Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

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miércoles, 31 de octubre de 2012

DON LISANDRO: EL PARADIGMA


Carlos Ibarguren, que formara parte del PDP y fuera propuesto para los máximos cargos electivos por la primitiva Liga del Sur devenida luego en partido nacional, recuerda en sus memorias a De la Torre: en esos momentos él actuaba en el orden local santafesino al frente de una fracción casi municipal denominada liga del sur, limitada en su esfera a rosario, su ciudad natal y a los distritos vecinos, creada para luchar por la autonomía y, diré, por la segregación de esa zona contra el norte de la provincia y su capital. yo lo había conocido hacía poco tiempo; me fue presentado por mi primo, el general José F. Uriburu, quien lo quería entrañablemente y mantenía con él una vinculación íntima que duró cuarenta años sin una nube, como De la Torre dijera públicamente cierta vez, hasta que en forma súbita, éste convirtióse por razones políticas en su más enconado enemigo.
"Don Lisandro", mentor ideológico de la Liga del Sur había tenido una juvenil y apasionada militancia política junto a dos de los prohombres de la unión cívica: Aristóbulo del valle, su ídolo, y Leandro N. Alem, en pos de quien ingresaría en la entonces flamante unión cívica radical. había peleado en dichas filas en la Revolución del 90 y fue uno de los firmes adherentes a la disidencia "radical" planteada por Alem a mitre para oponerse a la estrategia de quienes sostenían la necesidad de un acuerdo con Roca.
Su periplo político es recordado por Ibarguren: Combatió sin tre­gua al roquismo desde las filas del Partido Radical, y cuando vislumbró las intrigas que en el comité de la provincia de buenos aires y en la convención tramaba Yrigoyen, renunció en una carta violentísima, acusándolo de tratar de apoderarse de la dirección del partido con dilaciones y engaños, lo que motivó un duelo con Yrigoyen, realizado en un viejo galpón del puerto de buenos aires, en el que De la Torre fue herido de un sablazo en la mejilla. el suicidio de Alem y la muerte repentina de Aristóbulo del Valle, sus dos grandes maestros, lo impresionaron hondamente. también recordaría Ibarguren la decisión del rosarino en colaborar para impedir siquiera la posibilidad de un gobierno del partido radical, necesariamente malo y precursor del retroceso social y de la guerra civil. toda una disidencia.
Había nacido, como cualquier otro hidalgo de gotera, durante la presi­dencia de sarmiento, en rosario, la antigua capital de la confederación, el 6 de septiembre de 1868; sin embargo, el padre, que se llamaba como él, había enfrentado a Urquiza en las jornadas de Pavón. Abogado a los 20 años, frecuentador de los ambientes roquistas, Lisandro de la Torre heredó de su padre la manía de acariciar a contrapelo: en el 90, como otros tantos de su edad, siguió a Alem y estigmatizó la defección de mitre. en 1897, un duelo con Hipólito Yrigoyen lo separó para siempre del radica­lismo, lo arrojó a su profesión y a los viajes por Europa...
("nace de la torre": op. cíf.)

La capital evaluaría la trayectoria del partido y su líder como desprendimientos del tronco radical, del que de la torre se separa (asegura el diario) "por incompatibilidad con los que no piensan": el PDP nació en la plaza pública el día en que las corrientes históricas se abrieron en dos brazos, oligarquía por un lado y demagogia por el otro. Desde entonces en rosario el enfrentamiento político se inicia y se conservará hasta el advenimiento del peronismo, entre radicales y demócratas progresistas. Rosario es el baluarte de los demócratas y algunos departamentos del sur como Belgrano, san martín, caseros, general López, merced a la acción de los Carreras, etc. virtualmente el campo se vuelca por los demócratas y en las ciudades, la burguesía liberal e intelectual. el radicalismo es el mundo proletario creciente y las clases populares. el partido demócrata progresista ocupa un lugar histórico e impide el crecimiento de conservadores, socialistas y otras agrupaciones. había que ser radical o demócrata...

Con menos pretensiones, en los primeros meses de 1909, los comerciantes agrupados en el comité se empeñaban en la suspensión del "impuestazo" decretado por el intendente Nicasio Vila y ante la negativa de éste, que aduce que la medida no entra en la órbita de sus facultades, desde el 4 de febrero paralizan la ciudad. en pocos días comienzan a escasear algunos alimentos indispensables, se pliegan al movimiento las empresas de tranvías, se deja de lado la recolección de la basura domiciliaria y hasta se disminuye el servicio de iluminación en las calles, lo que pone a los rosarinos en un estado de alarma que en algunos sectores estaba muy próximo al pánico.
Mientras se concentran grupos de gente que reclama airadamente, comienzan a escucharse disparos, sobre todo al atardecer, mientras algunos protagonizan hechos mucho más importantes como ataques al oficialista diario  La República y el asalto a un mercado, en tanto que el incendio de uno de los locales de la popular "Casa Zamboni" hace pensar a más de uno en el caos. ni la venida del gobernador ni la suspensión de los impuestos de la discordia consiguen aplacar a un movimiento que había tomado ya, sobre todo por la actividad de la liga del sur, inocultables connotaciones políticas.
Aquellos momentos de tensión, aquellas pedreas a vidrieras, aque líos tiros, terminaron con la disolución del concejo deliberante, blanco de los mismos ataques que el intendente, y la designación de un intendente "de concordia", el conocido Santiago Pinasco, todo un veterano de las lides políticas a quien se acudía en momentos de necesidad de un eficiente componedor o de un mediador de suficiente predicamento como para no despertar demasiada oposición. el indudable prestigio social y el peso económico de su fortuna y empresas ayudaron al ex intendente, quien termina de aquietar las aguas derogando la vigencia del presupuesto que incluía los impuestos de la discordia y haciendo efectiva la suspensión de los mismos, cosa que Vila intentara concretar como frustrado manotazo de ahogado, antes de su alejamiento.

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo I  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones  

martes, 30 de octubre de 2012

EL CAFÉ ROYAL


PO
POR María Luisa Múgica

En 1918/19 Elena Ribak y Elena Smith domiciliadas en Suipacha 142/150 solicitaron permiso a la Municipalidad para ampliar el prostíbulo mencionado anexando el vecino Montecarlo con el fin de establecer una Casa de Pensión para mujeres dedicadas al ejercicio de la prostitución legalizada llamada Royal o Café Royal. Una propuesta similar aunque más lujosa había sido presentada anteriormente por la regenta Elena Zelzer del Moulin Rouge de Jujuy 2961.
Las regentas señalaban que no había precedentes en el país pues se habían inspirado en los establecimientos europeos en los cuales se evitaba el encierro forzoso y ciertas restricciones que vulneraban la libertad de movimiento de las prostitutas. La principal novedad que encerraba el proyecto apuntaba a cambiar las formas de trabajo en el interior de los burdeles reglamentados modificando prácticas vetustas como entregar la mitad de las ganancias a la regenta. En calidad de pensionistas libres o independientes -munidas de sus correspondientes libretas- ocuparían una habitación pagando por el alojamiento y pensión 3$ m/n diarios las que optaban por habitaciones de primera y 2,50$ m/n las de segunda. En el Moulin Rouge los precios oscilaban entre los 6 y 5$ diarios. Las pensionistas podían entrar o salir de la casa y hasta abandonarla avisando con 24 horas de antelación a fin de informar a las autoridades pertinentes y recibir a quién quisieran.
Los concurrentes podían frecuentar la casa en los horarios estipulados por la municipalidad, dirigirse directamente a la habitación de la pensionista, penetrar en el bar donde tocaba una orquesta en las horas reglamentarias o bien utilizar las dependencias de la casa pagando sólo lo consumido. El cliente abonaba el importe a la mujer -sin que la casa tuviera nada que ver- de modo que la ganancia era exclusivamente suya. La casa de pensión estaría gobernada por las dos regentas que eran responsables del cumplimiento de las ordenanzas, del pago de los impuestos y si alguna mujer eludía la visita médica.
La Dirección de la Asistencia Pública decía que si bien era un caso no contemplado en las ordenanzas municipales reglamentado en la forma propuesta y con algunas modificaciones -como que cada habitación tuviera lavatorio, bidet y buena ventilación- no tenía inconvenientes en autorizarlo. De esta manera se independizaba a las mujeres que allí trabajaban evitándose situaciones de explotación y se aseguraba la higiene con la instalación de una sala reservada para las examinaciones sanitarias que estaban a cargo de los médicos del Dispensario y Sifilicomio, los que debían ser pagados por la casa. En 1918 Obras Públicas sostenía que nada se oponía a lo solicitado y las dos casas podían convertirse en una. Por su parte, la Inspección General advertía que si se concedía el permiso era necesario reglamentar su funcionamiento interno, ya que no existía ordenanza para estos establecimientos. En 1920 las regentas solicitaban pronto despacho del expediente detenido, a fin de abrir el lugar que estaba acondicionado sin producir renta alguna. Finalmente, el 27 de septiembre de 1920 se resolvió el asunto autorizándose la casa de pensión Royal situada en la calle Suipacha 150.
Hasta ese momento la forma más extendida de trabajo de las mujeres dedicadas al meretricio en Rosario era el sistema de latas. La regenta entregaba al cliente-luego del pago por el servicio sexual-una ficha conocida popularmente como lata, éste a su vez la traspasaba a la pupila que la canjeaba al finalizar la semana por dinero a la madama, quién se quedaba con la mitad de lo producido. Todavía hoy se pueden encontrar algunas de estas viejas fichas de bronce como la del Petit Trianon, que en una de sus caras contiene el nombre y dirección del prostíbulo Pichincha 87 y en el reverso, un rostro femenino con el torso descubierto, encerrado por dos términos en francés: discrétion y ségurité.
Sin embargo las dos casas de pensión citadas introducían como variante el alquiler por pieza, modalidad a través de la cual el trabajo perdía el carácter de clausura o encierro permitiendo una mayor libertad de movimiento para las prostitutas que podían entrar, salir, abandonar la casa y elegir el cliente y era más rendidor porque la ganancia les pertenecía de modo íntegro. Aunque Zinni-Ielpi en Prostitución y Rufianismo indican que el sistema de lata era el que se usaba exclusivamente en el barrio Pichincha en tanto que en los clandestinos se trabajaba a pieza, los casos mencionados del Moulin Rouge o el Royal permiten relativizar la afirmación porque éstos eran prostíbulos legales y representaban alternativas o flexibilizaciones del reglamentarismo. Claro que el sistema de alquiler podía también ofrecer otras opciones que apuntaban efectivamente hacia la prostitución clandestina, como las casas de citas, hoteles, etc.
Cuando el poder político municipal autorizó el Royal no hizo ninguna objeción al número de mujeres que iba a albergar, pese a que en las notas de las regentes estaba estipulado que giraría alrededor de 40, debido al número de habitaciones. Resulta peculiar señalar que ninguna de las autoridades competentes mencionó que al permitir el funcionamiento de esta casa se transgredía el número de las mujeres autorizadas -que era 15- y, por ende, las ordenanzas municipales haciendo factible el ejercicio clandestino de la prostitución en un prostíbulo legal. Recién en 1929, cuando la regenta era Rosa Bluma, los concejales David Ábalos y Campana denunciaron que allí trabajaban 35 mujeres, muchas sin libreta, aunque La Capital había sindicado que el número llegaba a sesenta, aglomeración que obligaba a constantes intervenciones policiales.
        Aunque el alquiler por pieza apostaba a lograr una mayor flexibilización del reglamentarismo y a mejorar la calidad de vida de las mujeres, esto no se lograba plenamente porque los dueños de las casas/pensión -adaptándose a los nuevos tiempos y aún arriesgando menos- solían presionar a las mujeres aumentándoles el alquiler a fin de obtener mayores ganancias. Esa situación se dio tanto en El Elegante, el Bell Ville, el Café Royal como en el Mina de Oro. A modo de reacción se inició el 9 de enero de 1930 en El Elegante un movimiento de protesta -huelga- que tendió- según La Noticia- a extenderse a los demás prostíbulos ubicados en la sección 9na.
        El mismo medio refiriéndose al Mina de Oro y al Royal indicaba que al principio los dueños de lenocinios cedieron a las pretensiones de las huelguistas pero “cuando llegó el momento de cumplir con lo estipulado, se negaron a ello, exigiendo a las mujeres el pago de 12, en lugar de 9$ nacionales, en concepto de pensión”. Una de las mujeres, moradora de la pieza Nº 10 (sin especificación del prostíbulo), indignada por “la jugarreta de los rusos”, se negó a abonar más de los 9$ convenidos y fue amenazada con que iba a intervenir la policía. Aunque no se amedrentó porque sabía que aquella carecía de atribuciones para proceder en esos casos, sucedió algo inaudito, los dueños de los prostíbulos acompañados por la policía consiguieron expulsar a la rebelde de la casa a las 4.30 horas del  día 10  de enero de 1930.



http://www.abarcusrosario.com.ar/hist_ros.htm

jueves, 25 de octubre de 2012

“ A TRABAJAR SE HA DICHO” ( Anecdotario)


En 1917, el propietario de una franja de terreno que ocupaba el ferrocarril reclamaron la misma de inmediato. Era, justamente, parte también de la cancha que usaban Central para sus partidos oficiales “La Liga Rosarina”, ante esta situación, intimo a Central para poner en condiciones su campo de luego – que había quedado  “mutilado” al entregarse el sector de terreno reclamado a sus propietarios ( hoy Gimnasia), y si no arreglaran su campo debían jugar el bravo encuentro en el parque.
Cuando todos estaban desconsolados, pensando qué hacer, alguien resuelto exclamó ¡ Vamos a trabajar se ha dicho, que sólo faltan 48 horas para el partido!. Allí comenzó una febril tarea. Jugadores, dirigentes y simpatizantes se unieron. Unos tral momento de comenzar el partido con Gimnasia- que terminó uno a uno – la nueva cancha estaba en condiciones y sus “hacedores” satisfechos…


Fuente: Bibliografía de Historia de Rosario Central de autor Andrés Bossio

miércoles, 24 de octubre de 2012

LOS "FALSOS TURCOS"


La colectividad de origen árabe, por su parte, comenzaría a arri­bar al país y luego consecuentemente a Rosario, sobre los finales del siglo XIX y los años iniciales del XX, cuando se produce la llegada a Buenos Aires de pequeños contingentes de inmigrantes oriundos del Magreb. Pero serían los provenientes de los países que conformaban el Imperio Otomano (por ello llamados genéricamente "turcos"), quienes integrarían la corriente más numerosa.
 
Expulsados por el hambre, las persecuciones étnicas y religiosas de las tierras bajo el dominio del otrora poderoso Imperio Turco, que por exten­der el pasaporte dio forma a la cariñosa denominación con que todavía se llama a los descendientes de árabes entre nosotros, fue que recibimos a una numerosa colectividad árabe, fundamentalmente de sirio-libaneses. De una increíble adaptación por lo rápida, dada las diferencias culturales origina­les, se los vio deambular por las calles, los caminos y las chacras, con su valija al hombro o una canasta en el brazo, vendiendo de todo, facilitando las formas de intercambio, otorgando crédito hasta la fecha de pago del sueldo en los barrios, o hasta la próxima cosecha en los campos...
 
(Rubén Manuel Moran: "La inmigración II", en Historias de nuestra región, 1999)
Una publicación de la Dirección Nacional de Migraciones señala: Inicialmente catalogados por las autoridades como griegos y turcos, los incluidos bajo esta nómina se correspondían en su mayoría con quienes hoy serían ingresados como armenios, egipcios, iraquíes, libaneses, palestinos, sirios, turcos y otros. Sea que fuese de fe cristiana, musulmana o judía, gran parte de los antes mencionados, excepción hecha de los procedentes de Turquía, hablaban una lengua común, que sumada a otras características culturales los unificaba como árabes. Impulsados a abandonar el Medio Oriente, en particular Siria y el Líbano, por una multiplicidad de factores, los otomanos ya constituían una comunidad en formación cuando el censo de 1895 revela que sumaban 876 en el país y 64.714para el relevamiento de 1914.
 
Alberto Tasso, por su parte, consigna que la mayoría de los llamados otomanos o turcos que ingresaron al país desde 1887 hasta el Centenario eran sirios y libaneses, y aunque sus países natales forma­ban parte de la rica y milenaria civilización árabe, durante muchos siglos estuvieron bajo el dominio de la bandera turca: Entre 1887 y 1907 ingresan al país 41.650 otomanos. Al año siguiente llega a su fin la hegemonía del severo jeque turco Abd-al-Hamid, durante la cual un virtual estado de sitio impidió la vigencia constitucional y consecuentemente la posibi­lidad de una inmigración legal. Buena parte de la corriente anterior a 1907 fue, por lo tanto, clandestina, sostiene.
 
Al acto crucial de abandonar la propia tierra deben agregarse las cir­cunstancias políticas que convertían la partida en un acto ilegal. Y aun­que la Sublime Puerta del Imperio Otomano había sido cerrada, el afán de libertad e igualdad empujaba vigorosamente a labrar una nueva vida en otra tierra. "América" era entonces la palabra que simbolizaba la posi­bilidad de esa vida soñada, y así como su mágico acento se escuchaba en Europa, también llegaba su eco hasta el Oriente, conducido por los bar­cos de las empresas marítimas que hacían su negocio en el Mediterráneo. Muchos relatos hablan de partidas sigilosas en la oscuridad de la noche, de promesas de reunirse con una novia o una madre y que el tiempo se encargaba de confirmar o refutar, de una escala en Marsella, y de casi veinte días de viaje hasta el puerto de Buenos Aires...
 
(Alberto Tasso: "La inmigración árabe en la Argentina", en revista Todo es Historia, N° 282).

En coincidencia con la colectividad judía, parte importante de esta inmigración se dedicaría en forma principal al comercio, sobre todo el vinculado con la industria textil, desde el afincamiento en pequeñas tiendas diseminadas en los barrios a la venta ambulante de cortes de género, prendas de vestir, puntillas, elásticos, etc., realizada tanto en la ciudad como en la zona rural, para cuyos habitantes la lle­gada de los "turcos" procedentes de Rosario con sus valijas, era una novedad recurrente y esperada.
 
Había merceros. Eran todos turcos, árabes, sirios, pero nosotros les decíamos turcos. Y había muchas comunidades de turcos. Cuando yo tra­bajaba, que iba a pie desde Suipacha a Corrientes, en la calle 9 de Julio casi esquina Pueyrredón había una casa donde vivían varios turcos y tenían una cosa para fumar con una manguera, que después supe que es el narguile. Además de los merceros que generalmente eran turcos, había otros vendedores, la mayoría judíos, que vendían otras cosas como colchas, frazadas, manteles, a pagar un peso por semana. Los que yo llamo merceros vendían también peines, jabones, espejitos. Iban gritando su mercadería por la calle...
 
(Smaldone: Testimonio citado)
No debe dejar de consignarse que muchos de estos esforzados comerciantes andariegos fueron víctimas reiteradas veces de asaltos y de crímenes en esos periplos que los llevaban a recorrer a pie rancho por rancho, durante meses y más meses, sufriendo lluvias y hambres, acomodándose donde le caía la noche y donde le daban un techo y una comida, como narrara Mateo Booz.
 
Los turcos, como le decíamos nosotros, no estaban únicamente en la calle San Luis, donde había muchos negocios que sus dueños eran sirios, libaneses y judíos. En mi barrio, en la esquina de Rioja y Cajferata, estaba la tienda de Abdala, que era de esa colectividad, y me acuerdo también que todos los meses pasaban uno o dos "turcos" que andaban con los cortes de género doblados sobre el hombro y una valija llena de cosas para las mujeres de la casa:peinetas, peines, hilos para coser y bordar, agujas, elásticos, algunos llevaban camisetas y calzoncillos abrigados, como se usaba en esa época. En casi todos los barrios había una tiendita de un turco, que eran tipos buenos con los vecinos, que te vendían a crédito, lo mismo que los que venían con el bagayo al hombro cada mes, que algunas veces tam­bién te anotaban a cuenta. Había también algunos moishes que pasaban todos los meses vendiendo telas y dándote plazo para ir pagando.También esos eran gente macanuda. "
(Julián Chandro: Testimonio personal recogido en septiembre de 1986)
Roberto Arlt iba a dejar asimismo grabada, en una de sus Aguafuertes porteñas, no sin un dejo admirativo pese al adjetivo "espantosos" que les aplica, la imagen de aquellos árabes ambulantes: El sol raja la tierra, los caballos se adormecen a la sombra de los árboles, y estos hombres espantosos, cargados con un cajón, una cesta y un bulto de mantas y cortes sobre las espaldas, avanzan gritando: "¿Quiere mercería barata, señora!" ¡Cuántas veces durante el verano! Y yo me quedo pensando de dónde sacarán la voluntad de vivir estos hombres, de vivir así tan terriblemente, y de dónde extraen el coraje y la resistencia para pasar la mañana y la tarde caminando, caminando siem­pre, bajo el sol, gritando dulcemente entre las polvaredas del arrabal: ¿Quiere mercería, señora?
Tasso menciona dos desventajas enfrentadas por los árabes en el país para una inserción ocupacional, que confluyeron en la inclinación de buena parte de la colectividad por el comercio y, en especial por el de tipo itinerante: la primera es la escasez de medios económicos, que aparece reflejada en el reducido acceso a la propiedad de la tierra. Otra, el bajo nivel de instrucción. Todo ello permite comprender que la iniciación comercial de muchos árabes se haya efectuado en el más bajo escalón, el de la venta ambulante.
 
Ayudados por algunos connacionales ya instalados, que les facilitaban mercadería, recorrían caminando o a caballo o a lomo de muía, extensos circuitos de la ciudad o el campo. Un turco con el kasche al hombro fue una típica imagen de este período en todos los rincones del país. Si bien la venta ambulante incluyó rubros diversos desde ganado hasta tela, este último constituyó el más difundido. Desde luego que no eran comer­ciantes de telas ni vendedores ambulantes en su tierra. La lista de oficios declarados al llegar al país incluía también en 1910 a agricultores, aunque predominaban comerciantes, jornaleros y personas sin oficio. Pero la escasez de otras alternativas ocupacionales y la solidaridad típica de los inmigrantes radicados y los recién venidos, los condujo hacia una activi­dad típicamente informal, que no exigía capital, y que se abrió paso rápidamente entre los intersticios de una red comercial todavía incipiente entre las vastas regiones del país. La venta ambulante contribuyó a difundir pautas de consumo de telas y algunos artículos suntuarios que hasta entonces estaban restringidos a los sectores medios y urbanos.
 
(Tasso: Op. cit.)

Tampoco los turcos escaparían a la andanada discriminatoria que recibiría buena parte de la inmigración que no provenía de Europa Central, como ocurriría con los gitanos. Dos comentarios contem­poráneos, uno de La Capital de julio de 1888 y otro de El Municipio, de septiembre del año siguiente, son ejemplares al respecto. El primero se pregunta: ¿A qué vienen aquí esos turcos, gitanos o lo que sean? ¿ Vienen acaso a trabajar honorablemente? No. Son plantas exóticas y al mismo tiempo corruptoras. El país necesita de obreros y no de vagos y degradados. Fuera, pues, con los gitanos, turcos, montenegrinos, cosacos o como se llamen. El diario de Muñoz, pese a su progresismo, no queda atrás al referirse a los turcos: Esa clase de huéspedes, especie de parásitos, son en todo sentido perjudiciales a la sociedad, porque no producen nada. Son antihigiénicos y de malas costumbres...
A ese rechazo inicial se contraponían actitudes mucho más solidarias hacia esa heterogénea comunidad arribada desde Oriente, como las del Patronato Sirio Libanes y la propia Dirección de Inmigración que, entre 1905 y 1912, propició la implementación de campañas de difusión destinadas a informar a los inmigrantes árabes sobre las posibilidades de trabajo en el interior del país, a la vez que lograba que los mismos fueran admitidos en el Hotel de Inmigrantes, cosa que les había sido negada inicialmente.

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo I  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones  
 


 

martes, 23 de octubre de 2012

LA INMIGRACIÓN JUDÍA


Un lugar sin duda destacado tendría asimismo una inmigración peculiar en la ciudad: la de la colectividad de origen judío, arribada en forma especial desde la enorme extensión geográfica de la Rusia zarista. La misma, como la italiana y la española, contaría con el apoyo e incluso el interés de las autoridades nacionales por su radicación definitiva en el país, como lo demuestra la designación, en 1881, de José María Bustos, como agente honorario en Europa con la específica misión de dirigir hacia la República Argentina la inmigración israelita iniciada actual­mente en el Imperio Ruso.
Debe consignarse que ese mismo año, el asesinato del zar Alejandro II había desatado una ola de atentados violentos, con las consiguientes e injustificables matanzas, contra las comunidades judías radicadas en Rusia, la mayor parte de ellas ya discriminadas a través de la falta de trabajo o del ejercicio de tareas de escasa remuneración y del pequeño comercio de subsistencia. Los "pogroms" salvajes ordenados por el gobierno zarista tendrían como consecuencia éxodos masivos y en muchos casos desesperados de judíos hacia países europeos y hacia América, en procura (como la mayor parte de la inmigración proveniente de otros países) de nuevos horizontes, de ofertas de trabajo y de mejores posibilidades para el desarrollo social y económico.
 
El grupo judío más numeroso fue el ashkenazí, llegado desde la Rusia zarista luego de la convocatoria del presidente Julio A. Roca en 1881, que apuntaba a encauzar hacia la Argentina a víctimas de la judeofobia en ese país. A pesar de la iniciativa oficial, el primer gran desembarco de judíos rusos aconteció ocho años después, durante los últimos meses del bienio de pasajes subsidiados por el Estado, cuando se suponía que la población hebrea del país, esencialmente europeo occidental, no excedía los 1500 integrantes."
(Ignacio Klich y Gladys Jozami: "La tierra prometida", en Argentina, paísde inmigrantes: Op. cit.)
Klich y Jozami indican que a la luz de factores expulsivos como el crecimiento demográfico, la intolerancia religiosa, las convulsiones desatadas por la caída de la Rusia zarista y las grandes guerras, los 800 judíos arribados en el "Wesser" en 1889fueron seguidos más tarde por otros ashkenazíes de diversas partes de Europa oriental, integrantes de los proyectos de colonización de la “Jewish Colonization Association"', e inmigrantes espontáneos. Tal afluencia contribuyó a provocar una decuplicación aproximada del número de judíos, de 10 mil en 1895 a casi 100 mil en 1914. Hacia fines de los años 20 se consideraba que la poblado] ludía del país excedía los 200 mil individuos.
Sería en efecto hacia comienzos de la década del 90, en el siglo XIX, cuando los primeros contingentes organizados de inmigrantes de aquel origen comienzan a llegar a la Argentina, en especial a través de la acción generosa del multimillonario y filántropo barón Mauricio Hirsch (constructor del ferrocarril que unía Viena con Constantinopla) quien luego de la fundación de una empresa colonizadora, la mencionada Jewish Colonization Association, se encargaría de la organización de colonias agrícolas judías en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y en menor medida en las de La Pampa, Río Negro y Santiago del Estero.
Si bien sería en Entre Ríos donde se asentarían las principales colonias promovidas por Hirsch, quien compraría allí unas 110.000 hectáreas que corresponden a las actuales poblaciones de Basavilbaso, Villa Clara, Villaguay, Ingeniero Zajarof y Villa Domínguez, donde subsiste aún el edificio del Hotel de Inmigrantes, primera residencia. de los colonos judíos en esa zona, casi coincidentemente se instalarían en Rosario personas del mismo origen, representando, consigna Luis Gerovitch, a empresas europeas que organizaron el sistema de comercialización y exportación de la producción agrícola del país Algunos de ellos, como Jacobo Saslasvky o Samuel Levin, se contarían entre los miembros de la Bolsa de Comercio de Rosario y de las instituciones vinculadas al comercio cerealista, en los primeros años del siglo XX, alrededor del Centenario de Mayo.
En los mismos años, hacia 1909 era comprobada la radicación en Rosario de unos 3000 ciudadanos de origen judío. Haim Avni, en Argentina y la historia de la inmigración judía, menciona el informe que realizó ese año el rabino Samuel Halfon, quien viajó por el país para constatar la presencia y condiciones de vida y de trabajo de la colectividad, casi al modo del realizado por Bialet Massé respecto a la situación de los obreros a principios del siglo XX.
Halfon consignaría, con respecto a Rosario, su visita a una fábrica de muebles que pertenece a un israelita ruso ex colono de Entre Ríos. De más de cien obreros que trabajan en ella, dos tercios son judíos que ganan de tres a siete pesos por día. Al principio, señala, los obreros israelitas tuvieron dificultades para encontrar empleo en lugares pertenecientes a no judíos debido a su ignorancia del idioma del país. El rabino consigna sin embargo que al momento de su visita a la ciudad, aquella situación inicial había sido superada: Hoy todos saben apreciar al obrero judío por su diligencia y efectividad y lo emplean pese a que generalmente llega sin saber aún expresarse en español...
En realidad fueron tres las corrientes inmigratorias judías que se asentaron en la ciudad desde 1900 en adelante, aun cuando es posible determinar la presencia de inmigrantes de dicho origen arribados a Rosario incluso antes de 1880: la ya mencionada de los ashke-nazim,que era numéricamente la más importante; la de los mizrahim, judíos orientales provenientes sobre todo de Siria y en especial de ciudades como Alepo, Homs y Damasco, y la de sefaradim, arribados de la región del Magreb, de países como Turquía, Marruecos y tam­bién de Grecia.
Originarios inicialmente de España, iniciarían una de las tan­tas diásporas protagonizadas por el pueblo judío al ser expulsados de la península ibérica en el siglo XV, para instalarse en la zona del Mediterráneo; sefaradíes o sefardíes serían llamados asimismo los judíos afincados en distintos países árabes, que constituirían parte de la inmigración mayoritaria arribada a Rosario en los años iniciales del siglo XX.Tenían al ladino como su lengua cotidiana y su emigración hacia América, como en el caso de los mizrahim, no estuvo vinculada a la empresa colonizadora de Hirsch sino a una elección espontánea (y sacrificada) de trasladarse a estas tierras.
Ya en 1916 esta colectividad había concretado en la ciudad una institución solidaria, la "S ociedad Etz Ajaim", a la que se sumaria ocho años más tarde la "Sociedad Schebet Ahim", que tendría a su cargo la erección del templo emplazado en calle Dorrego; en la década del 20, los sefaradíes habían levantado ya en calle Catamarca 2032 el tempo Etz Ajaim.
La primera corriente inmigratoria judía a la Argentina la constituyó la del período 1865-1895, integrada sobre todo por judíos alsacianos y franceses, cuyos miembros trabajarían en Rosario en actividades vinculadas al comercio y los bancos; a la misma siguieron las de 1889-1895, de judíos provenientes del Este europeo; la de 1905-1921 y la de 1921-1930, que traerían a la ciudad a miles de hombres y mujeres, que se integrarían —los primeros— a trabajos relacionados con establecimientos fabriles, comerciales o a la tarea artesanal.
La adaptación de los judíos a la ciudad y a la heterogénea comunidad rosarina de inicios del siglo XX (como ocurriría asimismo con la inmigración árabe) se realizaría en forma natural, más allá de las notorias diferencias culturales y religiosas que los distinguían de otras colectividades y del mantenimiento rígido de muchas de las pautas vinculadas a ambos aspectos.
 
Mis padres llegaron de Alepo (Halab se dice en árabe) en los años 20. Primero llegó mi padre y luego mi madre que se atrevió a cruzar el mar una vez que ya había un lugar seguro para vivir. A mí me pusieron por nombre Victoria en homenaje al "Reina Victoria", que era el nombre del barco en el que mi madre arribó a América. Cuando le preguntaban a ella de dónde había venido, ella decía "De Uropa", porque no sabía, como muchos emigrantes, de geografía... Toda nuestra vida social y familiar se circunscribía al barrio donde en los primeras décadas del siglo XX se asentó la mayoría de los judíos halabíes, es decir, las calles San Juan, San Luis, Dorrego, Moreno y en sus alrededores. También los cristianos de origen árabe que habían llegado del Líbano o Siria, tenían sus viviendas allí. Compartíamos con ellos costumbres, comidas e idioma, la vida cotidiana. Si alguien tenía una parra compartía con sus vecinos las hojas para hacer el hiebra o cuando le faltaba algún condimento golpeaba la puerta del vecino y le pedía el mahlab o el zafahar...
(Victoria Abiad: Testimonio personal en el centenario de la Rehila en Rosario, 2003)
No obstante, no fueron pocos los prejuicios que obstaculizaron inicialmente esa posibilidad de integración. Piénsese por ejemplo en la calificación de sucios y harapientos, que el Comisario de Inmigración Juan Alsina, aplicara a los sirios y libaneses, en los primeros años del siglo XX, o la opinión que consta en un informe de la misma dependencia oficial, de la década del 20, donde se afirma que los inmigrantes que provienen del Asia Menor, sirios, palestinos, armenios, etc., son inasimilables...
Alsina había dejado planteadas asimismo sus dudas, que no eran las únicas, acerca de las posibilidades de integración de aquellos con­tingentes judíos que comenzaban a arribar con mayor regularidad a la condición de colonos, como pretendía el proyecto de Hirsch: La atención pública ha sido fuertemente atraída por la llegada de inmigrantes ruso-israelitas, desde mediados de 1891. La opinión se ha manifestado por la prensa diaria, en pro y en contra; de esta última manera más fuertemente. El interés por dilucidar la cuestión subsiste; pero un asunto semejante no se puede resolver con los datos conocidos de lo que es el israelita en el otro continente, cuyas poblaciones obedecen a instituciones distintas de las que rigen en América; que guardan antiguos principios políticos y observan tenazmente las tradiciones reli­giosas; que no dejan abiertos todos los caminos para elevarse en las distintas esferas sociales y órdenes de trabajo. Será menester la experiencia: ver si el israelita puede pasar entre nosotros de la vida de ciudadanos industriales, negociantes o traficantes a la de agricultores.
No era menor la desconfianza que en muchos sectores, algunos vinculados al poder, despertaba la actividad de aquellos recién llegados, judíos y árabes, dedicados en buena medida a la modificación del concepto tradicional del comercio minorista a través de mecanismos como el aumento del crédito al comprador hasta lograr la consolidación de una relación mutuamente provechosa.
 
Los vendedores ambulantes urbanos y rurales, así como los pequeños comerciantes, no fueron vistos como elementos beneficiosos. Por el contra­rio, privaban a la agricultura del aporte inmigratorio y, además, su enri­quecimiento rápido proponía mal ejemplo a otros recién llegados. Ruinoso para no pocos que terminaron en la indigencia, los inmigrantes judíos y árabes comenzaron casi masivamente como vendedores itinerantes, gene­ralizando la venta a plazos y admitiendo el trueque de mercaderías; los más exitosos llegarían a transitar la vereda de la buhonería en el comer­cio minorista, y desde éste prosiguieron hasta la intermediación al por mayor, la industria, la banca y la actividad agropecuaria.
(Klich-Jozami: Op. cit.)

En noviembre de 1890, La Capital incluye en sus páginas una carta de lectores anónima que refleja mucho del pensamiento decididamente anti-judío que anidara en no pocos rosarinos respecto a la inmigración de personas de dicho origen, en este caso específico referido a los con­tingentes apoyados por el Barón Hirsch: Sin detenerse a apreciar a fondo los desastrosos resultados que produciría al país tal empresa y sobre todo esa masa de población, cuya influencia, dada su raza, sus tendencias y hasta cierto punto los fines políticos que el judío se propone, sería funesta. El judío no es agricul­tor ni industrial, viéndosele siempre establecerse en las campañas con el solo objeto de ejercer pequeñas industrias o la usura con gran perjuicio al campesino. No extraña esta opinión si se tiene en cuenta, por ejemplo, la de Julián Martel, el autor de La Bolsa, que señala a los judíos como los responsables de la decadencia moral de los argentinos...
Muchos de los judíos arribados a Rosario hacia 1900 se inserta­ron sin embargo en una serie de oficios y actividades comerciales en los que descollarían especialmente, como la carpintería y la fabricación de muebles o la artesanal perfección que demandan la sastrería y la confección de indumentaria, aunque la mayor parte de ellos se dedicaría al comercio en otras modalidades, que iban desde el negocio establecido al ambulante.
En este último caso, constituyendo una peculiar cofradía, la de los llamados "cuentenikes", reconocibles por su habilidad para la venta callejera, para el convencimiento del cliente y para la oferta de su mercadería, en muchos casos vinculadas al uso doméstico y cotidiano, como telas, prendas, peines, peinetas, ligas, medias, hojas de afeitar, cinturones, etc.
Gerovitch rememora la característica ambulatoria de aquellos judíos: Los vendedores domiciliarios, los "cuentenikes", como se llamaban en un lunfardo idish, recorrieron todos los barrios y todos los rincones de la ciudad, vendiendo a los sectores más humildes artículos para la familia y el hogar, a los que de otro modo no hubieran podido acceder. Con el sistema de venta a plazos, popularizaron la venta a crédito y la necesidad del ahorro. Los cuentenikes realizaban compras comunes a través de una organización que fundaron en el año 1924, la Cooperativa Mutual Fraternal. Otra actividad realizada por el gremio textil, fue la fabricación de gorras: desde los niños pequeños hasta los ancianos, en invierno y en verano, los rosarinos tenían la costumbre de ir con la cabeza cubierta.
Fueron comerciantes vinculados especialmente a dicha activi­dad y a otras (Isaac Belfer, Jaime Bergo, Juan Guisen, Moisés Farbman, Arón Fridman, Isaac Kuguel, Natalio Pujovich, Manuel Schuster, Bernardo Sitomirsky y Pinjos Srulijes) los que en abril de 1921 se reunieron en la ciudad con la idea de fundar un banco fraternal, para no pudientes, concretado poco después en el Banco Comercial Israelita, que funcionaría durante casi ocho décadas hasta ser absorbido en 1999 por la banca francesa.
Los primeros grupos de judíos que se formaron en Rosario se reunían para decir las oraciones religiosas diarias. Según la tradición, este grupo debe estar constituido por diez personas mayores, como mínimo. De la fusión de dos de esos grupos surgió la primera organización comunitaria en Rosario, fundada el 6 de septiembre de 1903 bajo el nom­bre de Congregación Israelita, que es la actual Asociación Israelita de Beneficencia. Su primera comisión directiva estuvo integrada por Enrique Segrete Siegel, WolfFBannet, Salomón Klein, Abraham AbramofF y Rubén Akerman. Una de sus primeras concreciones fue conseguir un terreno para el Cementerio Israelita. Sus actividades abarcaban desde la ayuda a los necesitados hasta la fundación de escuelas judías, siguiendo la milenaria tradición judaica de solidaridad y educación como base y guía de la vida del pueblo. En humildes habi­taciones se abrieron escuelas en los barrios habitados por judíos: en Echesortu, Saladillo, Refinería, las escuelas populares judías conformaron una red escolar.
(Luis Gerovitch: "La comunidad judía", en Historias de aquí a la vuelta N° 24,1993)
 
De aquellos sitios de reunión, los minianim, diseminados en distintos puntos de la ciudad, nacería como se ha consignado la Asociación Israelita, del mismo modo que, de la mano de judíos progresistas, lo haría la Biblioteca Obrera Social, con sede inicial en Corrientes 1315. Al casi atávico criterio de construir en el lugar donde se asentara una comunidad judía escuelas, templos y el cementerio que albergara a los muertos de la colectividad, respondió el esfuerzo de obtener un predio para emplazamiento de este último. Lo obtuvieron casi con el inicio del siglo XX, en la zona oeste de Rosario, en un predio en Provincias Unidas y Bvard. 27 de Febrero, y con el mismo empeño levantaron sus escuelas y los diferentes templos correspondientes a cada grupo, mientras se iban integrando, al idioma incluso, a través  de la convivencia con los habitantes de esa ciudad que en 1910 albergaba a 3050 judíos.
 
Tenían diferentes religiones pero nos entendíamos como si fuéramos hermanos porque veníamos de experiencias culturales casi idénticas. Por calle San Juan había un templo y por calle Mendoza otro; luego, con el paso del tiempo, se unificaron en el de calle Dorrego, llamado Shebef Ahim, donde se creó una escuela, un Talmud Tora donde asistían los hijos de los inmigrantes. La vida del templo estaba unida a nuestra vida de todos los días; el templo era el lugar de encuentro y celebraciones. Estaba ubicado (lo sigue estando hoy) a la vuelta de la Iglesia Ortodoxa San Jorge y al lado de la panadería árabe, a la que llamábamos el furum, donde sus dueños cocinaban el pan como a nosotros nos gustaba. De a poco comenza­mos a aprender el castellano. En la escuela (muchos íbamos a la Alem, que estaba en el barrio) nos daba vergüenza que se dieran cuenta de que hablábamos árabe y entonces sólo lo hablábamos en casa o en los negocios del barrio cuyos propietarios eran de origen árabe como nosotros...
(Victoria Abiad: Testimonio citado

Como ocurriera en el caso de buena parte de los inmigrantes arribados al país, la dura travesía, las condiciones en que se realizaba el viaje oceánico y la incertidumbre acerca de las posibilidades de trabajo y progreso en la Argentina, fueron sufridas también por los judíos y los árabes. Recuérdese, por ejemplo, el periplo que realizaban los grupos mizrahim provenientes de Siria, trasladándose en un largo viaje en tren desde Alepo a Beirut, para iniciar desde allí el recorrido hacia Marsella en barcos de carga durante cerca de dos semanas, para embarcar recién en el puerto francés hacia América, hacinados en los vapores de ultramar.
 
El flujo inmigratorio desde esas orillas lejanas a las nuestras y lo que ese éxodo humano significó merece ocupar un lugar destacado en la infinita historia de errancias que caracterizan al pueblo judío. Viniendo de Ucrania o Lituania, de Tánger o Aleppo, cruzando las orillas del Volga o del Ródano, recorriendo grandes distancias para llegar hasta los puertos donde los esperaban los barcos que habrían de cruzarlos de un lado al otro del mundo, ashkenazim, mizrahim y sefaradim, cada uno a su modo y respondiendo a motivos diversos encontraron en la Argentina un territorio de posibilidad. Al igual que casi todos los argentinos, los judíos cargan en su memoria familiar el increíble relato de aquello que significó llegar a América. Relatos o crónicas transmitidos de una a otra generación, preservados en cartas, en fotografías, en documentos ajados y ya amarillentos por el paso del tiempo y también en la vacilante y lábil memoria de los más ancianos que bajo la forma de destellos narrativos —alrededor de la mesa de la cocina, en los almuerzos, en las tertulias de los sábados, alrededor del hogar en los inviernos—fueron transmitiendo a los más jóvenes, la épica de su arribo al país.
(Rubén Chababo: 100 años de inmigración judía en Argentina, inédito)

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo I  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones