debe juzgar por sus peores sino por sus mejores versos".



Los pintores,

¿fueron amigos entre sí?

En la Edad media surgieron las cor­poraciones. Son antecedentes de los actuales sindicatos, clubes y demás cá­filas. Hay beneficio en cuanto la con­gregación permite multiplicar esfuer­zos y logros y entonces el todo resulta más que la suma de las partes. Y hay perjuicio cuando la corporación cree que si le va bien le va bien a la socie­dad. Se convierte incluso en grupo de presión (aspira a partes del poder) o en factor de poder: aspira al poder total; por ejemplo las fuerzas armadas en al­gunos países y épocas. La primera vida gregaria de los pin­tores se dio en las academias, palabra algo pomposa en este caso. A princi­pios de siglo Schwender, el napolitano Casella, Ferruccio Pagni y Gaspary fundaron en Rosario los primeros ta­lleres de dibujo y pintura. A veces ha­brán renegado de lo lindo; pero todo inmigrante tiene que sobrevivir. Con la espada, con la espalda, con la pluma o la palabra.

Luego se organizaron círculos: de pa­trocinadores de la pintura y de pintores solamente.

Naturalmente que las academias de pintura eran centros de reunión. Y los cafés, las exposiciones, las galerías de arte (Witcomb, Renom), los salones de otoño y los nacionales, las revistas de cultura. No había competencia con la fotografía. Y los coleccionistas acau­dalados podían comprar buena pintura europea, incluso clásica, desde Goya hasta renacentista; o impresionista, como el caso del "ruso" Minetti o del padre de Silvina Bullrich en Buenos Aires. Entre estas familias rosarinas, Castagnino (sobre todo Juan Bautista: 1884-1925) y Pinasco, y luego otros coleccionistas; y Odilio Estévez Yá-ñez; bien que en este caso incorporó firmas despampanantes pero las obras, ay, eran en general apócrifas. En 1932 se fundó Refugio, que agrupa­ba artistas. Entre otros, estaba Luis Co­rréale; fuimos vecinos por veinte años en Maipú 1090 y a veces me contaba anécdotas y hasta curiosas intrigas pa­laciegas y celos de aquella época. Y de 1934 la Mutualidad de estudiantes y artistas plásticos de Rosario, encabe­zada por Berni. La Mutualidad se dis­gregó en 1937 cuando Berni, avispado, se fue a vivir a Buenos Aires. En agosto de 1949 y en el Museo Castagnino, se hizo una exposición de pintura francesa que hoy sería im­pensable: 131 cuadros; Manet, Degas, Renoir, Monet, Sisley, Pissarro, Tou-louse-Lautrec, Bonnard, Modigliani, Braque, Derain, Dufy, Léger, Matisse, Picasso, Roualt, Utrillo; y siguen las firmas. La Universidad Nacional del Litoral (Angel Guido era el Rector) confeccionó un precioso catálogo so­bre la muestra. Luce varios prólogos; entre los cuales uno de Rene Huyghe, Conservador en Jefe de las pinturas y dibujos del Museo del Louvre. Altri tempi.

En los años sesenta, Alfredo Teófi­lo Laborde, que fue un señor de gran salón, me contaba que los pintores lo­cales tenían recelos entre sí. Y desde ya las disputas entre Fontana y Vanzo: una vez por una cuestión de faldas y otra, en 1942, cuando ambos fueron talentos; máxime si creen estar rodeados por obtusos. 

Los recelos, en definitiva, que no han de haber sido tantos, derivaban de que Rosario careció de mayores patroci­nadores del arte. Los coleccionistas compraban pero regateaban de lo lin­do. Vanzo me contó, por ejemplo, que muchos médicos, cuando la atendían a Rosa Wernicke, le permutaban ho­norarios no demasiados altos por una obra.

En cuanto a los marchands, y ni hablar de los más recientes, eran bastante gra­nujas. Claro que con las protocolares excepciones del caso. En tanto, en la pintura rosarina hubo mucha rapiña, mucho latrocinio. Pero descuento que esto ocurre en todas partes: en todas partes se cuecen habas (fechorías); aunque en algunas solamente se cue­cen habas. En Rosario es muy lindo comprar arte; pero el asunto es muy triste si uno tiene que vender. Mientras, cuando hay confraternidad entre los pintores, desde ya intercam­bian cuadros entre sí. Cuando en 1946 Vanzo estuvo en Roma, le dio a Giorgio De Chirico unos "músicos" y D Chirico le regaló un autorretrato chic bastante bien logrado. Su secretario, el harto avispado y connaisseur Isaac Fernández Torres, me dijo que vendra la obra en Buenos Aires años antes d la muerte de Vanzo, que fue en 1984. 

En 1975 quise hacerle un reportaje De Chirico y una asistente me dijo po teléfono que sí. Fuimos con un fotógra­fo que trabajaba en la Casa Argentina en Roma y tras vernos unos instantes mirarnos de arriba a abajo nos "sacó bolsazos". Nos compensamos visitan do la tumba de Keats, que estaba a tiro de piedra de ahí, al lado de la escalina ta de la plaza di Spagna; en la que suele le desfilar nuestra bella Valeria Mazza

Vanzo también tenía otras obras aje ñas, como un Fader mediano, firmado F. E, un paisajito. Hace cuarenta años no cotizaba; pero hoy debe valer ba tante. La inversión en pintura, como matrimonio, es casi como una lotería. Acaso los pintores también 

disputado por el mercado local; por los precio y por importarles a los coleccioni tas. Vanzo y Laborde me confiaro que además incidía mucho "el factor humano". Bellas artes y bello sexo. 

Sobre todo alumnas de los maestro que se enamoraban, o cosa parecid de sus mentores; o profesores, si habí Facultad de por medio. En esto Vanz fue creo que un caso único: hasta s setenta años muchas mujeres, inclu jovencitas, lo procuraban con halago Y Vanzo, que era pintón, empilch ba bien (su casi infaltable saco gr de lana) y tenía una envidiable labia además de pesos en el bolsillo que a veces extraía, raramente le hacía ascos a nada. Pero cuando una vez le pedí que formáramos una "hermandad de la costa", como los piratas caribeños, se limitó a sonreír un rato y a echar­me otro poco de whisky O. S. en los cafés que servía a los visitantes en su casa-atelier de Cochabamba 2010. Me quedé un rato más para no llegar a los tribunales medio achispado: los abs­temios (del griego "temium", vino, lo mismo temulento) pisamos un corcho y hacemos más papelones todavía. En estos trances conviene saber que "abs­temio" y "abstención" no comparten etimología. Y tampoco "adolecer" y "adolescente"; aunque algunos psicó­logos crean lo contrario. 

De modo que de lo que he podido de­ducir, que no es mucho, creo que la pintura rosarina fue bastante indivi­dualista, no legó escuelas. Hay sí una tradición de muestras colectivas, de agrupaciones, de publicaciones, de alardes políticos desde luego levógiros cuando no anarquistas. En realidad por suerte carecimos del llamado "arte comprometido". Las reuniones en los cafés, eso sí, me decía Vanzo que es­casamente resultaban entre artistas, los interlocutores eran de distintas actividades:abogados, coleccionistas, médicos, clientes, galeristas, amigos, literatos, "buscas". Acaso había una cierta soledad entre multitudes, fenó­meno que todos sobrellevamos. Y des­pués de todo Nietzsche: "Un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar".



Las falsificaciones 

Circulan muchas, algunas burdas. Di­bujos de Gambartes a granel. También óleos de Cochet y de Vanzo. De Koek-Koek ni hablar; sobre todo en Buenos Aires, en donde cotiza muy bien. De Berni tampoco ni hablar. Es que como dijo un crítico norteamericano, "Corot pintó 1500 cuadros. De los cuales 1700 están en los Estados Unidos". En cuanto a las "certificaciones" que expiden algunos galeristas porteños, son poco serias. Vg. autentican, una sola persona, a cuarenta o más pinto­res. ¿Tanto saben? Los herederos de los artistas, por el solo hecho de ser fami­liares, se sienten capacitados para le­gitimar. En general conviene comprar con un buen asesoramiento o en ins­tituciones que dan muchas garantías. Sería el caso de los remates en los ban­cos municipales. Cuentan con buenos comissaires-priseurs.Conservadores de museos sagaces supongo que no hay muchos, y menos martilieros ex­pertos como lo fue Guillermo Ortiz de Guinea. Atilio Chiappori (1880-1947), Director del Museo Nacional de Bellas Artes, fue uno de los paladines en la interminable lucha contra la falsifica­ción de cuadros en la Argentina. En cuanto a los peritos, a veces yerran o "venden" sus dictámenes. En verdad que hay artistas que da la impresión si­guen trabajando desde el más allá. Para colmo el mercado en Rosario es en ge­neral incauto. Cuando Vanzo veía un cuadro apócrifo decía: "Y esto, ¿qué quiere ser?". Vanzo tenía la suficiente inteligencia como para conseguir más inteligencia. Pero se conformó con la que tenía. De modo que si bien hubiera podido llegar mucho más lejos, en ese caso no hubiera sido Vanzo. 

Según Sainte-Beuve, "la última fase del arte es la falsificación". Hay tam­bién pintores que denuncian han sido falsificados. Pero son embusteros: es una trama que urdieron para hacer­se conocer mejor y cotizar más sus obras. Si un pintor difundido nunca fue falsificado, "¡es una vergüenza!". La festejada, por desdicha, picardía criolla. Pero no me preguntéis quiénes, nomina odiosa sunt. Además ignoro también eso.



Excurso: ¿existe 

una pintura argentina? 

Si nos atenemos (no hay obligación) a los anteriores parámetros, pues sí. Pero pasa que como explica Ortega también Gasset, "pese a su etimología una nación no nace, se hace... es un proyecto sugestivo de vida en común". Es decir: una ciudad permite que aco­temos mejor. Y una ciudad es para siempre, no así los heterogéneos países geografía política es voluble incluso en las últimas décadas. Ahora tampoco es acomodado pintar una ciudad. Juan José Sebreli lo delata Cuadernos: "Buenos Aires nunca fácil de pintar, y hoy lo es menos aún ciudad que cambia cada día, que rece de memoria histórica y de to color local, sólo es posible encontrar cierto encanto secreto en algún rincón en alguna casa, pero su realidad parece estar siempre en otra parte y escapa a la visión del artista y también del minador, que debe atravesar la monotonía y la despersonalización de extensas zonas deprimidas" (Sudamerica 2010, p. 195). Y Rosario algo parecí De todos modos también puede hablarse, cómo no, de una pintura argentina. No colonial, luego precursores europeos y consolidándose, como le sucedió a Rosario, en el siglo XX. 

La independencia política se apareó a una originalidad, o al menos a iniciativas, estéticas. Al menos es la tesis que se irriga en "El arte de los argentinos" (1937), la ciclópea obra de José León Pagano, nuestro crítico mayor, quien sí podríamos reprocharle, pero no lo haremos, que en su compendio de 1940 "Historia del arte argentino” dedicó un capítulo a la pintura de Córdoba y ninguno a la rosarina. mismo en una reedición postuma, ahora titulada "El arte de los argentinos Goncourt, 1981". 

Existe entonces una "pintura nacional"; pero otra vez la cantinela: todo tiempo pasado fue mejor. De modo que, aunque parezca mentira, el pasado es por ahora más inagotable que el futuro.
Fuente: Extraído de la Revista “ Rosario su Historia y Región”. Fascículo N.º 98 de Julio 2011

A TRES AÑOS DE LA TRAGEDIA DE SALTA 2141

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