Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

A 34 AÑOS DE LAS MALVINAS

A 34 AÑOS DE LAS MALVINAS
A 34 AÑOS SON Y SERA ARGENTINAS

19 de julio- día del amigo canaya

19 de julio- día del amigo canaya
se conmenora por aniversario del fallecimiento de Negro Fontanarossa

HOMENAJE A NEGRO FONTANAROSSA

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HOMENAJE A FONTANARROSA

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viernes, 31 de agosto de 2012

CULACIATTI, MIGUEL J. ( 1879-1970) OBRAS SON AMORES


Por Miguel Ángel  De Marco(h)

Provenía del radica conservador dos veces intendentes de Rosario. Realizó  una de las gestiones  municipales más activas que se recuerden historia de la ciudad.
El intendente Miguel J. Culaciati, un nuevo Luis Lamas, pero proveniente de las filas del radicalismo conservador, realizó una de las gestiones municipales más activas de la ciudad durante el siglo XX. Había nacido en Buenos Aires el 29 de septiembre de 1879. Cursó sus estudios iniciales en el Colegio Nacional Nº 1 y se recibió de abogado en la Facultad de Derecho de Buenos Aires, en 1905. Participó siendo adolescente en las revoluciones radicales de fines del siglo XIX. Ejerció su profesión como abogado de la Bolsa de Comercio de Rosario y del Centro de Exportadores de Cereales. Fue diputado provincial radical en 1915 y asumió en 1918, por primera vez, la Intendencia de Rosario. Elegido diputado nacional en 1922, presentó proyectos tales como el de la ley de granos y el de acceso al puerto de Rosario.
Durante su segunda Intendencia de la ciudad, en 1935, se construyeron el parque Norte, la bajada Puccio y la avenida costanera, se pavimentaron numerosas calles, se instaló el Palomar y por su intervención personal se obtuvo la construcción del Mu­seo de Bellas Artes Juan B. Castagnino y la Maternidad Martin. Proyectó la avenida Diagonal Salta y la estación Sanitaria Barrio Belgrano, modernizó el Pabellón Cirugía de la Asistencia Pública y mejoró la plaza 25 de Mayo.
En 1936 presidió la Comisión Popular Pro Monumento a la Bandera. Demostran­do una gran capacidad ejecutiva, la Comisión emuló la formación de nucleamientos similares en el interior del país con la finalidad de que la obra tuviera un carácter verdaderamente nacional. Sin embargo, el único gobierno que respondió al llamado fue el de la provincia de Santa Fe (gestión Mondo), que destinó 100 mil pesos, y también la Municipalidad, que donó 50 mil. Fue un arduo trabajo de articulación institucional que logró su objetivo de posicionar el tema. Sobre esta base iniciarse una suscripción popular realizó en todo el país, política qi bien tuvo por resultado que el C: de la Nación sancionara la ley 12.: autorizó la inversión de un millón de pesos para hacerlo realidad.
Su carrera política continuó de ascendente y lo designaron ministro del Interior en 1940. Fue activo partidario de la neutralidad pro aliada de Argentina en  la II Guerra Mundial y adhirió a la creación de la Flota Mercante del Esta permitió un gran desarrollo de las exportaciones y economía del país. Se retiró tres años más tarde de la actividad política.

Fuente:
Extraida la Bibliografía de la revista de diario la capital de los 140 años

jueves, 30 de agosto de 2012

DON VENANCIO FUGGINI- ANECDOTARIO


    Ningún centralista de viejo cuño admitiría una historia auríazul que excluya el nombre de don Venancio Fuggini. Desde los primeros años de este siglo, en la esquina de Salta y San Nicolás supo don Venancio explotar un negocio de almacén, ramos generales y despacho de bebidas. Centralista de alma, Fuggini y su boliche "eran" Rosario Central. Allí se hacían las reuniones, se recibía correspondencia y llamados telefónicos, al "rinconcito" de Fuggini, como le llamaban, se llegaban los jugadores para saber cuándo y dónde debían presentarse para jugar o practicar. La patriarcal figura de don Venancio era un pedazo mismo del paisaje que formaban los antiguos caserones del Cruce Alberdi, a metros nomás del nudo de ríeles y de vías que todavía subsiste. La vieja casona de Fuggini sucumbió a la piqueta hace más de un cuarto de siglo, dejando incólume no obstante su figura de leyenda.
Allí, cuentan algunos viejos protagonistas, encontraba el club el "aval" necesario para salir de alguna estrechez económica. Allí compraban los jugadores sus botines, pagaderos en cómodas cuotas (de tan cómodas, más de uno se "olvidaba" que había que pagarlas, sin que don Venancio fuera capaz de reclamarles). Allí concurrían después de cada partido los jugadores centralistas, para tomar el liso "tirado" por su propietario, acompañado de una abundante picada de "a peso por cabeza", que tiene una rica historia …

Cuenta don Luis Indaco que, al término de los partidos, todos se reunían en el "rinconcito" de Fuggini. La comisión directiva le asignaba a don Venancio once pesos ($ 11,—) para que cada uno de sus jugadores bebiera y comiera tras cada encuentro. Pero con el tiempo empezaron a aparecer montones de "colados" que participaban del rito. Amigos y parientes de los jugadores, simpatizantes o, simplemente, "'avivados". La cosa es que cuando llegaban los futbolistas, la cuota se había completado. No había más cerveza ni salame cortado ni maníes ni aceitunas. Para festejar alguna victoria o borrar la amargura de alguna derrota, sus propios actores debían echar mano al bolsillo. La buena voluntad de don Venancio —anotando y anotando— suavizaba un poco la cosa. Pero un día don Luis Indaco tuvo una idea salvadora: propuso, que la comisión directiva le entregara, después del cotejo, UN PESO a cada jugador para que éste se arrimara al boliche y lo gastara cómo y en lo que quería. Así se terminarían los "colados". La idea fue aprobada por todos sus compañeros y don Luís —capitán del equipo— se lo propuso a la comisión directiva. ¡Para qué lo habrá hecho! Confiesa hoy Indaco que ni en su peor tarde de jugador, el peor de sus detractores le dijo tantas cosas feas como las que escuchó aquel día de un dirigente. Don Mariano Morales, tesorero del club, le dijo de todo, proponiendo formalmente en su presencia la expulsión de Indaco del club. Hubo que serenarlo y convencerlo para que ¡a cosa no prosperara, aunque no eran pocos los que ya estaban por decir que sí.
Como colofón cabe decir que Mariano Morales era amigo íntimo de la familia Indaco y un patriarcal protector del entonces adolescente Luis, lo que no fue obstáculo para que propiciara —acalorada y vehementemente— su expulsión del club…
Fuente: Extraido de la Colección de Historia de Rosario Central de autor Andrés Bossio

miércoles, 29 de agosto de 2012

EL ALMACÉN DE FUGGINI


Esquina de San Nicolás y Catamarca, ochava sudeste. Casi en los límites del barrio Talleres y en los aledaños de la cancha de Rosario Central, el almacén de Venancio Fuggini era lugar de encuentro de los centralistas rosarinos, criollos o hijos de inmigrantes.
Un poco más allá, pasando los talleres del Central Argentino, en un bar pegado a la farmacia de William Taylor Paul -el segundo presidente de la entidad-, sobre la avenida Castellanos, se juntaban los pocos ingleses que aún quedaban en el club.
Pero en poco tiempo el almacén de don Venancio se convirtió en sinónimo de Rosario Central. Como en el centro de la ciudad lo eran para los newellistas el "Bar Germania" de Santa Fe y Mitre, o los sótanos del "Café Central" en Rioja y Mitre, o después el de los hermanos Adolfo y Ernesto Celli en calle San Lorenzo al 1200.
Y como lo eran tantos o más bares y cafés para la gente de cada club rosarino.
El júbilo de los domingos cobijaba a los centralistas en el almacén de Fuggini. Jugadores, dirigentes, simpatizantes, ya sin distinciones de orígenes, todos se encontraban allí alrededor de los colores azul y amarillo. Las copas corrían, por supuesto, servidas por el propio Fuggini. Y las broncas de las derrotas también se digerían ahí.
Era tanto lo que representaba ese ámbito para Rosario Central que por un tiempo se convirtió en la sede: reuniones, llamadas telefónicas, citación a futbolistas, informaciones sobre días de prácticas, todo se concentraba en el almacén. Al asumir la presidencia Tomás Flynn en 1916 fue secretario su hermano Federico, quien decidió organizar el área administrativa. Aparecieron entonces los primeros libros contables y archivos, que debían ser guardados en algún lugar. Era previsible, nadie se sorprendió cuando Federico Flynn le pidió al dueño del almacén un rincón para poner esos papeles.
También fue escenario de episodios que terminaron con denuncias policiales. Como esa tarde en que los centralistas se vengaron de Francisco Barrera Carrasco, un consejero de la Liga Rosarina que había impulsado la suspensión a perpetuidad de Ennis Hayes por sus reincidentes faltas en las canchas. Barrera Carrasco volvía de su trabajo en los Tribunales Federales hacia su casa en Alberdi. Como todos los días, lo hacía en el tranvía 5. Al pasar por el almacén de Fuggini observó que en la puerta se había armado una gresca entre dos hombres. Bajó, caminó apoyado en su bastón y no alcanzó a pedir calma cuando varios se le fueron encima y lo golpearon. La pelea había sido un simulacro para atraer a la víctima. Los victimarios eran hinchas de Central que se vengaron de Barrera Carrasco por la suspensión de Ennis, quien semanas después fue rehabilitado tras comprometerse los dirigentes a que "guardará buen comportamiento en las canchas".
Don Venancio no había tenido que ver con la agresión. El era un tipo fenomenal. Su vida vibraba en función de Central. Se cuenta que nunca se supo todo lo que hizo por el club, aunque era común su solidaridad con los jugadores -entre quienes se encontraba su hermano Juan- cada vez que necesitaban dinero o una firma en garantía para comprar sus botines de fútbol.
La popularidad de Venancio Fuggini creció cuando compró un asno. Al vecindario le inquietaban sus brincos por la calle, sobre todo cuando se le ocurría cocear. Pero también le preocupaba tener que despertarse, especialmente los domingos, con sus rebuznos. Hasta que la imaginería popular calmó al populoso barrio centralista.
-Si mañana rebuzna una vez, Central perderá por la tarde. Si rebuzna varia-- veces, ganará-dijo en la noche del sábado uno de los asiduos concurrentes al almacén de Fuggini, argumentando que esas situaciones ya las tenía comprobadas desde muchos domingos atrás.
El asno rebuznó varias veces. Y no sólo ése sino casi todos los domingos próximos. Eran tiempos de triunfos y campeonatos.

Fuente: Artículo Publicado en el libro “ De Rosario y de Central , Autor: Jorge Brisaboa  Impreso en Noviembre 1996 por la Editorial Homo Sapiens

martes, 28 de agosto de 2012

ENTRE DIVAS Y CUPLETISTAS - Dos géneros, dos pasiones


Por Rafael Oscar Ielpi

El advenimiento jubiloso del nuevo siglo no iba a modificar una de las características peculiares de la ciudad finisecular: una especie de  pasión colectiva, unánime, contagiosa, una verdadera borrachera teatral. Tal vez sea difícil imaginar hoy. cuando Rosario llega al millón de habitantes, la remansada vida de aquella ciudad de principios de siglo, pero mucho más lo es. sin duda, intentar una descripción objetiva de aquellos años transcurridos entre 1900 y 1930, en los que "el" Rosario iba a ser poco menos que la Meca para una real constelación de actores y actrices, divos y divas de la lírica, y cuanta figura de renombre internacional se decidiera por una gira americana, en la que Buenos Aires primero, y Rosario inmediatamente después, eran plazas poco menos que inevitables. Fueron en esos años la zarzuela y la ópera los dos géneros musicales que mejor llegaron al corazón y a la sensibilidad de los rosarinos, y en especial de los miles de integrantes de las dos colectividades de inmigrantes más numerosas de la Argentina: italianos y españoles. En el caso de Rosario, la vasta colonia itálica, que incluía a una gran cantidad de genoveses. era lo que hoy se llama un público cautivo de la ópera, a lo que se sumaba la entrañable y legítima nostalgia que todo inmigrante de cualquier origen siente por la tierra lejana.

En el Rosario anterior al 900 ya varios teatros habían abastecido, con mayor o menor comodidad para los espectadores, las necesidades de recreación, de vida social y -¿por qué no?- de elevación espiritual de buena parte de sus habitantes: el Teatro Nacional, levantado en Córdoba entre Comercio y Aduana; el Teatro de la Esperanza, en calle Puerto (hoy San Martín), cuyo telón se levantó por primera vez el 21 de junio de 1857 y cuyo final llegara en 1868 como consecuencia de un incendio. Reconstruido como Teatro del Litoral, pasó a llamarse La Opera en 1878, conservando ese nombre hasta su cierre definitivo en 1885. A imitación de Madrid, la ciudad se haría también, en el siglo XIX, de su Teatro de la Zarzuela, en calle Progreso (Mitre), cerca de su intersección con Urquiza.

Pero serían tres salas construidas también en la centuria anterior las que impulsarían, hasta la inauguración del Teatro Colón y del Teatro La Opera, en 1904, el fervor teatral de los rosarinos: el Olimpo, La Comedia y el Politeama. El primero abriría sus puertas el 15 de junio de 1871, en la calle Progreso y tendría su impulsor generoso -como muchos teatros del mundo- en Eugenio Pérez, un profesional que entusiasmó a algunos rosarinos "de pro" con la idea de dotar a la ciudad de una sala acorde al amor por el teatro que la misma exteriorizaba.

Salvo Caruso, cuya única actuación en la ciudad tuvo como escenario a La Opera, gran parte de los grandes de la lírica italiana pasaron por el Olimpo: Alejandro Bonci, Pascuale Amato, Emma Carelli, Rossina Storchio, María Barrientos, Luisa Tetrazzini.
Sería el Olimpo escenario también del estre­no en la Argentina de "Cavallería", de Pietro Mascagni, por la compañía italiana dirigida por Rafael Tomba, poco después del estreno de la obra en el Teatro Constanzi romano y de su espectacular suceso. El entusiasmo, el fervor y la expectativa de los rosari­nos por la dramática obra auguraban una larga temporada, frustrada por otra novedad mucho más mundana... y humana. La soprano de la compañía, Paoli Bonassi -esposa del director musical del elenco-, que encarnaba a Santussa, desapareció una noche con el barítono Migliazzo, el Alfio de la ópera de Mascagni, dejando trunco su matrimonio y clausurado el éxito de la numerosa compañía.

La sala de calle Progreso iba a albergar asimismo a algunos de los gran­des actores -los trágicos de fin de siglo- cuya fama ha perdurado en el tiempo pese a los cambios expresivos y técnicos: Gustavo y Tommaso Salvini, Ermete Zacconi, Ermete Novelli. Giovanni Grasso. Parte fundamental del éxito del Olimpo residiría en su empresario, Luis Carpentiero, un napolitano que lo sería después del Colón y posteriormente del Odeón, quien trajo a la sala artistas de géneros disímiles pero de la misma fama en todo el mundo.

Por el escenario del Olimpo pasaría también Leopoldo Frégoli, un maestro del hoy olvidado arte del transformismo, capaz de encarnar con velocidad pasmosa a cerca de medio centenar de personajes, quien debió escapar disfrazado de mucama de una casa cercana al teatro ante la llegada del pretendiente de la dama con quien platicaba y algo más.

Fuerte competencia con el Olimpo sostendría ya a fines del siglo XIX el Teatro La Comedia cuya construcción original había sido encarada por Giglione en 1890/91 y cuya habilitación se produce en 1894.En realidad, la sala sirvió para dar cabida en sus primeros tiempos a los circos criollos donde daba sus primeros pasos el teatro nacional con "Juan Moreira", y tenía las mismas características del cuasi galpón del Politeama. que también nacería para albergar espectáculos similares.

Se denominaba inicialmente Teatro Comedia, y con ese nombre perduró hasta 1904, cuando se modifica la empresa original con el ingreso de Francisco Montal, que junto con Galván dan lugar en la precaria sala a compañías de zarzuelas y del llamado género chico español, aunque con elencos de escasa o nula notoriedad. En julio de 1909, los hermanos Francisco y José Eráusquin adquieren los terrenos en los que levantan el tea­tro y producen en el mismo una serie de importantes reformas que lo adecúan a todo tipo de representaciones y lo convierten en una sala de jerarquía. Allí actuarían los más conocidos cantantes y actores hispánicos de las primeras décadas de este siglo, como el gran barítono Emilio Sagi-Barba, con su esposa Luisa Vela, de cuya unión matrimonial nacería otro de los grandes de la zarzuela: Luis Sagi-Vela.
 En La Comedia estrenaría Florencio Sánchez, por entonces redactor del diario "La República", su obra "Canillita", el le de octubre de 1902, por la compañía de zarzuelas de Enrique Llovet, con una mujer, la tiple Julia Iñíguez. encarnando al chiquilín protagonista de la pieza, un vendedor de diarios cuyo apodo pasaría a ser denominación y símbolo de ese gremio. Florencio, un libertario convencido y un bohemio impenitente y sufrido, redactaría los manifiestos de grandes protestas obreras, como la de los trabajadores de la Refinería Argentina en octubre de 1901. y sería presencia cotidiana y noctámbula en muchos de los cafetines aledaños al Mercado Central, sucesor del Mercado Sud.

El Olimpo y La Comedia conocerían nueva competencia sobre finales del siglo XIX con la inauguración en la misma calle Progreso donde se emplazaban ambos (y a una cuadra del primero) del entonces llamado Nuevo Politeama, construido en el mismo solar que luego ocuparían sucesivamente el Teatro Odeón, luego cine, y la Fundación Héctor I. As-tengo. Habilitado en 1899 por su impulsor, que no era otro que Pablo Rafetto, uno de los nombres imprescindibles de la historia del circo criollo, el Politeama a secas, como se lo conocería popularmente, funcionaría hasta 1917 con algunos hitos importantes pero heterogéneos en su haber, que lo vinculan con la ópera, el teatro nacional, la música e incluso los bailes populares.

Más allá de alguna inicial y casi novelesca vinculación con la lírica, como el estreno en la Argentina de "Tosca", en 1900 -privilegio que disputa al Olimpo- el Politeama fue. hasta su desaparición, lo que se llama un teatro popular. Denigrado por unos como un vasto galpón con pretensiones de teatro, su escenario sería sin embargo transitado por el teatro nacional prácticamente desde el comienzo del siglo XX y su heterogénea "clientela" de espectadores no se reclutaba por lo general entre las familias distinguidas sino en la clase popular, que era por otra parte a quien iba dirigida buena parte de la producción teatral argentina de ese tiempo, con autores como Gregorio de Lafferere, Payró, Sánchez Gardel, Nemesio Tre-jo, Florencio Sánchez o Carlos Mauricio Pacheco.

Mientras coincidieron en el tiempo, durante el siglo XX -es decir desde 1900 a 1917, año del cierre del Politeama- y hasta la inauguración del Colón y La Opera, tanto el modesto pero concurrido teatro fundado por Rafetto como el Olimpo y La Comedia serían escenarios de grandes acontecimientos artísticos y a la vez la obligada posibilidad de seguro lustre social para una comunidad atenta, a falta de otros atractivos, a menudos incidentes, y empolvada de tierra por el paso de carros y tramways que cruzaban las calles arrastrados por yuntas de cansados jamelgos o sobresaltada poco después por los primeros y ruidosos automóviles, toda una novedad.

Entre 1900 y 1905, por ejemplo, la gente vive pendiente de los telones que suben y bajan y de argentino y creador de Pepino el 88 las temporadas que obligan a la renovación de vestuarios y atuendos, a la elección de sombreros (ir al teatro tenía sus estrictos códigos de etiqueta, sobre todo para la burguesía gobernante), a la adquisición y lucha por los abonos. El año inicial de la centuria, el suceso lo constituye José Podestá, el célebre Pepino el 88, el payaso que con una escoba en la mano, a guisa de guitarra, o con una guitarra -que sabía pulsar y bien- era capaz de innovar en la vieja mecánica del payaso de circo para comentar con humor y acidez los problemas del país y las acciones o desaguisados de quienes lo gobernaban, desde las tablas del Politeama.

También el comienzo del siglo XX traería a ese teatro a otro legendario del circo: el inglés Frank Brown, a quien M. SuareZ Danero describe como lo vieron seguramente los rosarinos del 900, saliendo del "Hotel de France et Angleterre": "Tenía el prototipo del caballero inglés de porte distinguido, aristocrático. Vestía a la usanza londinense, con suma pulcritud y elegancia. Con su clásico bastón y su galera en boga en la época, se parecía más a un acaudalado industrial que a un payaso de circo". Frank Brown y su mujer, Rosita de la Plata, volverían a Rosario más de una vez hasta mediada la década del 20, cuando ya la ciudad tenía otros gustos y otras recreaciones que excedían el marco entrañable del circo.

El Politeama tuvo también su escándalo teatral el 25 de junio de 1902, cuando el estreno de "La gente honesta", de Florencio Sánchez, motivó una movilización policial, cierre del teatro, censura a la obra y alguno que otro garrotazo al público, incluido el autor de "Barranca abajo", que terminó detenido "por alboroto en la vía pública". La diligencia policial tenía sus razones: la obrita de Sánchez era una despiadada sátira enderezada contra su ex patrón de "La República", el industrial de origen alemán Emilio Schiffner (que sería propietario luego del teatro La Opera), a quien el libertario dramaturgo veía como la encarnación de los males del capitalismo burgués y que lo había despedido poco antes.
En realidad, para el poderoso burgués que era Schiffer, verse convertido en un personaje de teatro que paseaba del brazo de una prostituta por el Parque Independencia, hablando además un "cocoliche" que denunciaba su origen extranjero, debe haber sido no sólo muy duro: fue inaceptable para quien como él, y la mayor parte de los ricos comerciantes rosarinos, sabían muy bien que era justamente el origen el que los convertía en inferiores ante el patriciado capitalino, para el que "estos rosarinos", "estos gringos con plata" no eran otra cosa que nuevos ricos, con la carga de rastacuerismo y arribismo que (para ellos) encerraba tal defini­ción. Aunque se casaran con las hijas de las familias tradicionales de Santa Fe, como ocurriera con el propio Schiffer.

Pero ya en el inicio del siglo, Rosario estaba preparada para contar con un teatro al que pudiera calificarse cabalmente como tal y que, de paso, ubicara a la ciudad en la nómina de las que podían recibir, sin problemas, a las grandes compañías líricas y teatrales que llegaban desde Europa. El año 1904 sería, por ello, particularmente importante ya que en su transcurso, y con escasos días de diferencia, se habilitaron dos de las grandes salas de su historia: el Teatro Colón primero, y el bautizado como La Opera, casi inmediatamente, el único de los dos que sobreviviría  hasta nuestros días.
El Colón sería por casi medio siglo -ya que se inauguró el 19 de mayo de 1904 y se demolió en 1958 por orden del entonces propietario del inmueble- un recinto escénico de relevancia nacional e incluso internacional. Y de los dos, el más popular o, al menos, el percibido como el menos elitista de ambos. La sociedad formada especialmente para solventar la construcción de un gran teatro, impulsada por Alfredo J. Rouillón y David Gianelli, confiaría la confección de los planos del coliseo al ingeniero italiano Cayetano Rezzara. Las obras quedaron paralizadas cuando la edificación había llegado a la primera mitad de los palcos, y luego de algunos años se reiniciaron los trabajos, ahora bajo la dirección del ingeniero Plou. La inauguración sería comentada por muchas semanas en la ciudad, por el acontecimiento social que significara, y la esquina de Corrientes y Urquiza atraería en lo que restaba del año a curiosos y amantes del teatro por igual.

La velada inicial correspondió, como era previsible, a la lírica italiana, a través de un clásico de Puccini: Tosca, para cuya representación se contrató a una compañía dirigida por Giovanni Zuccani, que cruzó especialmente el Atlántico con su orquesta de 60 músicos, el agregado de una banda de 20 instrumentistas más, 30 coreutas, 18 bailarinas y un plantel de cantantes, técnicos y ayudantes que la acercaban al centenar y medio de personas.

Los añejos programas de aquella temporada inicial, poblados de publicidades de comercios e industrias y retratos de los principales artistas del elenco (Elena Bianchi-Cappelli. Orazio Cosentino, Ramón Blanchart. Pietro Gubellini. Bianca Morelli. Alicia Cucini, entre otros), consignan casi un mes y medio corrido de frenesí operístico, de la mano de aquellos cantantes extranjeros a los que era posible escuchar, ver por las calles, generalmente en bulliciosos grupos, e invitar incluso a alguna velada particular. Esto último, si se portaba uno de los apellidos ilustres de la ciudad y se contaba, por ello mismo, con alguna de las señoriales mansiones de la alta sociedad rosarina.
La Idea, una revista destinada a la crónica social, consigna en esos días: "Esperábamos un gran teatro pero nunca un lleno así, tan grande, tan íntegro. Todo estaba ocupado: plateas, tertulias, palcos y demás localidades. Por todas partes no se veía otra cosas que mujeres luciendo elegantes toilettes y hombres de rigurosa etiqueta. No podemos decir ya que el Rosario carece de atractivos y que sus noches son largas, tétricas y aburridas: ahora existe el Colón...

El Colón, en realidad, había ganado una carrera contra el tiempo: la que enfrentara a sus impulsores con quienes habían iniciado también la construcción de otro gran teatro: el de La Opera, en la esquina SE de Laprida y Mendoza, cuya inauguración no pudo concretarse antes. Esta gran sala -que aún mantiene su actividad regular aunque inscripta en la crisis general del espectáculo- levanto por primera vez su telón el 7 de junio de 1904, con uno de los títulos operísticos más arduos: el Otello de Verdi y un elenco que, para algunos, encabezaba esa noche el florentino Amedeo Bassi, en el esplendor de su juventud, y para otros Giovanni Lunardi, que habría reemplazado a último momento al primero cuando ya estaban los programas impresos.

La arquitectura todavía chata de la ciudad, lo desperdigado de su edificación una vez superado el reducido radio céntrico hacía verídica la descripción que La Capital consignaba en 1904: "Está por encima de toda edificación del Rosario", para señalar que "allá a lo lejos se ve el otro mirador del Rosario: el kiosco en que remata la Montañita del parque y que asemeja, a la distancia, la cúpula de una gran pagoda china..." Una vieja postal de "A la ciudad de Roma" permite observar, en la noche, con su frente iluminado, al flamante teatro, rodeado de construcciones bajas que resaltan su imponencia mientras la crónica aludida menciona la sólida arquitectura de Goldammer y los frescos de Garino y Levoni.
A partir de esa coincidencia fundacional y de objetivos, el Colón y La Opera movilizaron a una ciudad atenta y ganada por el teatro como posibilidad de recreación y de esparcimiento. Los dos primeros, sobre todo, consiguieron incluso alterar la tranquila vida rosarina de las dos primeras décadas del siglo; a partir de las cinco o seis de la tarde se tenía posibilidad de elegir la velada teatral del día entre una vasta gama de espectáculos que incluían las variedades circenses, los dramones europeos tradicionales, la zarzuela pinturera o las breves piezas del género chico hispano, los saínetes , las óperas con su divo y su prima donna de rigor, el teatro nacional, la música clásica con un niño prodigio como Miecio Horzsowky. que asombraba ejecutando a Chopin a los 12 años en el Colón, o las primeras expresiones de los ballets rusos y la danza moderna con la legendaria
Ana Pavlova, mezclando por igual   a tonadilleras y cupletistas con bailaoras geniales como Antonia Mercé, Encarnación López o Pastora Imperio -fundadoras con Vicente Escudero del baile flamenco contemporáneo- y con trágicos, capocómicos desbocados, instrumentistas virtuosos de una manera tan asombrosa como seguramente irrepetible...
Esa epopeya heterogénea está poblada de momentos e historias que los rosarinos protagonizaban casi sin saberlo y muchas veces sin que quedara incluso registro de ello, como la versión de una Isadora Duncan bailando desnuda a orillas del Paraná en 1916 o el magnetismo que irradiaría la gran Sarah Bernhardt en septiembre de 1905 desde el escenario del Colón, ante una platea poco menos que suspensa ante la inminencia de lo que creía -con razón- un hecho tal vez único en sus vidas, aunque la diva no fuese ya la joven y subyugante actriz que aplaudieran los europeos sino una mujer que había superado la encuerna. “La dama de las camelias", uno de sus grandes momentos.
Ese mismo año, llegaría al mismo teatro otro legendario: el gran Pablo Podestá, a quien se juzga como uno de los grandes actores Bgran Pablo en una dé suspoco   de la historia del teatro nacional. Miembro de una familia de pioneros, bien puede señalárselo con José y Jerónimo -hermano y tío- como uno de los fundadores de la dramaturgia argentina. El gran Pablo, como se lo llamaba, tenía entonces poco más de 30 años y un efímero matrimonio con una muchachita de apenas 14 años, hija también de una familia de gente de circo, y que había nacido casualmente en Rosario, en los finales del si glo XIX: Olinda Bozán.

Pablo vuelve muchas veces a Rosario: en 1912 y en 1919, cuando actuando en el Teatro Olimpo sufre el comienzo de los síntomas finales de su locura, que lo lleva a afirmar que había adquirido todos los teatros de Buenos Aires, de Rosario y de Montevi­deo. Llevado a Buenos Aires, es internado en el manicomio porteño donde muere cuatro años más tarde, el 26 de abril de 1923.

En 1907, la ciudad se conmueve con otra llegada esperada: la de Eleonora Duse, otra de las grandes trágicas de principios de siglo, que lle­gaba en la cincuentena (como la Bernhardt) cuando ya parte de su juvenil encanto y sus amores con D'Annunzio, el poeta y dramaturgo del fascismo, habían quedado atrás. Sin embargo, el Colón volvió a colmarse como en las grandes ocasiones para verla y escucharla, sobre todo en "La dama de las camelias", donde la artista de las bellas manos -como se la llamaba- conservaba todavía los fulgores mágicos de su talento. Otras actrices de renombre, como Tina de Lorenzo, habían pasado ya entonces por la ciudad, en este caso en el Olimpo de calle Progreso.
a venida de las grandes divas de la ópera era también suceso, pero ninguno como el de 1907 con Luisa Tetrazzini, una soprano insigne de entre siglos, que enloqueció literalmente a los rosarinos, al punto de que luego de su función de despedida en el Colón -el 22 de agosto con "La Traviata"- no vacilaron en llevarla en andas desde el teatro hasta la estación Rosario Norte, para su embarque hacia Buenos Aires, pese a su opulencia física. Sus compañeros, Pascuale Amato y Emma Carelli, recibieron homenajes y elogios similares.
Otra diva, Gemma Bellincioni, deja suspensa a la ciudad en junio de 1910 con el estreno en el país de la "Salomé", de Richard Strauss -que venía a terciar en una larga competencia entre óperas italianas- y a sus méritos musicales se sumará, co­mo interés adicional para cierta mentalidad con­servadora, un libreto que incluía la famosa "danza de los siete velos", que la Bellincioni, por entonces una dama de 47 años, llevó a cabo airosamente. Monos y Monadas lo asegura: "Cuando bailar se la ve/ a esta hermosa Salomé/ en la danza de los velos,/ se cree en los siete cielos/ de la musulmana fé..."
Otros mimados de los rosarinos serían en ese período el matrimonio de María Guerrero-Fernando Díaz de Mendoza. Millonarios y dadivosos, en 1910 trajeron como invitado de su compañía al gran Ramón del Valle Inclán y su estadía en el Hotel Italia se recordaría tanto como los habanos cubanos especialmente fabricados para él que fumaba don Fernando.

Desde 1911, cuando recaló en el Politeama, hasta sus últimas actuaciones en la década del 20, Florencio Parravicini haría reír con sus chistes desenfadados, sus ademanes groseros y su chispa a toda la ciudad, sin distinción de clases sociales. En 1924, una hemorragia y un desmayo prolongado dan origen al rumor de su muerte en Rosario, mientras actuaba en el Colón, versión que publican varios diarios porteños.

 Lo cierto es que Flo arrasa con todo desde el Centenario hasta casi los años 30 en los escenarios rosarinos. "Monos y Monadas" consigna en 1911: "Hipocondríacos, melancólicos y cansados de la vida van a reír con Parra y se curan. El Consejo de Higiene, justamente alarmado, lo va a llamar al orden porque cura tan descaradamente en público las enfermedades incurables. Parravicini se ríe y nosotros también..."

Enrico Caruso fue otro de los que paralizaron a la ciudad con su talento. El 9 de julio de 1915, La Opera se colmó de amantes del bel canto, deseosos de oir al que ya era considerado como el mejor tenor del mundo en "Manon Lescaut", con Gilda Dalla Rizza. La apoteosis, sin embargo, llegarías unos días después, con "I pagliacci", su interpretación más festejada, que anonadó a la audiencia, lo colmó de ovaciones y lo obligó a salir a escena once veces.

El viejo Politeama no iba, por su lado, a ser olvidado del todo. En el mismo terreno en el que se alzara el viejo local, se cons­truiría otro teatro, inaugurado por Lola Membrives y su compañía en octubre de 1927, con "La mariposa que voló sobre el mar", de Benavente: el Teatro Odeón, financiado por Enrique Astengo y proyectado por los hermanos Tito y José Micheletti, hoy Auditorio Fundación Héctor I. Astengo.

Fuente: Extraído de la colección  “Vida Cotidiana – Rosario ( 1900-1930) Editada por diario la “La Capital

lunes, 27 de agosto de 2012

ESTACION SARRATEA


El contraste entre verdades se acentúa con el tiempo, poner un punto de equilibrio parece para los que deciden sobre nosotros y por nosotros, una meta inalcanzable, están mas allá de toda lógica, como si se tratara de dos dimensiones diferentes, el color del cristal de sus gafas mimetiza y les oculta una parte de la realidad.

Por M. Pinero Grande
Las imágenes son elocuentes, se está trabajando a toda máquina sobre la nueva traza, es decir la doble traza hacia San Lorenzo, para hacer más fluido el tráfico de cargas a los puertos.
Se están armando los nuevos rieles sobre durmientes de hormigón con un perfecto balastado. sin embargo la realidad se encuentra al costado de las vías, la estación Sarratea agoniza en total abandono ocupada por personas que no tienen medios para mantenerla, se va perdiendo esta obra de arquitectura inglesa con todo su bagaje de historia y anécdotas en viaje al olvido.
Sólo puedo agregar que en mis años de escuela secundaria, cuando corría por este trazado el tren de pasajeros local, algunos compañeros de curso llegaban desde el barrio Sarratea a la ENET N° 1 Dr. Manuel B. Bahía. que estaba a pocas cuadras de Rosario Norte, más rápido y económico que el ómnibus era ideal para los estudiantes y trabajadores.
Sobre estas vías que transportan la simiente de la tierra y por ende proveen la mayor entrada de divisa a las arcas de la nación, sería muy bueno que también mediante trenes de pasajeros, transporten a obreros y estudiantes que serán constructores y arquitectos de la Argentina del futuro.
Ramal: Comenzó a operar en 1890 como estación del Ferrocarril Buenos Aires Rosario y luego Ferrocarril Central Argentino. La línea partía del Patio Parada y llegaba hasta la capital provincial. La estación fue clausurada en 1977.
Ubicación: Zona norte de Rosario. Distrito Noroeste. Seccional 17
Como llegar desde el centro de Rosario: Por costanera rumbo norte hasta la bajada Puccio subimos por esta, hasta avenida Rondeau y giramos a la derecha, y en la tercer calle que se llama Baigorria giramos a la izquierda y a 5 cuadras exactamente, en el cruce con vías del NCA, 70 metros a la a estación.




¿Quién fue Manuel Sarratea?
Francés de nacimiento participó en la Revolución de Mayo e integró el Primer Triunvirato. Fue diplomático, político, militar, interviniendo en sucesos claves de la Emancipación Nacional. En 1820, luego de la batalla de Cepeda, fue nombrado gobernador de Buenos Aires, en carácter del cual firmó el Tratado de Pilar, y se desempeñó como representante diplomático en Europa y Brasil en tiempos de los gobiernos de Rivadavia, Dorrego y Rosas.

 
Fuente: extraído de la revista “Rosario, su Historia y Región. Fascículo N• 77 de  Agosto de 1911

viernes, 24 de agosto de 2012

1915-16 - LA HISTORIA VUELVE A REPETIRSE - • CAMPEON E INVICTO


Si inolvidable fue lo hecho en 1914, la hazaña alcanzó perfiles históricos en las siguientes temporadas. En 1915 otra vez fue campeón Central, con un récord impresionante: de 21 partidos ganó 19 y empató los dos restantes, con 104 goles a favor y sólo 4 en contra (Belgrano le empató 2 a 2 y Atlético 0 a 0; los otros dos goles sufridos por el arco auriazul fueron ante Central Córdoba, a quien se le ganó por 4 a 2). Los dos enfrentamientos ante Newell's no dejaron duda alguna: ganó Central por 6 a 0 los dos partidos. Pero no pararía allí la cosecha de triunfos centralistas porque ese mismo año ganó nada menos que la Cepa Ibarguren, derrotando al poderoso Rácing de Avellaneda.
Un año después Central siguió cosechando halagos. Otra vez campeón e invicto, en una proeza que difícilmente tenga parangón en el mundo entero. El campeonato de 1916 lo vio terminar al tope de las posiciones con un solo punto cedido, producto de un empate con Tiro Federal. Fueron 60 goles a favor y 8 en contra, con una particularidad, en la segunda rueda, Central Córdoba, Provincial, Gimnasia y Esgrima, Rosario Atlético y Nacional cedieron los puntos, tal era la superioridad auriazul. Los dos clásicos también se definieron por goleada: 4 a 0 y 6 a O, respectivamente.
La impresionante racha de victorias se cortó luego al jugar la Copa de Honor ante Nacional; la Copa Competencia ante Rácing y Peñarol de Montevideo. Allí pagó Central tributo al extraordinario despliegue desarrollado durante tres años de fantástico relieve. Los héroes de aquellas tenidas memorables fueron Serapio Acosta, Adsbury, Moyano, Zenón y Juan Díaz, Rotta, Rigotti, Perazzo, Blanco, Molina, Flynn, Laiolo, Harry y Enni Hayes, Ramírez, Barbieri, Woodward, en­tre algún otro que se puede haber escapado a la registración poco exacta de la época. Al terminar aquel año de 1916. Rosario Central tenía 182 socios y un capital de seis mil pesos, aproximadamente. Todavía el club estaba bajo el control de la empresa ferroviaria. El gran despegue se realizaría a partir de 1925, cuando se libera definitivamente y logra su autonomía
total, y en cuya gestión tuvo principal intervención don Federico J. Flynn.
La fuerza arrolladora de aquellos fenómenos que vestían la casaca de Rosario Central siguió en pleno auge en 1917. Ese año jugó por última vez un encuentro internacional Harry Hayes. En diez años vistió nada menos que 40 veces la camiseta nacional. Volvió a ganar el campeonato por la Copa Vila de punta a punta, aunque perdió el invicto. Lo derrotó Tiro Federal por 4 a 0. Disputó 16 partidos, logró 57 goles a favor y tuvo 13 en contra, producto de 15 victorias y ese traspié ante los tirclenses. Por aquellos años era tal la cantidad de jugadores de relieve que aconteció algo digno de recordarse: un día se lesionó Harry Hayes, el formidable Harry, maestro de todos los tiempos. En su lugar apareció un petiso —bien petiso— Antonio Miguel. Fue un suceso. Por muchos años, ya retirado Hayes, el petiso Miguel hizo época vistiendo la casaca auriazul. Hasta no hace muchos años en el quiosco de diarios y revistas de San Martín y San Juan, el petiso Miguel rememoraba con nos­talgia aquella tarde que enloqueció al "divino" Zamora.
Tras una buena campaña en 1918, que no logró coronar en el campeonato, retoma la buena senda en 1919, con un campeonato conseguido de manera muy especial. Central y Newell's terminaron el campeonato invictos. Empataron en sus dos compromisos y ganaron los restantes. Fueron al desempate y Central ganó por tres a dos,
Después de ello, otra vez los desencuentros, los incidentes, los intereses encontrados, que culminarían con una nueva separación centralista del campeonato de la Liga Rosarina. Tras disputar sólo 9 partidos en el torneo de 1920, Central retiró el equipo disconforme con el manejo de la Liga, Ya vimos cómo los desencuentros volvieron a aflorar en 1920 dejando trunco el torneo de ese año del que se retiró Rosario Central tras disputar sólo 9 encuentros. La protesta centralista fue seguida por Gimnasia, Nacional, Sparta y Fútbol Club Santa Fe, que constituyeron en Rosario la Asociación Amateur. Pero tai como había acontecido en 1912 cuando Central, Tiro Federal y Sparta, escindidos, crearon la Federación Rosarina, esta nueva entidad tuvo efímera duración. Ya en 1922 los clubes separados volverían a nuclearse en torno a una misma institución. Si bien las relaciones no fueran óptimas, el fútbol rosarino dejó por aquel entonces de padecer las consecuencias de un divisionismo totalmente inadecuado y, aunque un poco a los tumbos y superando no pocas tormentas, se fue arribando al final de la década para ingresar en 1931 en que haría eclosión un fenómeno que venía fermentando en las principales plazas futbolísticas de la época como eran Buenos Aires, Rosario y La Plata: el profesionalismo. Con él llegó la creación de la Asociación Rosarina de Fútbol, a cuyo frente Se colocó al hombre con más historia centralista: don Federico J. Flynn. Pero antes de todo eso, pasaron muchas cosas – y muy importantes – en Rosario Central en esa década del 20.

Fuente: Bibliografía de Historia de Rosario Central de autor Andrés Bossi

jueves, 23 de agosto de 2012

LA HORA DE LAS INFUSIONES


La ceremonia del café o el rito del mate convivían con la británica tradición del té, que se mantenía vigente en muchas de las familias 9 acomodadas. Por ello, el consumo de yerba mate -en las clases populares sobre todo-, de café y de té, este último mayoritariamente importado, formaba parte de la vida cotidiana.
Odilo Estévez se contaría entre los comerciantes que hicieron fortuna en la ciudad, en especial a través de su vinculación con la industria yerbatera. Este inmigrante español, propietario de plantaciones de yerba mate en Misiones, estableció dos importantes molinos en Rosario, uno de ellos adquirido a la poderosa empresa brasileña Mate Larangeira. Los establecimientos, ubicados en Urquiza 1302 e Independencia 651, ocupaban casi a un centenar de personas.
La actividad de este dinámico inmigrante comenzó en 1906. al asociarse con Carlos y Arturo Escalada primero y con Angel Muzzio y Humberto Guerzoni
después, conformando la firma "Estévez y Compañía". La yerba utiliza­da era importada del Paraguay, de donde arribaba por el Paraná, y del Brasil. La Yerbatera Paraguaya de Estévez elaboraba una gran cantidad de marcas, muchas de ellas de gran consumo, como "Pan de Azúcar" y "El Mirlo", y otras que denunciaban la procedencia guaranítica del producto: "Tamanduá", "Yaguareté", "Ibera", "Tacurú".
Estévez había adquirido para vivienda familiar la residencia que fuera de Melitón Ibarlucea, en Santa Fe al 700, frente a la Plaza 25 de Mayo, la que después de cada uno de sus muchos viajes a Europa se iba colmando de una gran cantidad de pinturas, objetos, muebles, alfombras y tapices de procedencia diversa, que terminaron conformando un valioso patrimonio artístico. A su muerte, su viuda, Firma Mayor, emparentada con la familia Arijón, hizo donación del inmueble y de su valioso contenido a la Municipalidad de Rosario, como encomiable acto de gratitud a la ciudad que acogiera a aquel emprendedor y activo español llegado con la ola inmigratoria. La residencia pasó a ser sede, desde entonces, del Museo Municipal de Arte Decorativo "Firma y Odilo Estévez"
Muchas de las marcas de yerba consumidas entonces eran sin embargo importadas de Paraguay y Brasil, aun cuando se comercializaban también muchas producidas en el país, algunas de las cuales mantienen hoy vigencia y prestigio. Es el caso de Flor de Lis, muy publicada  al comienzos de siglo y que llegaba en cilindros de madera con tapa de cedro misionero, y de Néctar, elaborada por Couzier y Compañía. Se vendían también yerbas como Veracruz e Ildefonso, envasadas en cilindros pero de metal, y de producción nacional eran asimismo las marcas de Núñez y Gibaja: Curu-paytí, Iguazú, Escudo, Sin igual, Triunfante y otras. Su molino rosarino, en Entre Ríos 557, llegó a despachar en 1900 cuatro millones de kilos de yerba mate.
Mientras, solían consumirse asiduamente las marcas paraguayas Caiguá-Guazú y El Matero, así como la Guayrá, importada por Pinasco, o la Dolores, introducida por Queirolo Hermanos, y la brasileña Cazadora. Competencia de las yerbateras aludidas era asimismo el molino de Esteban Escabini, en Rodríguez 135, y el de Delfino, Roffo y Rivera, establecido primero en San Lorenzo al 900 y lue­go en Tucumán y Pueyrredón.
El café, también consumido en las casas de familia, tenía algunas marcas que se vendían desde principios de siglo, como el café torrado con azúcar abrillantada Cabeza de Buitre; La Brasileña, de 1910; el Paulista, contemporáneo del anterior, al igual que el café A los Mandarines, marca también de uno de los tés tradicionales del período o el Belo Horizonte, envasado en artísticas jarritas labradas. De los finales de la década del 20 sería en cambio el inicio de la gran popularidad del café La Virginia, elaborado en Rosario y que mantendría vigencia hasta la actualidad.
El Paulista era asimismo marca de té, una de hrs tantas que envasaba elproducto en latas bellamente impresas en la mayor parte de los casos, que terminaban convertidas en costureros en muchas ca­sas de familia. También eran cotizados el Té Tigre, con vistosa lata: el Té Diamond, "fragante y delicioso", pro­veniente de la India en envases de alumi­nio e importado por Pozzi, Cabanillas y Cía. y el muy difundido Té Lipton, que reforzaba su prestigio con periódicos concursos.
Todas estos productos formaban parte de la cotidianeidad de los rosarinos de las tres primeras décadas del siglo, junto a una constelación de otros destinados a la alimentación, desde los aceites de oliva indispensables para la cocina española: el Boccane-gra, el Bau, el Ottone Extra, el Oleo Sasso, el Francés o los populares Capitán Fracassa. Tomaso Moro o Fior d'Italia, o las galletitas, golosinas, cereales, quesos y otros muchos, provenientes por lo general de Europa, desde donde habían llegado también la mayor parte de quienes los consumirían en la ciudad recostada a orillas del Paraná.

Fuente: Extraído de la colección  “Vida Cotidiana – Rosario ( 1900-1930) Editada por diario la “La Capital

A TRES AÑOS DE LA TRAGEDIA DE SALTA 2141

A TRES AÑOS DE LA TRAGEDIA DE SALTA 2141