Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

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jueves, 22 de noviembre de 2012

OTRA VEZ UN CENTENARIO


El segundo Centenario iba a culminar esa etapa inicial del siglo XX con otra ola de festejos en todo el país, iniciados en San Miguel de Tucumán, pero que alcanzarían mayor relieve en Buenos Aires y en Rosario. Ninguno de ellos tendría, sin embargo, los fulgores patrioteros del de 1910, cuando el gobierno conservador de Figueroa Alcorta intentara darle al acontecimiento una dimensión interna­cional que, si bien merecida, no alcanzaría a disimular ante cualquier visitante avisado el abismo que mediaba entre la clase gobernante y las grandes mayorías populares excluidas todavía entonces de la vida nacional.
La inminencia de la elección para presidente de la Nación había hecho de 1916 un año de especiales características, sobre todo atendiendo al crecimiento del radicalismo que, en definitiva, iba a acceder por primera vez al gobierno con Hipólito Yrigoyen y que, además, triunfaría en forma abrumadora en todo el país. A comienzos de abril, los demócrata-progresistas, empeñados en la ilusión del triunfo de la fórmula De laTorre-Carbó, se animan a través de su vocero periodístico que era La Capital, a pronosticar a ambos candidatos como futuros presidente y vice, a la vez que se denuncia la existencia de carteles agraviantes de muy mal gusto contra la fórmula del PDP. Seguramente generados por "la chusma radical", como les gustaba definir a los radicales a los hombres de la ex Liga del Sur.
Entretanto, ese mismo año, en una publicación oficial —La Provincia de Santa Fe en el primer centenario de la independencia argentina 1816-1916— se incluía una tajante opinión sobre la ciudad: Además de gringos enriquecidos en la venta de cereales y ganados, hay un buen número que justiprecian el valor de un soneto por su belleza y del maíz por su industrialización...
Ligado a esos sectores que originarían la Liga del Sur, la Bolsa de Comercio y otras instituciones nacidas por impulso de la poderosa burguesía rosarina, Gregorio J. Machain, que muere sobre fines de junio, fue de uno de los rosarinos poderosos que merecería encendidas necrológicas como la del diario de los Lagos: Es visible aún en nuestros círculos más distinguidos el pesar de su fallecimiento. Hombre progresista, había dedicado sus mejores energías al progreso de la ciudad, trabajando con eficaz empeño en la instalación de la empresa de cloacas y aguas corrientes, por la construcción del puerto, etc. Con él desaparecía, en rigor de verdad, un arquetipo del sector socioeconómico que, entre 1860 y 1920, iba a dar fisonomía peculiar a la ciudad tendida a orillas del Paraná.
Casi un mes después, la muerte inesperada de Ovidio A. Lagos, hijo del fundador del diario y diputado nacional en funciones, vuelve a impactar al mismo sector, en momentos en que La Capital, de la que había sido director, se aprestaba a celebrar sus bodas de oro. Su entie­rro, con los honores dispuestos por las autoridades nacionales y provinciales y los homenajes del PDP, al que pertenecía el legislador, fue también una ceremonia de nutrida concurrencia.
Pero la llegada de la semana del 9 de Julio iba a movilizar a la ciudad en espera de los actos principales, a cien años del Congreso de Tucumán. La Municipalidad dispuso, a partir del 5 y hasta el 10 de ese mes, la prohibición del tránsito vehicular por la calle Córdoba, la más tradicional de la ciudad, desde el Bvard. Oroño a Laprida, en el comienzo de la Plaza 25 de Mayo, entre las 4 de la tarde y las 10 de la noche, para no entorpecer los festejos.
El día 9, la celebración no tuvo demasiadas novedades respecto de los fastos usuales en la época: espectacular desfile militar y fiesta popular en la Exposición Rural, como comenta La Capital, que vaticina: Todo parece anunciar que estos festejos serán esplendorosos. En realidad, la cosa se limitó, con entusiasmo pero sin demasiada originalidad, a ese tipo de actividades entre deportivas y de entretenimiento que era habitual en la época: un concurso nacional de tiro, un certamen de sociedades recreativas, bailes populares, función de gala en los teatros, etc. Mucho más revuelo alcanzarían los fastos porteños, sobre todo por un hecho que no figuraba en el protocolo oficial: el atentado contra el presidente Victorino de la Plaza, que se sumaría a varios otros igualmente fallidos contra primeros magistrados argentinos.

El presidente se hallaba en un balcón de la Casa Rosada cuando un hombre estacionado en la vereda, levantó un revólver y al grito de ¡Autócrata!, al decir de algunos testigos, disparó sobre de la Plaza. Este, sin inmutarse, dijo: Ha tirado con pólvora sola... El secreta­rio de Guerra, general Rodríguez, se apresuró a detener al asesino, que intentaba nuevos disparos. Se produjo un forcejeo y el hombre se defen­dió tenazmente. Cuando el público se dio cuenta, quiso atacar al cri­minal mientras se proferían amenazas de muerte y le daban "bastona­zos y puñadas" que le produjeron dos heridas. Se llegó al colmo cuando —al decir del cronista— una dama se sacó el pincho de su sombrero y acometió al criminal pretendiendo herirlo.
(jimena sáenz: "el centenario de la independencia", en revista todo es historia, n° 27)


El autor del fallido magnicidio, un joven de 24 años llamado Juan Mandrini, que provenía de la ciudad bonaerense de Azul, era uno de los tantos hombres enrolados, aún inorgánicamente, en las huestes del anarquismo. En su caso, el atentado no tenía otras connotaciones que las de una decisión individual adoptada por quien había escrito (se hallaron en la casa de sus padres, modestos inmigrantes italianos, manuscritos de poemas y narraciones de decidido tinte libertario y tremen-dista) encendidos párrafos contra el orden capitalista.
Mientras tanto, la dolorosa impresión pública provocada cuatro meses antes por el naufragio en las costas brasileñas del "Príncipe de Asturias", en el que murieron muchos inmigrantes que viajaban en tercera clase rumbo a Argentina, había comenzado a diluirse con la fanfarria de las bandas militares, con el estruendo de las bombas y alguno que otro módico fuego de artificio, que formaban parte de los festejos del segundo centenario.
En 1916 había ocurrido otro hecho trascendente, vinculado con una necesidad ciudadana: se inicia la construcción del nuevo edificio de la Jefatura dé Policía, que se concluye ese mismo año. El imponente edificio se emplazó en la manzana comprendida entre las calles Santa Fe, San Lorenzo, Dorrego y Moreno, frente a la Plaza San Martín, sobre proyecto de los arquitectos Pero y Torres Armengol, y reemplazó a la vieja Jefatura Política que miraba también hacia otra plaza, la 25 de Mayo.
La sólida construcción, coronada en su frente por una cuadriga monumental, sería, en épocas de la dictadura militar de 1976/83, esce­nario de aberrantes violaciones a los derechos humanos, mientras en los finales del 2002 (trasladadas ya las distintas dependencias de la Jefatura a su nuevo emplazamiento) el edificio mostraba los mismos signos de deterioro y desidia del vecino Palacio de Tribunales; hechos habituales en una provincia donde la preservación del patrimonio arquitectónico no contó casi nunca con apoyo y presupuesto. Dos años más tarde, sin embargo, el imponente edificio comenzó a ser restaurado para dar albergue al Museo de Ciencias Naturales "Ángel Gallardo" (víctima del incendio del viejo y aledaño Palacio de Justicia) y convertirse en un Centro Cívico.
La ciudad iba a tener un nuevo impacto en lo que quedaba de 1916: en los últimos días de noviembre, la visita de José Ortega y Gasset, aunque poco conocido entonces, vino a sacudir mentalidades provincianas. Con sus agudezas y su estudiada elegancia oratoria que no afectaba la brillantez de su pensamiento, el español —que sólo había publicado hasta aquella visita a la Argentina sus Meditaciones del Quijote— habló en el Colón ante una platea absorta, y el 22 fue agasajado con el ritual banquete de la colectividad, en la "Rotisserie Cifré", acto al que son numerosas las personas que han adherido, figu­rando entre éstas distinguidos miembros de nuestros círculos sociales.
EL entonces aún joven filósofo de 33 años había arribado al país en julio de ese año para ocupar una cátedra creada por la "Institución Cultural Española", en la Universidad de Buenos Aires: la de Cultura Hispánica, que había sido inaugurada poco antes por otro español ilus­tre, Ramón Menéndez Pidal.
Su conferencia rosarina (que en principio iba a dictarse en la Biblioteca Argentina, organizada por El Círculo de la misma, y fue suspendida por un malestar de Ortega en Buenos Aires, que había tenido un sofocón al desmayarse en el teatro Odeón, repleto por un auditorio que superó toda previsión) no sería otra cosa que un resumen del ciclo de diez clases que bajo el título de "Introducción a los problemas actuales de la filosofía" dictara en la Capital Federal y una ratificación de lo que el mismo Ortega confesara antes de emprender viaje a la Argentina: Quisiera presentar el panorama de las investigaciones filosóficas según éstas se hallaban en el momento en que la guerra vino a interrumpirlas. Intentaré transmitir una impresión de la fecunda renovación en que la filosofía ha entrado. Haré notar en este ciclo que para la filosofía, la fecha 1899 significa un pasado absoluto. Ortega volvería al país en 1929 y sus reflexiones de entonces sobre la Argentina y los argentinos siguen siendo dignas de ser, si no compartidas, por lo menos recordadas.
Años después, casi veinte, un notable español contribuiría a que los argentinos se conocieran mejor: los llamó hombres a la defensiva. Halló en el pueblo una suerte de vocación imperial, lo vinculó con su paisaje (la pampa) y se encontró con que acaso lo esencial de la vida argentina fuera ser... promesa, porque el argentino —escribía— tiende a resbalar sobre toda ocupación o destino concreto. Se le antojaba un frenético idealista, incluso un narcisista, un preocupado por su imagen ideal, por su role. Hasta en el guarango advirtió, junto a un enorme apetito de ser algo admirable, una agresividad que denunciaba inseguridad: El guarango iniciará la conversación con una impertinencia pera romper la brecha en el prójimo y sentirse seguro sobre sus ruinas. De alguna manera, el argentino corría siempre el peligro de la gua-ranguería, en cuanto forma desmesurada y gruesa de la propensión a vivir absorto en la idea de sí mismo. En una nota, el español que tan bien conoció y resumió tantos rasgos del argentino casi veinte años después del Centenario, formulaba esta definición concentrada:guarango es todo lo que anticipa su triunfo... La Argentina del Centenario era una mixtura extraña y singular de heroísmo cotidiano, vanidad, tensa belicosidad, inteligencia y guaranguería.
(Floria-García Belsunce: Op. cit.)

La facilidad de exposición del disertante, la resonancia que habían tenido en Rosario sus clases porteñas, la reciente aparición de su libro Meditaciones del Quijote, la repercusión que su venida produjo en la colectividad española, la expectativa con que se aguardaban sus reflexiones sobre la guerra, convirtieron la estadía del creador de la Revista de Occidente en un hecho cultural de relevancia, aun en una ciudad donde —como se quejaban los propios rosarinos vinculados a lo cultural— importaban al parecer más los bienes materiales que la filosofía...
A Ortega, a juzgar por la adustez de su rostro en todas las fotografías conservadas de su visita a la ciudad, no debe haberle causado mucha gracia la insistencia de los argentinos (y de los rosarinos) en los agasajos exagerados y en la manía de extraer de todo visitante ilustre o prestigioso sus impresiones sobre cada lugar que visitara y sus pro­nósticos sobre el futuro que esperaba a los habitantes de un país que creía estar avanzando hacia una eterna prosperidad.

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo II  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones  




miércoles, 21 de noviembre de 2012

LOS FASTOS ROSARINOS


Pero entre bromas y piedras fundamentales, la ciudad asistiría ese año a hechos distintos: huelgas, protestas políticas protagonizadas por la Liga del Sur, mitines obreros con el claro signo del anarquismo como emblema, aumento de los impuestos municipales, tragedias familiares tremendas, y audaces hombres con máquinas voladoras cruzando el cielo rosarino.
El aumento de las gabelas municipales provoca, a mediados de año, una serie de improvisadas "puebladas", que culminan por lo general en la Plaza 25 de Mayo, y en forma bastante pacífica, con portación de pancartas que apuntan, todas ellas, a los concejales de la ciudad, autores de la impopular medida. Una de ellas se pregunta y responde en el mismo cartel: ¿Qué ha hecho el Concejo Deliberante durante el año? ¡Aumentar los impuestos de manera escandalosa!; otra, no menos indignada, contiene la siguiente admonición: No queremos concejales políticos sino hombres de orden y defensores honrados de los intereses del pueblo. Frase que, para algunos rosarinos, parece seguir teniendo la misma vigencia casi un siglo después...
También el 12 de abril de ese año el festejo del cincuentenario de la Municipalidad de Rosario permitió algún jolgorio oficial acompañado de una dosis de beneficencia y asistencialismo que Caras y Caretas se encargaría de comentar, en una de sus tantas notas sobre Rosario: El pueblo fue invitado a concurrir a las 6 de la mañana a la Plaza de Mayo, donde las bandas de música de la policía y del cuerpo de bomberos tocaron diana y varios empleados distribuyeron medallas y ejemplares de un folleto que contenía una reseña histórica de la ciudad. A las 8, en los mercados municipales y en el Mercado Modelo se efectuaron distribuciones de víveres a los pobres y por la noche hubo una procesión de antorchas que, partiendo de la Plaza de Mayo, se dirigió al Parque Independencia. Es decir, reiterando el paseo "de moda" de los rosarinos de las primeras dos décadas del siglo.
Algunos hechos tenían la decidida impronta del progreso, como la inauguración de un servicio de trenes rápidos a Buenos Aires, que el Ferrocarril Central Argentino inauguró el 1o de septiembre. Aquel viaje inicial demandó 4 horas y 45 minutos y el convoy estuvo constituido por una locomotora que llevaba el N° 154, un furgón, un salón pullman para pasajeros de primera clase y dos coches comedores. La partida desde Rosario no fue la ideal, coincidiendo con una violenta tormenta acompañada de granizo, lo que sin embargo no retrasaría el arribo a Retiro; por el contrario, el tren llegó diez minutos antes de la hora prevista, a pesar de una parada en Baradero para el cambio de máquina.
El Central Argentino era, por entonces, el encargado de conec­tar en forma rápida a la ciudad con sus alejados barrios, con algunos de los pueblos que luego se incorporarían a Rosario y con localidades cercanas, aunque el costo de los pasajes no estuviera al alcance de todos. Los servicios incluían viajes a Fisherton en 15 minutos, con pasajes de $12.80 y $8 en 1a. y 2a. clase respectivamente; a Funes, en 18 minutos, a $17.60 y $11.20; a Roldan, en 40 minutos, a $22.40 y $12.80. El traslado a los barrios se reducía a Barrio Arroyito, en 15 minutos, a $6.40 y $ 4 y Sarratea, que érala estación correspondiente a Alberdi, en 23 minutos a $9.60 y $6.40, pudiéndose viajar, en la ruta hacia el sur, a Paganini, en 30 minutos, a $12.60 y $8 y a San Lorenzo, en 50 minutos a $24.40 y $12.80.
Unos meses antes, La Capital anunciaba otra habilitación que perduraría más en el tiempo que los trenes rápidos y los trenes a secas: La del nuevo "field" del Club Atlético Newell's Old Boys, que se inauguraría en abril en los terrenos que la Municipalidad rosarina le cediera a instancias de Humberto Semino, presidente de la entidad. El estadio iba contar con tribunas de 40 metros de largo por 8 de ancho, con capacidad para 1000 espectadores.
Las emocionantes tentativas de los primeros aviadores por domesticar esas indóciles máquinas voladoras tendrían en vilo a los rosarinos en los años del Centenario, cuando aquellos intrépidos llegaban a la ciudad para iniciar vuelos que, la mayoría de las veces, termina-han en fracasos. No sería el caso de Bartolomé Cattáneo, a mediados de 1911, al convertirse en el ganador del raid aéreo Rosario-Buenos Aires, organizado por el Aero Club Argentino, que tenía la tentadora recompensa de 15 mil francos, donados por el diario La Nación.
Cattáneo, uno de los pioneros de la aviación, levantó vuelo en Rosario, tripulante de su frágil Blériot XI y pudo sostenerse en el espacio hasta Baradero, donde aterrizó muerto de frío y de cansancio. Un descanso reparador le permitió reiniciar el raid rumbo a Zarate, pero perdió el rumbo y terminó descendiendo en la localidad de Zelaya, a unos 40 kms.de Buenos Aires. La posibilidad de seguir viaje y cumplir el recorrido era tentadora pero Cattáneo estaba hecho de la mulera de los héroes románticos: pensó que no había cumplido con las normas del raid, que no contemplaba tantos descensos, por lo que desarmó el aparato y regresó a Rosario para volver a intentar la hazaña. En medio del entusiasmo de la gente, el intrépido aviador volvió a elevarse el 25 de junio de 1911 y luego de un solo descenso, llegó a Hucnos Aires en 3 horas y 7 minutos. Su hazaña, porque lo era, lo con­virtió en un personaje popular.
El aviador, que había nacido en Grossotto (Milano), obtuvo su brevet de piloto en la Escuela de Aviación de Paul (Francia) y arribó a la Argentina en el Centenario, trayendo en el barco su avión Blériot Gnome de 50 HP con el que sería el primero en volar sobre la ciudad de Buenos Aires a unos 2000 metros de altura y en cruzar el Río de la Plata, en diciembre de 1910, levantando vuelo en Palermo y aterrizando en Uruguay.
Habían existido sin embargo antecesores inmediatos en eso de asumir la riesgosa aventura de volar. El 30 de abril de 1909, Jorge Newbery, que ya había ganado la condición de ídolo de los argentinos (o por lo menos de los porteños), vuela sobre Rosario en el globo "Huracán". Un año más tarde, el 12 de marzo de 1910, AlfredoValleton logra hacerlo durante un par de minutos en su endeble aparato H. Farman Gnome de 50 HP, como prolegómeno a las exhibiciones del día siguiente. El 13 congrega a una multitud de varios miles de rosarinos, pero la experiencia resulta fallida y lo mismo ocurre tres días más tarde, con una caída y algunas lesiones. El 24, finalmente, el intrépido aviador consigue elevarse a unos ciento cincuenta metros de altura y mantenerse en vuelo durante un cuarto de hora, despertando —ahora sí— los aplausos y la admiración general.
El 12 de abril de 1914 Cattáneo y el suizo John Domenjoz, un acróbata del aire, dejan poco menos que pasmada a una multitud que algunos calcularon en 80 mil personas, con las arriesgadas prue­bas que los dos realizaron a bordo de sus monoplanos Blériot. El espíritu sin duda aventurero del menudo italiano lo llevó a Brasil en 1932 para participar de la frustrada revolución del capitán Luis Carlos Prestes, una novelesca odisea que merece ser conocida y que su compatriota y camarada Jorge Amado incluiría en su biografía del legendario protagonista de aquella sacrificada marcha por la selva brasileña. Al intrépido Cattáneo, la muerte lo encontraría aún en ese país en 1949, en San Pablo.

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo II  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones  

viernes, 9 de noviembre de 2012

COLEGAS Y MAESTROS



Augusto Schiavoni fue, sin duda, el otro de los grandes pintores rosarinos de los primeros treinta años del siglo XX. Había nacido el 18 de julio de 1893, el mismo año que su entrañable amigo Musto, y tuvo una temprana vocación por el dibujo, que pudo encaminar al incorporarse como alumno al "Instituto de Bellas Artes Doménico Morelli", fundado por el italiano Mateo Casella en 1906, y al que concurrirían otros destacados artistas rosarinos; su aprendizaje, como el de Musto, proseguiría luego en la "Academia Fomento de las Bellas Artes", que tenía como maestro a Pagni.
Con poco más de veinte años, en 1914, año de la guerra, Schiavoni decide intentar la aventura europea para perfeccionarse. Es en el Viejo Mundo donde convive y comparte experiencias artísticas pero sobre todo humanas con otros dos rosarinos: Musto y Candía, entonces un muchacho menor que ellos, y el porteño Emilio Pettoruti, quien sería uno de los primeros y más firmes defensores de la obra incomprendida de Schiavoni, envuelta en la indiferencia y en la miopía de sus conciudadanos.
Vivió establecido en Florencia, entre 1914 y 1917, donde tuvo como maestro a Giovanni Costetti, sobre cuyas cualidades como pintor el ácido Pettoruti no tenía justamente un juicio de alabanza; no obstante contaría en su taller con otros alumnos de Rosario que también alcanzarían notorios valores plásticos: nuestro extraño y versátil César Caggiano y el austero y reconcentrado Domingo Candía, como los define Rubén Echagüe.
De regreso a la ciudad, después de muchas aventuras, algunas sen­timentales que forman parte de la cuasi leyenda que rodea la vida de Schiavoni, se recluye en el barrio de Saladillo, en una casona que lo tenía prácticamente como único morador y en la que va dando forma a una obra única en la pintura rosarina. Protagonizando, como escribiría su amigo Alfredo Guido, un viaje alrededor de las formas y del claroscuro, hasta llegar a situarse ante el objeto completamente iluminado de frente...
La incomprensión del medio hacia ese artista que despreciaba tanto los"ismos" en boga como las estricteces del academicismo, y su propia naturaleza, sensible y proclive a las depresiones y estallidos por igual, le ganaron el desfavor de muchos de los críticos que juzgaban las obras en los salones oficiales. Ello explica la marginación de Schiavoni de los premios y distinciones, obtenidos por la mayoría de sus colegas y amigos, algunos incluso muy inferiores a él.
La muerte de su madre, la lucha contra los prejuicios artísticos y algunos desórdenes de vida, fueron llevándolo en forma paulatina a la locura. En 1934 dejaría de pintar y sólo la muerte ocurrida el 22 de mayo de 1942 terminaría con sus desdichas, pero no con la incom­prensión y la injusticia, visibles en las escasas notas sobre su falleci­miento, carentes de toda profundidad e incluso (como señala Echagüe) de juicio crítico alguno. Gustavo Cochet sería una excepción a tanta miopía al escribir en 1932: Pintores como Schiavoni, que son tan profun­damente humanos, son cada vez más incomprendidos y lo serán cada vez más mientras la sociedad de las gentes no tome otro rumbo...
Era desde su casa en Saladillo donde los tres amigos (Musto, Schiavoni y Ouvrard), tranvía y traqueteo mediante, iniciaban el largo y movido itinerario hasta el centro; más precisamente hasta la esquina de Córdoba y Entre Ríos, donde el café "Social" los esperaba con su fauna que mezclaba a pintores, dramaturgos, poetas y escritores junto a los anarquistas y socialistas que enarbolaban vehemencias y consignas libertarias.
Ouvrard y Musto, y también Schiavoni, coincidieron en muchos de los hechos relevantes relacionados con las artes plásticas en esos años iniciales del siglo XX, además de los primeros salones, como la experiencia del Grupo Nexus, fundado en 1926, y cuya primera muestra se realizara en la SalaWitcomb de San Martín entre Cór­doba y Rioja, con la participación, además, de Julio Vanzo, los herma­nos Alfredo y Ángel Guido, Demetrio Antoniadis, Antonio Berni, Manuel Ferrer Dodero, Nicolás Melfi y varios más.
Tanto Berni como Vanzo, en realidad, consolidarían lo mayor de su obra plástica a partir de 1930 en adelante, en el caso del primero con la constitución de la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos (1932), luego de su viaje a Europa en 1918, becado por el Jockey Club y el desarrollo de su notable obra pictórica que atravesaría los "ismos" de moda; y en el segundo, nacido en Rosario en 1901, a través de su polifacética tarea como pintor, dibujante, grabador, seri-grafista, escenógrafo, muralista e ilustrador, iniciada con sus primeras exposiciones individuales en 1920.
El crítico Cayetano Córdoba Iturburu valoraría el aporte de Vanzo a partir de los años finales del período 1900-1930: Cuando en la década de los años 20 la joven generación congregada en tomo de la revista Martín Fierro desencadenó el avasallante movimiento innovador que actualizó nuestras letras y nuestras artes, por entonces en considerable atraso con respecto a cuanto se hacía en el resto del mundo, un artista rosarino, de lúcida inteligencia, de sensibilidad despierta, de ávida curiosidad intelectual, percibió esa inquie­tud que rodaba por el mundo, la incorporó a la médula de sus preocupaciones especulativas y creadoras y vitalizó su obra con la vibración de fascinantes experiencias inéditas. La historia de la pintura argentina moderna no ha podido dejar de registrar en sus páginas ese episodio y subrayar en la obra y la acción proselitista de Julio Vanzo, su significado precursor. Mientras Martín Fierro libraba en Buenos Aires, encabezada por la audacia y la sabiduría de Emilio Pettoruti, su batalla renovadora,Julio Vanzo, en el Litoral, precedía la actua­lización de las artes.
Todos o casi todo ellos habían estudiado con los primeros maes­tros, mayoritariamente italianos y españoles que se habían radicado en la ciudad, a la que arribaran como parte de las sucesivas oleadas inmi­gratorias. Es que los primeros artistas plásticos de la ciudad fueron en realidad, en su mayoría, decoradores que realizaron sus trabajos (en muchos casos una alianza de artesanía y arte) en ámbitos tan diversos como capillas e iglesias del Rosario finisecular, los teatros que desde fines del siglo XIX a comienzo del XX eran centro de la vida socio-cultural de la ciudad y algunas de las muchas mansiones de la burguesía adinerada.
Ese sector social, consigna Rafael Sendra, erige en jerarquizados sitios de la ciudad casas de familia (algunas con planta baja dedicada a negocios), hoteles, teatros, clubes, escuelas, edificios comerciales y de liga de comerciantes, sin olvidar sus contribuciones en las obras de la administración pública y la iglesia. También algunas de estas familias comienzan a atesorar obras de artistas plásticos, aunque preferentemente europeos, objetos suntuarios y ricos mobiliarios
Aquellos frescos, murales y pinturas decoraron, por ejemplo, la residencia de Entre Ríos 1100, donde se emplazara primero una clínica médica, la de los doctores Copello y Ferreyra, y luego el hotel "Internacional", en cuyas paredes y en algunos de cuyos techos se entrelazaban los proverbiales ángeles con figuras alegóricas, pintados por distintos artistas, alguno de los cuales entrarían en la cronología del arte de la ciudad, como Salvador Zaino, nacido en un pequeño pueblo de los Abruzzos en 1863.
Su arribo a Rosario se produciría en 1889, cuando ya aquilataba una sólida formación por la vinculación con artistas como Francesco Paolo Michetti y Antonio Mancini, quienes a su vez habían integrado el grupo de artistas italianos que, como señala agudamente Sendra, abandona, por lo menos en su convicción interior, los inciertos mitos por la palpitante realidad y entre cuyos exponentes más destacados deben ser incluidos Doménico Morelli y Filippo Palizzi. En su nueva ciudad, en la que su hermano Luis había consolidado una sastrería en cuya clientela se contaban muchos de los apellidos notorios de la burgue­sía comercial, Zaino iba a sumarse al grupo de artistas que, previo a la consolidación de una obra plástica individual, dedicarían parte de su talento y esfuerzos a la pintura decorativa.

Actualmente muchas de estas obras han desaparecido, aunque restan algunos notables exponentes. Un buen número de ellas fue pintado por Salvador Zaino. De éstas se han perdido las sedes de los clubes Fénix y Social, y está muy deteriorado el antiguo Círculo Italiano. La voraz piqueta se llevó, junto a las residencias demolidas, las pinturas que efec­tuó por encargo de Luis y Santiago Pinasco, en ¡as dos esquinas de bulevar Oroño y Córdoba, las cuales se mantuvieron hasta la década del 60. Fatalmente parecen seguir el mismo destino las de las familias Benvenuto y Astengo en calle Córdoba al 1300 y 1800 respectiva­mente. Por fortuna aún se mantienen las del foyer de "El Círculo" y la residencia que en Maipú y San Juan mandó erigir el fundador de la familia Castagnino.
(Rafael Sendra: Rosario: ciudad y artes plásticas, Dirección de Publicaciones de la U.N.R.,1990)

Mateo Casella, escenógrafo y pintor, se contaría asimismo entre los pioneros de la enseñanza de las bellas artes en Rosario, a la que había arribado con la experiencia italiana de la decoración del Teatro San Carlos de Ñapóles y, ya en el país, del Teatro Argentino porteño. En 1905 inaugura en la ciudad una filial de la "Academia Doménico Morelli", que funcionaba en Buenos Aires desde el inicio del siglo XX y el mismo año realiza la primera muestra de obras de sus alumnos. Algunos de éstos ingresarían legítimamente en la historia del arte rosarino, como Schiavoni y Tito Benvenuto, radicado en la ciudad desde 1900 y muerto en ella en diciembre de 1957. Nacido en Sori (Genova) en febrero de 1886, se contaría entre los fundadores del grupo de artistas plásticos "Refugio" y participaría en innumerables salones, como un sensible paisajista.
César Augusto Caggiano, nacido en 1894 y muerto en 1954 sería otro de los muy jóvenes discípulos en la academia fundada por Casella, estudios continuados en su caso en Italia con Juan Castelli. Laureado con premios en distintos salones rosarinos (Otoño, Rosario y Nacional) entre 1914 y la década del 40, debe ser incluido entre los artistas plásticos más interesantes de las primeras tres décadas del siglo pasado. En la misma academia recibieron su diploma de profesores de dibujo y pintura, en 1911, con acto académico y noticia en el diario, dos alumnos llamados Emilia Bertolé y Alfredo Guido. Ese mismo año La Capital informaba del ritual viaje a Italia del joven pintor César Caggiano, a continuar sus estudios y perfeccionarse.
Aunque nacida en El Trébol (Santa Fe), Emilia Bertolé estudió inicialmente en Rosario y con su traslado a Buenos Aires hacia el Centenario inició una trayectoria como pintora y escritora que le depararía elogios y admiración; fue galardonada con premios oficiales y algunas de sus pinturas fueron adquiridas por coleccionistas como el presidente Marcelo T. de Alvear y figuran en el patrimonio de varios museos argentinos. En abril de 1911, La Capital elogia sus condicio­nes de verdadera "niña prodigio", aun cuando el juicio ulterior de Gustavo Cochet sea, sin duda, el más cercano a la real valoración de su legado artístico: No se puede exagerar la trascendencia de su obra de pintora o de poetisa frente al mundo, pero fue una exponente en Rosario del empeño y el sacrificio por hacer nacer y vivir entre las gentes un halago espiritual que les eleve un poco por sobre su craso materialismo...
Alfredo Guido sería otro de los artistas plásticos que deben ser consignados como relevantes en los primeros treinta años del siglo XX. Rosarino nacido en noviembre de 1892, prosiguió su aprendi­zaje después de haberlo iniciado con Casella en la Academia Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, donde contaría entre sus maestros a los reconocidos Pío Collivadino y Carlos Ripamonte, dos exponen­tes ilustres de la plástica argentina.
Desarrolló una polifacética actividad que incluiría la docencia como director de la Escuela de Bellas Artes "Ernesto de la Cárcova", a partir de los primeros años de la década del 30, la escenografía teatral y la realización de frescos y murales, como el que presentara en la Exposición Internacional de Sevilla de 1929 y que se encuentra actualmente en una sala de la Escuela Normal N° 2, como ejem­plo de sus inclinaciones por la cultura americana que compartiera con su hermano Ángel Guido, arquitecto y plástico. Alfredo Guido, que obtendría el primer premio del Salón Nacional de 1924, sería galardonado asimismo con distinciones en Nueva York, Madrid, Sevilla, París y Madrid, y moriría en Buenos Aires el 25 de diciembre de 1967.
La misma dedicación y amor por la enseñanza que Zaino y Casella tendrían Ferruccio Pagni, uno de cuyos alumnos más perdurables, como se dijera, fuera Manuel Musto; Dante Veratti, que lo reemplazaría en la academia que ambos dirigían frente a la Plaza Santa Rosa, en Entre Paos al 1000; Enrique Schwender, oriundo de Karlsberg (Alemania), donde naciera el 7 de enero de 1877, quien estudió en Munich.se radicó en Rosario en 1904, abrió su academia dos años más tarde y, como otros colegas, ejerció la enseñanza secundaria en distin­tos establecimientos hasta poco antes de su muerte, el 11 de abril de 1963; Fernando Gaspary, un francés nacido en Espinal en octubre de 1877, que se radicaría en la ciudad en 1886 y cuya academia, que funcionó a partir de 1908 en los altos del edificio conocido como "El Palomar" en Rioja 1394, gozaría de reconocimiento. Gaspary ejercería asimismo como profesor de dibujo en el antiguo Colegio Nacional, entre 1914 y 1945, año de su muerte.
Eugenio Fornells, oriundo de Reus (Tarragona), donde naciera en 1882, luego de su aprendizaje español con el prestigioso Ramón Cajal y de su primera exposición en Barcelona, llega a Rosario en 1908 y se convierte, por más de medio siglo, en uno de los maestros de formación clásica más reconocidos en la ciudad, hasta su muerte en 1961.También lo fue Isidoro Mognol, en las primeras décadas del siglo XX. Mognol, nacido en Brasil en 1880, residiría en la ciudad desde sus años de infancia y estudiaría primero en la Academia Estímulo a las Artes de Buenos Aires y luego con Ferruccio Pagni. A su muerte, en 1956, acreditaba una larga trayectoria como pintor y maestro de más de una generación de artistas rosarinos, en las horas que le dejaban libres sus tareas cotidianas como pintor letrista del Ferrocarril Central Argentino.
A esa generación pertenecería asimismo Juan de los Ángeles Naranjo, nacido en Rosario en 1897 y muerto en 1952, quien luego de estudiar en la academia de Pedro Blanqué hace también su "viaje europeo" radicándose muy joven en Madrid, donde estudia en la Academia de San Fernando de Madrid y luego, durante 1917 y 1918, con Mancini, en Milán, para trabajar después en el Metropolitan Museum de Nueva York como restaurador y copista, entre 1921 y 1929. Regresa a la Argentina en 1930 y cuatro años después se radica definitivamente en Rosario, donde fue director del Museo de Bellas Artes "Juan B. Castagnino".

Finalmente, para terminar con este dichoso tema de la pintura, fui a la Academia Gaspary y a la Universidad Popular para aprender dibujo y pintura. En la primera abonaba una pequeña cuota mensual, la segunda era gratis. Las clases en la U. P. las daba uno de los hermanos Munné. Las clases creo que fueron las que nos dieron una idea de las reglas fun­damentales que se aplican en dibujo: las proporciones, los movimientos del cuerpo y de la cabeza, las manos, el tamaño de las orejas, del cuello, la ubicación de los ojos, los esquemas, esbozos y otros elementos funda­mentales para avanzar. Insistiendo permanentemente: "Dibujen, dibujen siempre sin cansarse. Dibujen sobre papel de estraza, de diario, sobre lo que sea más económico. Ejerzan una permanente práctica de cada parte anatómica del cuerpo o de un lugar, pero no abandonen jamás el dibujo". Nos incitó a estudiar a los grandes maestros.
(Grunfeld: Op. Cit.)

De esos años iniciales son asimismo pintores como Juan Augusto Olivé, alumno de Zaino, que luego del viaje de rigor a Europa se radicó en Madrid, donde falleciera en plena juventud y que fue, junto a Enrique Munné, artista destacado de esa época, más allá de los juicios críticos que hoy merezcan sus obras. Munné, catalán como muchos de sus colegas radicados en esos años en Rosario, había nacido en Barcelona en 1880 y fue traído muy niño a Buenos Aires, donde trabajaría como escultor mientras estudiaba pintura con Ángel Della Valle.
En 1907 se radica en Rosario y abre su academia de enseñanza de bellas artes, a la que concurrirían dos alumnos luego igualmente reconocidos, el primero en mucho mayor medida, sin duda, que el segundo:
Antonio Berni y Ambrosio Gatti. En 1918, se produce en el Salón Witcomb la primera muestra de otro joven pintor que, tras una larga y prolífica obra, integraría el grupo de plásticos notables de la ciudad: Julio Vanzo. La enseñanza de las bellas artes había tenido algunos antece­dentes valiosos en las últimas dos décadas del siglo XIX como el men­cionado Pedro Blanqué, un catalán nacido en 1849 y arribado a la Argentina en 1874, al tomar el camino del exilio luego de la restauración de los Borbones, con la entrada de Alfonso XII luego del levantamiento del general Arsenio Martínez Campos. Blanqué, que había tenido a su cargo una cátedra en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, funda en 1881 una academia en Rosario, la que reabre en 1887, luego de una prolongada ausencia de la ciudad, en los altos de la zapatería de García Hermanos.
Enrolado en el más estricto clasicismo, pintaría cuadros de evo­cación histórica, como los del combate de San Lorenzo y el izamiento de la bandera por Manuel Belgrano en 1812, y sus trabajos serían repro­ducidos en revistas de arte de la época como La Ilustración Artística y La Ilustración Sudamericana, editadas en Barcelona y Buenos Aires, respectivamente. Murió en Rosario el 23 de julio de 1928.
Rafael Barone sería otro de los pioneros de la enseñanza artística en la ciudad desde su radicación definitiva en 1891, al llegar proce­dente de Santa Fe, donde había dictado clases en el Colegio de la Inmaculada Concepción. Nacido en Cosenza el 18 de octubre de 1866, y muerto en Rosario el 15 de diciembre de 1953, estudió en la Academia de Bellas Artes de Florencia y su primera residencia había sido en la capital santafesina, desde donde viaja a Rosario en 1891. Dicho año, junto a su colega Zaino, abre una academia de dibujo y pintura en Laprida y Rioja. A partir de 1913 se desempeña como pro­fesor de enseñanza artística en la Escuela Industrial de la Nación hasta su jubilación en 1945. Mikielievich señala: A través de las cátedras de modelado, dibujo a pulso, arquitectura, dibujo industrial, estética, etc., que ejerciera en ese periodo, resultó ser el maestro de una buena parte de los arquitectos rosarinos de las primeras promociones.
Los artistas, que tendrían su aliciente de prestigio e incluso de venta de su obra en los salones municipales ulteriores, se alternaban en las salas de arte y galerías rosarinas pioneras. Entre 1905 y 1920 se exponía en ámbitos como "La Casa Blanca", de Mary y Compañía, en Córdoba 911, anterior a 1910. Allí, en octubre de 1916, son admi­radas por el público, afirma La Capital, las pinturas del artista inglés Stephen Koek-Koek; el "Salón Castellani", de Córdoba 1365, donde en 1 916 expone el valenciano Valls y en 1919, Francisco Malinverno; el ya citado "Salón Witcomb"; los salones del Club Español, que ese último año alberga las pinturas de Blanqué, otro pionero.
Mientras tanto, los meses finales del año 1910, entre septiembre y diciembre, traerían a la ciudad otra noticia luctuosa, en especial, para sus pares sociales: la muerte, en Italia, adonde había regresado unos años antes por problemas de salud, de Luis Castagnino. Había sido uno de los integrantes de la sociedad familiar que lograría holgada posición económica con la importación de mercaderías, y con su hermano Antonio fundaría el "Almacén de la Luna", que a su fallecimiento pertenecía a este último en sociedad con Juan Mosto.
También en esos meses se publicitaba profusamente la inminente inauguración de la gran tienda que Roque Cassini hacía levantar en la esquina de San Martín y Rioja, todo un establecimiento. En octubre de ese año Monos y Monadas anunciaba: Siguen llegando mercaderías de Europa para la firma, en varios vapores arribados al puerto rosarino:"Amiral Ponty", "Harmonides", "Loewenburg", "Malte", "Morazán", "Riva"y "Santa Elena". Toda una verdadera flotilla...

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo II  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones  

jueves, 1 de noviembre de 2012

UN AGRESTE OLOR A ESTABLO


En tanto el progreso se asomaba sin timideces, la ciudad mantenía vigentes algunas costumbres del siglo anterior, que perdurarían aún muchos años pese a una que otra reglamentación municipal en contrario. La presencia de vacas recorriendo las calles rosarinas, por ejemplo, para su ordeñe a domicilio, era una de ellas, como lo eran los tambos y las tropas de animales arreados sin problemas ante el alboroto de los chicos y la indignación de las mujeres por la suciedad que dejaban a su paso.
 
Estaban los que yo les llamo los tambos ambulantes: iba el lechero con tres o cuatro pacas por la calle y vendía leche al pie de la vaca. Y había tambos: yo recuerdo varios. Había uno en la calle Mendoza (de ése me acuerdo bien) que estaba en la casa de los dueños, en Mendoza entre Sarmiento y Mitre, en la vereda de los pares. Había otro donde yo pasaba todos los días, 9 de Julio e Italia y había otro en 3 de Febrero y Balcarce. Eran casas donde había un pesebre, en el que estaban las vacas bajo techo... Después, me acuerdo del ganado que venía del norte, por el Ferrocarril Santa Fe, y que era descargado donde ahora está el Patio de la Madera. Junto con el ganado venían los peones y sus cabalgaduras. Ahí descargaban los animales y después los llevaban por Avenida Francia, arreando. Una vez, en 1913 o 1914, cuando yo era muy pibe, una de las vacas se escapó de la manada y se metió en una ranchada que había en 3 de Febrero, en los números impares y por Francia, en los pares. Bueno: la vaca se cayó de cabeza en un pozo de agua, y yo oí que mi abuelo comentaba que la habían sacado los bomberos, que la hablan carneado y repartieron la carne entre los vecinos...
(Smaldone: Testimonio citado)
Mientras la presencia del caballo era una imagen habitual arras­trando los "tramways",los coches de tracción a sangre o simplemente transportando sobre su lomo a jinetes de toda condición social, que muchas veces no tenían empacho en atar al animal a un improvisado palenque en pleno centro, sobre todo en la zona aledaña al Mercado Central, las tropas de vacunos eran un espectáculo que, si bien no se repetía a diario, solía reiterarse con peligrosa frecuencia.
 
Muchas mañanas nos despertaba un barullo de mugidos y gritos. Pasaban las vacas, quizás más de un centenar, arreadas por hombres a caballo, de chambergo y pañuelo al cuello. Las vacas venían desde la estación del ferrocarril que aún se conserva en el Parque Urquiza, e iban a un embarcadero de hacienda, en la calle Montevideo casi Vera Mujica. Las bestias se atropellaban, subían a las veredas, dejaban en el aire un olor áspero, salvaje y los gruesos adoquines del empedrado salpicados de manchas verdes...
(Amelia Foresto de Segovia: Testimonio personal recogido en julio de 1995)

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Aquel ajetreo de las tropas de vacas por las calles iba a constatarse incluso hasta la década del 20, y su recuerdo perduraría en la memoria tanto de anónimos vecinos, testigos de aquel animado desfile, como de lúcidos testigos como el periodista y escritor Raúl N. Gardelli, capaz de comparar con fina ironía las diferencias entre el pasado y el presente.
 
La escuela Cabral, increíble; las cintas mudas en el nada dorado Doré primero, después en el Plata (con el tiempo llamaríase Gardel); el lechero pasando, junto con el cansancio de la vaca y el ternero macilento, frente a nuestra casa de la calle España para que los chicos ¡tomasen leche recién sacada! ¿A quién le importaba en esa época la misteriosa bromatología? ¿se pensaba acaso en leche descremada, en leche en polvo, en leche cultivada? ¿se hablaría de la cadena de frío cuando no todos compraban el cuarto de barra de hielo cotidiana? No eran prohibidos el pan, alimento esencial, ni el azúcar ni la ingestión de la piel del pollo, sustanciosa; ni había café sin cafeína, cerveza sin alcohol, milanesas de soja... "
 
(Raúl N. Gardelli: "La página en blanco colmada", en La Capital, 22 de febrero de 1996)

El asunto del ganado ambulante provocaría, en enero de 1913, un decreto del intendente prohibiendo la circulación de vacas lecheras en la zona comprendida por el Bvard. Oroño, la Avda. Pellegrini y el río Paraná, comprendiendo el Boulevard y la Avenida, bajo la multa de 1 a 5 pesos moneda nacional por cada infracción, atendiendo a la extensión que tiene ya el buen pavimento y el aumento de la circulación.
Desde los últimos años del siglo XIX y hasta los primeros veinte del siguiente, los tambos eran también una realidad ciudadana insoslayable, mal que les pesara a los que preconizaban que un mayor y rápido progreso debería obligarlos a retirarse hacia los suburbios. Sobre 1896, por ejemplo, podían contabilizarse, aun sin precisar alguno que otro que escapa al recuento, casi 50 tambos emplazados en el Rosario, la mayor parte de ellos en lo que era estrictamente, por ese entonces, la zona céntrica, situación que no se alteraría en los primeros años del siglo XX.
Era el caso, entre muchos otros, de los de Juan Abade, en 9 de Julio al 500; Andrés Arregui, en San Lorenzo 170; Pedro Arrióla, en Entre Ríos al 800; Antonio Sugasti, en Mendoza al 1000; Ignacio Orbea, en San Luis 991; José Garayar, en San Lorenzo y Dorrego; Luis Cucino, en Rioja al 300 o J. M. Guiíasola, en Rioja al 1200. La imagen hoy impensable de aquellos recintos olorosos a alfalfa y a boñiga, de los que salía diariamente un hombre arreando una o dos vacas para el expendio callejero de la espumosa leche, era parte entonces de una escenografía que a algunos parecía entrañable y a otros decididamente anticuada, más allá de los graves problemas de higiene que implicaba aquella práctica.

 
Juan Álvarez recuerda, en una de las tantas atractivas páginas de su historia de Rosario, una escenografía urbana que se vincula estrechamente con plantas y animales en las calles: La estrechez de las aceras admitía pocos árboles, pero el inconveniente se obviaba con la flora de los fondos donde sobraba sitio para las higueras, naranjos, jacarandas, amén del habitual tendedero de ropa y la cría de gallinas. Jardines interiores, así hubiera que formárselos con tinas, macetas o tiestos, produjeron diamelas, jazmines y helio-tropos que, con su perfume, contribuían a disipar los olores a establo de la calzada, siempre sucia por el trajín de los caballos o por las vacas conducidas de puerta en puerta para el suministro de la leche.

 
Otro tema, muy diferente al anterior, que preocupaba a los rosarinos por entonces era el auge prostibulario en la ciudad, al que se aludirá luego más extensamente. El 10 de junio de 1900, dice La Capital refiriéndose al proyecto de ordenanza que reglamentaría la actividad: En él, según tenemos entendido, se prevén innumerables casos que la práctica ha demostrado que deben reglamentarse, tendientes a impedir la prostitución llamada clandestina, los robos que se cometen en las casas de esa naturaleza y en general, evitar los espectáculos inmorales que la aglomeración de casas de tolerancia en un punto dado ofrece diariamente.
 
El diario, que al parecer tenía acceso al proyecto, adelantaba algunos detalles: Se derogará el radio de esos establecimientos y se prohibirá usar distintivo alguno en las mencionadas casas, que se podrán situar donde lo permita la Intendencia, la que deberá cuidar que no invadan el centro de la población, no sin dejar una postdata cuyo contenido se prestaba a interpre­taciones diversas: Tratándose de un asunto tan escandaloso, confiamos en que el Concejo Deliberante sancionará una reglamentación que, siendo previsora en absoluto, no se preste a abusos de ningún género...
 

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo I  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones