Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

A 35 AÑOS DE LAS MALVINAS

A 35 AÑOS DE LAS MALVINAS
A 35 AÑOS SON Y SERA ARGENTINAS

19 de julio- día del amigo canaya

19 de julio- día del amigo canaya
se conmenora por aniversario del fallecimiento de Negro Fontanarossa

HOMENAJE A NEGRO FONTANAROSSA

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HOMENAJE A FONTANARROSA

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viernes, 30 de mayo de 2014

LOS DERECHOS DE LA SALUD



Por Rafael Ielpi

El censo de 1910, mientras tanto, no había reflejado en sus cifras   el verdadero estado de cosas en Rosario, ya que no registra más que 11 hombres y 587 mujeres que se encuadran y declaran dentro del 10 de la prostitución organizada, omitiendo a quienes trabajan en las sombras de la clandestinidad. Los impecables informes de la Asistencia Pública son, de nuevo, los que señalan de qué modo se iba extendiendo la "mala vida" en la ciudad. En 1911, el número de mujeres que han sido revisadas había crecido a 35596, lo que constituía un toque de peligro.
La  Asistencia Pública, el Dispensario de Salubridad y el Sifilicomio Municipal se ocupaban de mantener vigilada la salud de las prostitutas rosarinas mediante controles periódicos que, sin embargo, poco o nada impedían la aparición de las graves enfermedades venéreas, impiadosamente registradas por los informes municipales de la época. Aquellos males tan temidos por la población masculina (aun cuando no faltaban quienes las exhibían como una necesaria condecoración de virilidad) perdurarían mucho tiempo y a nadie extrañaba, allá por 1919, bastante después del comienzo de siglo, leer en el diario los avi­sos de una al parecer infalible "Injection Cadet" que prometía en solo tres días cura cierta y sin peligro de las enfermedades secretas.
Rosario Industrial informa en el Centenario sobre una vigilante perseverancia oficial acerca del tema, puntualizando: La administración sanitaria, con la cooperación del Inspector General de la Municipalidad, está realizando una campaña contra el clandestinismo. Ella ha dado margen a la clausura de algunas casas de lenocinio no patentadas, así como a la reclusión en el Dispensario de Salubridad, de mujeres atacadas de diversos males.
La Asistencia Pública, que reemplazaría en febrero de 1890 a la originaria Oficina de Higiene, habilitada tres años antes y cuya direc­ción ejercería desde 1890 a 1909 el médico higienista Isidro Quiroga, iba a ser la institución municipal encargada del control de la prostitu­ción en la ciudad, como lo era de las vacunaciones, la profilaxis en general y el control de los cementerios, más allá de su objetivo funda­cional de tener a su cargo los asuntos relativos a la higiene del Municipio, proveer la asistencia médica a indigentes y proteger a la clase menesterosa. Todo ello a través de una serie de dependencias que en algunos casos goza­ban de una cierta autonomía como la Casa de Aislamiento o lazareto municipal, el Hospital Rosario, el Sifilicomio y el Dispensario de Salubridad, entre otras.
El crecimiento arquitectónico, las nuevas urbanizaciones y el con­siguiente aumento demográfico fueron razones decisivas a la hora de la creación de la Asistencia, proyectada en el marco de las nuevas ten­dencias europeas en materia de sanidad e higiene públicas. Ya el Censo de 1906 había consignado los significativos adelantos producidos en la ciudad como consecuencia de la tarea de la Asistencia, instalada inicialmente en un inmueble de Santa Fe 1329 y luego trasladada en la antigua residencia Canals. Dos de sus organismos tendrían relevante papel en el control de la prostitución y de sus enfermedades conexas: los ya mencionados Dispensario de Salubridad y Sifilicomio Municipal.
El Dispensario estaba en la base de la política municipal de con­trol de la prostitución reglamentada a través de los médicos que tenían a su cargo las verificaciones regulares de la salud de las pupilas, en la Asistencia o en el prostíbulo, y de los inspectores, que vigilaban el cumplimiento de las normas vigentes sobre comercio sexual en la ciu­dad. El Sifilicomio Municipal (institución que tendría tanta fama como mucho trabajo en el ulterior esplendor de Pichincha) se había originado en los reclamos de los vecinos del Rosario finisecular, que incidieron sobre el Concejo Deliberante hasta decidir su creación, a través de una ordenanza votada el Io de febrero de 1890.
La tarea de esta dependencia municipal se toparía, sin embargo, con la renuencia de las mujeres que ejercían la prostitución a ser revi­sadas periódicamente, lo que podía acarrearles la internación en el Hospital de Caridad, si se detectaba alguna enfermedad "secreta" o la para ellas temida remisión al albergue del Buen Pastor, cosa que ocu­rriría entre 1890 y 1900, si se insolentaban o provocaban incidentes con motivo de ese trámite. Las maniobras para eludir el paso por la dependencia municipal llegaron entonces a extremos tales como la pre­sentación de hábeas corpus que ampararan a las prostitutas, no faltando más de un abogado que, por ocho pesos, se ofreciera a las mujeres a re­dactarles el respectivo escrito judicial, lucrando "al paso".
Cansado de gambetas, prostitutas, "aves negras" y alguno que otro juez que hacía lugar a esas presentaciones en tribunales (calificando de inconstitucional la internación de las pupilas en el Sifilicomio), el inten­dente Agustín Mazza da un corte al tema de las revisaciones y decreta sin más ni más la clausura del Sifilicomio el mismo año de su creación. No tuvo en cuenta un ingrediente: las protestas públicas que provoca­ría la medida, cuyo volumen decidió a los concejales rosarinos, un año después, a impulsar una nueva ordenanza (la del 12 de junio de 1891) que posibilitó su reapertura y, de paso, habilitó la internación de las mujeres sin que nadie tenga derecho a oponerse a esta determinación munici­pal, de acuerdo a las facultades otorgadas por la Ley Orgánica vigente.
El establecimiento, pese a la reiteración de las maniobras de muchas mujeres, en especial las prostitutas clandestinas, para eludir el examen médico, seguiría funcionando sin mayores zozobras hasta 1911, cuando una serie de denuncias realizadas por El Mercantil (uno de los tantos periódicos rosarinos que bregaban por la abolición de la prostitución reglamentada) determinó una minuciosa investigación del Concejo Deliberante que comprobó todo tipo de infracciones administrativas y de inconductas en los funcionarios principales, entre ellos el propio director Domingo del Campo, quien pese a su foja de servicios sin duda importante y sus antecedentes, fue finalmente cesanteado por el intendente Isidro Quiroga, quien con el subterfugio de la eliminación del cargo administrativo que ostentaba el médico cuestionado evitó la exoneración de su colega, como habían propuesto los investigadores.
Estos tampoco tendrían suerte en su pedido de traslado del Sifilicomio al Hospital Rosario, sacándolo del edificio del Hospital de Caridad, aunque las razones que argumentaban para señalar los incon­venientes de que funcionara en el segundo valían asimismo para el pri­mero de ambos centros públicos de salud. Finalmente, el Sifilicomio se instalaría en el barrio de Pichincha, formando parte del anecdotario interminable de la saga prostibularia.
Debe señalarse, sin embargo, que el criterio de revisar y tratar sólo a las mujeres que ejercían la prostitución era sin duda totalmente desacertado ya que en gran cantidad de casos eran los hombres (que no estaban sujetos a control ni vigilancia alguna) los portadores de las temidas y temibles enfermedades venéreas, transmitidas luego 1 las ocasionales compañeras de lecho, que a su vez contagiaban a sus clientes, en una cadena de propagación que en un momento pareció  interminable.

Fuente: extraído de libro Rosario del 900 a la “década infame”  tomo IV editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones

jueves, 29 de mayo de 2014

CAMARERAS Y ALGO MÁS



Por Rafel Ielpi
Una ayudita adicional haría aún más visible el propósito de favo­recer a los dueños de los burdeles: el 7 de septiembre de 1906, se decreta el cierre de los "cafés con camareras", que en realidad eran una com­petencia peligrosa para los intereses de los "quilombos", a los que se quería favorecer ya sin ningún disimulo. una paradoja, si se piensa que las normas se originaban y sancionaban en el concejo deliberante donde predominaban los representantes de la rica burguesía rosarina que, por lo menos en público, se rasgaban las vestiduras al hablar de la "plaga prostibularia".
Los llamados "cafés con camareras" eran una de las formas de en­cubrimiento del comercio sexual, ya que se trataba en esencia de pros­tíbulos disimulados tras la poca convincente escenografía de mesas y de mujeres que las atendían, ya que dicha atención terminaba siem­pre, o casi siempre, en alguna de las habitaciones existentes en el mismo local. sin embargo, de vez en cuando, se producían en ellos episodios que desnudaban la verdad de su relación con la "mala vida".
En octubre de 1904, por ejemplo, el municipio informa de un altercado en el "café Viena", de Italia entre Salta y Catamarca, donde Paula Sener, una de las mujeres que trabajaban en el local, es brutal­mente golpeada por dos parroquianos; en abril de 1906, la capital consigna el ataque a puñaladas de Domingo Almada a rosita de la plata en el patio del "café Internacional", de Güemes 2015. en sep­tiembre de 1901, el municipio reseña la pelea protagonizada entre Carlos Tello, que la requería de amores, y julio arana, que era su amante, por Rosa Fernández, camarera del café de Balcarce 46, que termina con la mujer y el pretendiente apuñalados. todavía en abril de 1919, es noticia el "café Montenegro", ubicado en Güemes 2127, donde Román Machuca mata a balazos a Mercedes Pereyra, que ejercía la prostitución en dicho local, por haberlo abandonado para retornar a su anterior amante, Fortunato Quinteros, conocido por su alias poli­cial de "Firulete".
En los mismos años iniciales del siglo XX, son mencionados como escenarios de peleas, balaceras, puñaladas, muertes, trifulcas y desórdenes mayúsculos otros cafés con camareras en los que se ejerce la prostitución, como el "café Cambris", instalado en la zona céntrica sobre calle Santa Fe, propiedad de "Madame Pepa" y clausurado en los años iniciales del siglo; el "café La Mascota", de Balcarce entre Jujuy y Salta, mencionado por episodios escandalosos en octubre de 1906, y el "café Italia", de Güemes entre Balcarce y Bvard. Oroño, donde un año después se produce un enfrentamiento entre parro­quianos y policías. en 1917, cuando estos locales seguían funcionando pese a la lejana prohibición consignada, una noticia periodística, en la sección policial de la capital, informaba que, en el café de camareras de­nominado "torino", que se ubica en la calle Suipacha 128, a eso de las 4.30 se tomaron en pelea las pupilas Hortensia Lucero y Carmen González. el local bien puede ser el que otras noticias periodísticas designan como "café Torinese", al que se pueden agregar otros de la zona como el "Venecia",de Güemes entre Balcarce y Moreno, y el "internacional", de Güemes 2015.
Los cafés con camareras habían comenzado a funcionar en los finales del siglo XIX (atendidos en general por mujeres que en muchos casos habían hecho ya su experiencia prostibularia en casas de tole­rancia), con la permisividad policial cuando no, como en algunos casos, con la complicidad de algunos "notables" de la ciudad. según algunos estudiosos rosarinos, estos "cafés con camareras" no eran otra cosa que una versión local de las porteñas "academias", en las que los parro­quianos podían escuchar música (muchos pioneros del tango como Rosendo Mendizábal o Alfredo Bevilacqua, entre otros, tocaban en aquellos locales), bailar con las camareras, tomarse un trago pero tam­bién, en su caso, refocilarse con alguna de ellas en la trastienda del local.
Sin embargo, existe una diferencia notoria entre ambos tipos de establecimientos; las academias comenzaron a funcionar en buenos aires hacia 1870 y se extendieron prontamente a los distintos barrios porteños, aun los periféricos, consignándose su existencia en barracas y constitución, con algunas famosas por su clientela o los episodios de tinte policial que las tenían por escenario, como la de la esquina de pozos e independencia, la de Estados Unidos y Solís; o las que fun­cionaban en las proximidades de la plaza Lorea o en el barrio de los Corrales.
Todas ellas tenían el baile tanguero como atracción principal, lo que no ocurría empero en rosario, donde el atractivo estaba sobre todo en lo sexual, y donde las "camareras" tenían por lo general más experiencia previa en lo decididamente prostibulario que en las habi­lidades coreográficas del 2x4 ritual.
Pese a que Francisco Vega señala en los auxiliares de la delincuen­cia, en 1910, siempre refiriéndose a las academias porteñas, que la pre­sencia de mujeres en estos establecimientos no tiene otro propósito que el de atraer por estímulo carnal al mayor número de clientes, retenerlos más tiempo en la casa y hacerlos consumir más. las mujeres que toman a su cargo esta tarea no son siempre mujeres de vivir libertino, pero son siempre gente fácil y que ofrecen atractivos más o menos gratos al ojo. poseerlas es cuestión de tiempo y de dinero en el más difícil de los casos, lo cierto es que los testimonios mayoritarios refieren que el interés masculino por esos lugares se cen­traba más en el deseo de encontrar allí buenas parejas para el baile que eventuales compañeras de una noche de placer o "de garufa".
Igual diferencia se registra en el caso de Montevideo, donde según Vicente Rossi se instalaron las primeras academias, en ambas orillas del río de la plata en las décadas finales del siglo XIX, en la zona prosti­bularia del bajo montevideano pero también en barrios como La  Aguada, Palermo o el cordón. entre las más famosas se contaron 1as de Solís y Gloria, la de "El Picaflor", en Mercedes y Rondeau y las San Felipe y El Triunfo.
El autor de cosas de negros las define como salones de baile público con el consabido anexo de bebidas, señalando acerca de las mujeres que trabajaban en ellos: no se les exigía ningún rasgo de belleza, sino que fue­ran buenas bailarinas, y lo eran a toda prueba. no se bailaba por el momen­táneo contacto con la mujer sino por el baile mismo. la compañera comple­taba la pareja, por eso no se le exigía más atractivo que su habilidad danzante.
En Rosario mientras tanto la celosa Inspección General de la Municipalidad informaba, en abril de 1902, que funcionaban en la ciu­dad 7 cafés con camareras, en los que trabajaban 58 mujeres que no estaban registradas como prostitutas y en consecuencia no cumplían con los controles que imponía la ordenanza vigente, lo que sí ocurría en cambio en las 14 casas de tolerancia autorizadas con sus 79 pupilas registradas. un mes después, sobre fines de mayo, los cafés habían aumentado a 32.
Para la Municipalidad, sin embargo, las "camareras" tenían las mismas obligaciones que las pupilas de prostíbulos desde la disposi­ción del 27 de diciembre de 1900 cuando se les impuso también a ellas la revisación sanitaria. ya con poca anterioridad, en 1889, el inten­dente lamas había alertado sobre la conveniencia de ese control: las que tienen actualmente el oficio de camareras en los cafés son todas mujeres que han ejercido la prostitución tolerada y que ejerciendo ahora la clandestina eluden por este medio el examen médico obligatorio.
Un año antes, el tema de estos locales ocupaba la atención de la piensa rosarina. La Censura, por ejemplo, denuncia el 31 de octubre de 1898 refiriéndose a los "cafés con camareras": a diario se ven entrar y salir ciertas damas sospechosas que más pudiéramos llamar desgraciadas. estos espectáculos dan margen a prohibir el tránsito por esos lugares de la mujer hon­rada, en evitación (sic) de otras interpretaciones desfavorables que siempre dan lugar a comentarios.
El dueño del ya mencionado "café Viena" (que aseguraba no funcionaba como "café con camareras"), se quejaba con amargura a la Municipalidad, a comienzos de siglo, sobre la desleal competencia de alguno esos locales, deslizando de paso una denuncia nada desdéña­la el de la conexión de ciertos notorios apellidos del rosario con el inundo, o submundo, de la mala vida: el café de la calle San Luis entre Corrientes y Paraguay es una casa con tres entradas; una entrada y salida (en de inspección) por calle corrientes, frente a la plaza; una entrada por el café  y otra por el zaguán, de manera que en este café al cual muchos han dado en llamar  del Jefe Político Grandoli, hay noche a noche varias mujeres que burlan la acción municipal. el presunto propietario, de ser verídica aque­lla añeja denuncia, era nada menos que el mismísimo jefe político de rosario, encargado de velar por el cumplimiento de la ley.
El "Viena", por su parte, haría de tripas corazón y terminaría siendo también, poco más adelante, un café con camareras...
María Luisa Mugica apunta que la imagen que de estos locales reflejaba el periodismo rosarino de comienzos de siglo era poco menos que la de ámbitos demoníacos donde se pervertía a la juventud mas­culina. el término "juventud" incluía desde los menores de edad a los hombres (casados o solteros) que superados los 22 años entraban aún en la categoría de "jóvenes". aquella imagen era, por lo demás, la que mejor se adecuaba a los parámetros sociales de la sociedad finisecular.
Señala Mugica: la prensa tendía a mostrar a los cafés con camareras como centros de inmoralidad y corrupción de la peor índole para los jóvenes, que eran los que llenaban los locales. eran también caracterizados como espacios en los que ocurrían casi a diario escenas poco edificantes. era allí donde se les deformaba el espíritu y se envenenaba su porvenir. por otra parte la tole­rancia de la inspección municipal traía consecuencias nefastas sobre la genera­ción joven. los jóvenes eran presentados como espíritus maleables, lábiles, fáci­les de ser manejados. no extraña entonces que el diario de Ovidio Lagos definiera a estos establecimientos como antesala de prostíbulo, horno de corrupciones, red de vicio tendida a ¡os menores de edad para que tengan a los 13 años toda la ciencia del bien y del mal, en una nota de fines de noviem­bre de 1906.
Los cafés con camareras combinaban un conjunto de elementos que estaban prohibidos en la reglamentación de los prostíbulos legales: música, expendio de bebidas, los juegos de naipes, la presencia de menores de edad en calidad tanto de camareras como de clientes. todo eso se conjugaba con otro elemento detonante: números para mirar, juegos voyeristas que mos­traban mujeres desnudas y escenas que rayaban en el lesbianismo. cuadro que mostraban mujeres bailando tangos, danza que apelaba a movilizar las fantasías de los espectadores, cuerpos aferrados, sensuales, provocadores. El tango enfatizaba el contacto corporal, el erotismo, la copulación parafraseando a Sergio Pujol, se puede señalar que tango y sexo consti­tuían un binomio conjugable.
(María Luisa Mugica: "Las fantasías y los espacios del placer en ll ciudad de ayer", en diario La Capital, 21 de septiembre de 2003)

Lo que vendría después demostraría la certeza de esa connivencia entre el mundo de la prostitución y determinados sectores oficia­les, de los que provenían las normas que regían la próspera actividad: si 31 de mayo de 1907 se sanciona otra ordenanza que ratifica la posi­bilidad de que los prostíbulos se asienten en zonas céntricas y se autoriza a elevar a quince el número de prostitutas que podían trabajar en los "quilombos" de segunda categoría.
Los sectores prostibularios van conformando de ese modo un área que se extiende poco a poco en la ciudad y que preanuncia a la vez la pronta aparición de toda una zona (un barrio, en rigor) dedicado a la "mala vida" con absoluta impunidad; el mismo que engendraría una verdadera saga popular, pintoresca, salaz y con mucho de verdadera, y cuya perduración llegaría casi incólume hasta la actuali­dad en la mención de quienes lo conocieron o de quienes alcanzaron vislumbrar siquiera los relumbrones finales de su apogeo: el barrio Pichincha.
Esa concentración estaría, en realidad, en las antípodas del criterio sustentado por lamas a comienzos de siglo, cuando afirmaba: las frondes poblaciones europeas y aún las americanas han dado cierta libertad al ejercicio
 de la prostitución, evitando el confinamiento a determinados parajes, librando a las ciudades del vergonzoso espectáculo de un barrio entero desti­tuido al comercio del cuerpo. el intendente encontraría aliados como la capital, que en noviembre de 1900 coincidía con él al catalogar como injusto que un local dado, sección o parte de un barrio sea llamado a soportar lo que a todos los demás correspondería en proporción, siendo todos iguales, y ni muy graves consideraciones, tampoco es regular que los que allí tienen sus casas se vean hasta cierto punto obligados a darles un destino que no quisie­ran, y los que tienen necesidad de esas casas dentro de un radio estrecho sean también comprometidos a pagar por ellas usurarios alquileres.
En la vereda opuesta, Deolindo Muñoz batallaba en forma simultánea desde el municipio contra el proyecto de lamas, hecho suyo por el concejo deliberante, sin escatimar adjetivos: se han acordado al intendente lamas toda clase de franquicias y libertades para ubicar donde crea conveniente  esos antros inmundos que se diseminarán por la ciudad como un turbión de leprosos llamados a corromperlas buenas costumbres y la moralidad de este desgraciado agraciado pueblo rosarino. alertaba el diario: esta ubicación puede facilitar  proteccionismo, la infamia, satisfacer las exigencias de los influyentes, ejercitarse como arma de innobles venganzas y hasta proveer de coimas a los que gozan de influencia con los que tienen la facultad omnímoda de conceder o negar...
Lo cierto es que más allá de ordenanzas y reglamentaciones, el radio de instalación de los prostíbulos rosarinos iba a ser finalmente el que querían los propietarios y madamas de los mismos, la mayo­ría de ellos miembros de las organizaciones de tratantes de blancas que ya para los años del centenario de mayo estaban sólidamente constituidas.
Casi contemporáneamente, también en buenos aires el tema de la prostitución y de la explotación de la mujer, tanto como el de la trata de blancas, desataba una larga serie de polémicas y de normati­vas vinculadas al tema, como la ley promovida por la "asociación nacional argentina contra la trata de blancas" o la conocida tesis pre­sentada por Manuel Gálvez en 1905 para su doctorado en jurispru­dencia, que contenía un proyecto de ley con graves penas para quien sonsacase, sedujese o substrajere a una mujer para satisfacer los deseos desho­nestos de otros.
El rufián era definido por el novelista de nacha regules en pocos pero lapidarios trazos: tiene el afán de una charra ostentación. Viste con cierto lujo, un lujo de prostíbulo, donde todo es relumbrón y cursi. los enormes anillos en su mano izquierda, el bastón de puño de oro, la corbata de un rojo aborrachado, que tiene el color de sus medias, el pañuelo de seda excesivo y ridículo, son sus indispensables atavíos. diestro en simulaciones, no se le concibe sin mentir; parece que la vergüenza hubiérasele trocado en una maravillosa aptitud para el fraude y lo mismo que engaña a una ramera, se burla de la policía y de los jueces.
En buenos aires, entre 1870 y 1916, ya la prostitución constituía una preocupación permanente para las autoridades, los vecinos y el periodismo. andrés Carretero indica: a pesar de la preocupación y el trabajo de las autoridades municipales y policiales, es imposible determina! con absoluta certeza la cantidad de prostíbulos que funcionaron entre 1890 y 1914, pero puede afirmarse que llegaban a más de cuatrocientos en toda la  ciudad. ya en 1880 se estimaba en los círculos municipales y médicos que ejercían  la prostitución más de tres mil mujeres recluidas y otras tantas que recorrían las calles en búsqueda de clientela... en realidad la prostitución estaba desparramada por toda la ciudad. no tenía un barrio o zona preferida, aun cuando era posible encontrar cierta concentración en las calles 25 de mayo y paseo de julio.
Para los años inmediatamente anteriores al centenario, por su parte, las normas municipales habían avanzado en rosario con otras dos prohibiciones: la del expendio de bebidas alcohólicas en los pros­tíbulos y la del baile y la música "en vivo", por la influencia que ejer­cían en el ánimo y humor de los concurrentes, y como preámbulo muchas veces de episodios escandalosos cuando no sangrientos. la (capital del 23 de mayo de 1907 habla del consumo de alcohol en los "quilombos" con tono moralizador: la degeneración iniciada en las casas de tolerancia es precipitada por el abuso del alcohol de la peor especie.
El cuestionable criterio de que el quilombo debía ser conside­rado como "un mal necesario", como la válvula de escape de la libido masculina oprimida por las convenciones sociales y las costumbres de la época, hacían superfluos en esos ámbitos (para los funcionarios muni­cipales) ingredientes como el alcohol y el baile. un informe elevado al intendente Goulú, en 1911, dejó precisado taxativamente ese pensamiento: las casas de tolerancia deben ser sitios de desahogo y no de atrae­rán y diversión...



Fuente: extraído de libro Rosario del 900 a la “década infame”  tomo IV editado 2005 por la editorial homo sapiens ediciones

miércoles, 28 de mayo de 2014

LA PROSTITUCIÓN FINISECULAR



   
 por Rafael Ielpi
   El crecimiento poblacional luego de 1850 había originado ya la pirscncia en la ciudad de la actividad "non sancta"y pueden rastrearse incluso muchos antecedentes pintorescos que lo ratifican, como el juicio iniciado por un aspirante a literato, Antonio Urraco, que en 1861 pleitea contra cuatro dueños de casas de tolerancia, algunos de ellos de rastreable ascendencia francesa como buena parte de los propietarios  de esos locales.
Los causantes del entuerto judicial habían sido unos artículos que Urraco escribiera en algunos diarios como La Confederación y El Progreso, a pedido del cuarteto mencionado: Juan Sabathé, Jean Medoux,Jean Roulac y Bernardo Davy, con el objetivo de presionar Hite las autoridades por la libertad de aquellas mujeres que, en razón de su condición de pupilas de prostíbulos y ante la presencia de alguna enfermedad, eran internadas en el Hospital de Caridad. La negativa de los susodichos a abonar el pago que Urraco creía justo llevó el asunto a los tribunales rosarinos, donde se dio la razón al escriba y quedó, de paso, constancia de la existencia de casas de tolerancia en los inicios de la década del 60 del siglo XIX. Debe recordarse que el Primer Censo Nacional llevado a cabo entre el 15 y 17 de septiembre de 1869 y publicado en 1872, consignaba en el caso de Rosario la existencia de 86 prostitutas que declaraban ejercer la actividad.
En 1869, la "Revista Médico-quirúrgica",primera revista médica argentina, habla publicado dos importantes artículos sobre ¡a prostitución en Rosario y Buenos Aires. Ambos proponían formas de supervisión médica de los burdeles autorizados. El doctor Caerlos Gallarini, refirién­dose a una ley en Rosario, afirmaba: "Yo no quiero con esto que la pros­titución sea oficialmente permitida para amparar a las miserables que hacen comercio de su persona, sino para vigilarlas mejor y, sobre todo, para suje­tarlas periódicamente a una escrupulosa visita médica". Atribuía la pros­titución en Rosario a la abrumadora ambición de las mujeres de comprar ropa y joyas. Gallarini, sin duda, consideraba más urgente el control social que el tratamiento médico profiláctico...
(Donna Guy: El sexo peligroso, Editorial Sudamericana, 1994)


Para 1879 ya habían quedado fijados en la letra escrita los eno­jos de los vecinos del centro de lo que era aún "el" Rosario, por el preocupante tema de la prostitución. El 20 de agosto de ese año, varias firmas ratifican el deseo vecinal de que las llamadas casas de toleran­cia que operaban en el tramo de calle Córdoba entre Corrientes y Paraguay fueran erradicadas del lugar. Una inquietud similar expo­nían en septiembre de 1882 quienes habitaban cerca del Mercado Norte, solicitando que los "quilombos" emplazados en dicha zona fueran alejados de ella. Pero otros, en cambio, requerirían en enero efe 1885 que se permitiera la continuidad de las casas "non sanctas" en el tramo de la calle Libertad (actual Sarmiento) entre Tucumán y Cata-marca, ratificando tal vez aquello de que "cada cual habla de la feria se­gún le va en ella".
Los peticionantes, en este último caso, argumentaban lo que ellos creían razones valederas para sostener el mantenimiento y reglamentación de estas casas para evitar serios trastornos en la familia y en la sociedad en general, y por eso es que siempre se ha buscado el paraje de la ciudad más ade­cuado, donde no hayan colegios o cualquiera otra clase de establecimientos de educación, familias o sea parajes de reunión obligados. Insistían en que los prostíbulos estando en la calle Libertad no tienen más vecindario que una fábrica de café, una barraca, cuatro corralones de carros, un conventillo y algu­nos almacenes al menudeo...
Los reclamos aludidos no hacían sino señalar en realidad (más allá de la actitud moralizante de cierto sector de la sociedad rosarina de entonces) el creecimiento de la llamada "mala vida", que por entonces exhibía características de clandestina ante la lenidad de la normativa de 1874, que había buscado legalizarla y reglamentarla en forma debida, a través de la primera ordenanza sobre prostitución en Rosario. El 21 de mayo de 1888, el Concejo Deliberante realiza dos nombramientos que se vinculan en forma directa con el problema prostibulario: los de los doctores Luis Villa y Laureano Candioti, quie­nes deberían ocuparse de allí en más de la atención sanitaria de las mujeres (por entonces eran mayoritariamente criollas), que trabaja­ban en las casas de tolerancia, tanto como de los afectados por el fla­gelo de la sífilis y otras enfermedades venéreas: todo por el módico salario mensual de 300 pesos. Se daba origen de ese modo a una ins­titución que tendría fama, y mucho trabajo, sobre todo en el ulterior esplendor del barrio de Pichincha: el Sifilicomio Municipal.
Los informes municipales señalaban, hacia 1896,1a existencia en el Rosario de 61 casas de tolerancia, emplazadas sobre todo en sectores donde ya se habían instalado fábricas y talleres diversos, establecimientos que tenían importante cantidad de personal mas­culino. Es lo que ocurría, por ejemplo, en las calles Güemes, Brown y Jujuy, desde Independencia (Presidente Roca) al Bvard. Santafesino, luego Oroño.
Hacia 1898, años antes de la consolidación de las sociedades de tratantes de blancas y explotadores de mujeres de origen judío-polaco, documentos municipales dan cuenta de la existencia de dece­nas de mujeres que regenteaban prostíbulos en la zona mencionada, buena parte de ellas con apellidos de aquel origen. Son los casos, entre otros (respetando la dudosa grafía que los funcionarios, muchas veces a su capricho, endosaban a los extranjeros), de Matilde Felman, (Brown 2088), Lucía Reynaud (Güemes 1940), Ana Eger (Güemes 2019), Fani Silver (Güemes 2537),Julieta Oercke (Güemes 2350) o María Lippner (Güemes 2049).
En ese período finisecular, ratifica la investigadora Ada Lattuca, la nacionalidad de propietarias y gerentes era, habitualmente, de extracción foránea, consignando una nómina de mujeres cuyos apellidos denuncian ese origen: Rosemberg, Holsmann, Schwartz, Steimberg, Salman, Griener, Jacovich, Horstein, Bader, así como de nacionalidad polaca o fran­cesa fueron en su mayoría las pupilas de las mencionadas casas.
Aunque no faltaban, tampoco, encargadas de lenocinios, en el mismo sector, que denunciaban su origen criollo como María Pereyra (Brown 2064), Carmen Correa (Güemes 1941), o Sofía Gómez (Rivadavia 2131). En agosto de 1900, la crónica policial de La Capital relata un hecho que reitera la existencia de esa zona de prostíbulos de los que, por otra parte, se tenía conocimiento generalizado: el suicidio de Bernardina Quinteros, pupila del prostíbulo conocido como el de "La Vieja Manuela", en calle Rivadavia 2130. La muchacha de 23 años, viuda, para llevar a cabo su fatal intento se valió de un revólver Smith Wesson de 9 mm., informaba el diario.
El mismo prostíbulo es noticia el 17 de abril de 1901, cuando José Bettemilde, más conocido bajo el alias de "Garabito", ataca des­pechado a su amante Teresa Romero, ramera de una casa non sancta, cor­tándole las trenzas de un cuchillazo. Dos años después, la noticia perio­dística daba cuenta de la detención de una mujer en la seccional 4.a, cuyo parte de remisión dice: Ana Fernández fue detenida por ebriedad, desorden mayúsculo, insultos a la autoridad y por ser mujer de vida alegre sin haberse provisto de la correspondiente libreta.
Los muchas prostitutas criollas detectadas en esas casas de tole­rancia clandestinas (donde serían mayoría hasta la llegada de las pros­titutas "foráneas") provenían casi siempre de los sectores más despro­tegidos de la sociedad, y eran empujadas al ejercicio del "oficio" por la necesidad. La Capital, en abril de 1901, lo señalaba: Cuando la mise­ria se cierne sobre un hogar, la mujer no encuentra cómo ganar unos miserables pesos si no es haciendo de planchadora o de costurera, oficios pesados, ingratos y mal retribuidos, por lo cual muchas veces asistimos al espectáculo doloroso de que una joven sana, fuerte y robusta, se aparte del camino del bien, cayendo la flor al fango, para poder alimentar o subvenir a las exigencias de los hijos, hermanos, o padres inhabilitados para el trabajo...
Los pedidos vecinales, motorizados además por la moral de una sociedad con iguales dosis de hipocresía que de respeto a instituciones como la familia o la religión, hicieron que en los trece años transcu­rridos entre aquel informe y el inicio del siglo XX, aparecieran tres proyectos de ordenanzas de reglamentación de la actividad prostibularia en Rosario: el de 1887, uno de 1892 y el que diera origen a la Ordenanza N° 27, del 16 de noviembre de 1900, la que con mayor precisión y puntualidad encararía hasta ese momento el delicado tema.
Tal vez una de las razones más sólidas y valederas del aumento de ese "comercio de la carne", más allá del hacinamiento y la pro­miscuidad que trajeran consigo la inmigración y el consecuente cre­cimiento demográfico, que iban de la mano, haya estado asimismo en la imperiosa necesidad de muchas mujeres de sostener a sus hijos y en la carencia de empleos suficientemente retribuidos para ellas, como lo señala Donna Guy en El sexo peligroso, aunque refiriéndose en espe­cial a la Capital Federal.
Hay pocos testimonios que den fundamento a la noción según la cual la mayor parte de las mujeres "caía" en la prostitución como consecuencia de influencias inmorales. Si una mujer decía que había sido obligada a prostituirse, hacia fines de la década de 1890, los traductores y eventual-mente los asistentes sociales estaban capacitados para ayudarlas a escapar del acoso del tratante de blancas. Sin embargo, dicha ayuda no ¡es asegu­raba un empleo más o menos bien remunerado en otra parte ni les garan­tizaba un ingreso para la subsistencia de su familia. Asimismo podría dar lugar a la repatriación y, por lo tanto, a volver nuevamente a condiciones de vida indeseables en su tierra de origen. Por esas razones, es posible que las mujeres no admitieran esto ante el entrevistador y, por consiguiente, el debate acerca de la extensión de la trata de blancas pudo continuar
Sin embargo, el mayor impulso a la proliferación de la actividad prostibularia en la Argentina está dado por las organizaciones de tra­tantes de blancas, cuyo papel sería sin duda fundamental en las déca­das inmediatamente posteriores, pero cuya existencia se remontaba al siglo XIX. El tema del hacinamiento no era por cierto secundario: ya se ha visto que el censo de 1900 señalaba, por ejemplo, la existencia de 1.881 conventillos en Rosario, debidamente registrados, en los cuales vivían 10.048 personas, en condiciones que favorecían la apa­rición de la prostitución y otros vicios parecidos. La cifra representaba casi el 10 por ciento de la población de la ciudad, que el mismo censo fijaba en 112.461 habitantes.
. El censo aludido consignaba asimismo la existencia de 67 pros­titutas legales, ya que así de minucioso era el registro dirigido por el polígrafo Gabriel Carrasco, lo que no hubiera constituido mayor dolor de cabeza para las autoridades de turno si paralelamente el Dispensario Municipal (en realidad Dispensario de Salubridad, que funcionaba en el "Palacio de la Higiene", como se conocía a la Asistencia Pública) no publicara que se habían realizado, ese mismo año, nada menos que 11.790 revisaciones a prostitutas clandestinas.
El florecimiento prostibulario que se produjo a partir de la regla­mentación del negocio fue notorio también en el hecho de que los rosarinos asistieran, algunos escandalizados, otros regocijados, a la novedad de la construcción de edificios especialmente destinados a un uso tan peculiar como lo era el de escenario para hacer el amor con tarifa y tiempo determinados.

De todos modos, la mayoría de esos locales seguía siendo, por los finales del siglo XIX y comienzos del siguiente, una sucesión de pequeñas habitaciones de dimensiones magras (3x2 metros, por lo general), que no eran otra cosa que reales calabozos en los que ape­nas cabían la impostergable cama y el utensilio de la precaria higiene pre y post-amatoria: la palangana o la jofaina enlozada. Uno o dol baños, que en verdad eran reales y apestosas letrinas, completaban la deprimente escenografía de los que algún despistado cronista rosa-rino insistía en definir por entonces como los templos del placer.

Era la letrina un recoveco vergonzoso y fétido, inmundo y necesario tan húmedo y sombrío y saludable como el intestino grueso que todo poseemos y usamos en el más delicado secreto. Las letrinas eran de una  melancolía sorda, entre gris piedra y amarillenta, de color lloroso; tanto recordaban a un día de lluvia que le ponían medio ¡uto a la más feliz evacuación. Chiquitas, antipáticas y agrias eran esas letrinas, por todo, manducadas a más no poder: uno entraba necesitado y eran incapaces de ofrecerle donde tomar asiento... Parece imposible que los pálidos próceres ciudadanos que nos miran en los libros y museos, tan circunspectos desde sus cuadros, vestidos de frac o de uniforme, se hayan  doblado allí, haciendo equilibrio, con los pantalones en la mano, uimti gidos en sus propios malos olores...
(Carlos Maggi: El Uruguay y su gente, Arca, Montevideo, 1963)

 

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame”  Tomo IV Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones



martes, 27 de mayo de 2014

LOS AVATARES DE LA MALA VIDA



Por Rafael Oscar Ielpi

Las ordenanzas pioneras

Si había algo capaz de preocupar al Rosario de finales del siglo XIX y primeros años del XX era la convicción de los vecinos -sobre to-0  dos los que habitaban en la por entonces más que reducida zona céntrica de la ciudad- de que estaban asistiendo al nacimiento y crecimien­to de una actividad que. si bien era también un comercio como cualquiera de los que habían hecho o hacían la riqueza de muchos rosarinos. no la consideraban digna de ser amparada ni permitida: la prostitución.
Pero pocos suponían que la llamada mala vida iba a quedar fijada en la historia de la ciudad a través no sólo de la investigación de su desarrollo sino por la dimensión que alcanzara y las proporciones de una actividad que llegaría incluso a tener barrio propio, el de Pichincha, aledaño a la estación Súnchales, sobre el que aún a más de seis décadas de su deca­dencia se siguen acuñando las más diversas historias y rebuscando los más variados testimonios y documentos.
Si bien ninguna de aquellas anónimas mujeres alcanzaría el rango de "cortesanas" (que merece­rían en su mezcla de artistas y hetairas, cortejadas por ricos caballeros e incluso por más de un no­ble de altísima alcurnia, incluida la realeza, mujeres como Cleo de Merode o Carolina Otero, que pasaría a la historia como La Bella
Otero), aquella saga prostibularia rosarina dejaría inscriptos nombres que como el de Madame Safo forman parte ya de una mitología urbana cada vez más brumosa pero no por ello menos digna de ser recordada. Aunque -lamentablemente- no existan testimonios fotográficos ni de aquellas muje­res ni de aquellos locales donde la mala vida rosarina se desarrollara entre 1900 y 1930.
Ya en las décadas finales del siglo pasado se constataba la presencia de prostitutas clandestinas -infractoras a la Ordenanza Ne 32 de 1874, que reglamentaba por pri­mera vez   en la ciudad la activi­dad de las conocidas como casas de tolerancia-, que alcan­zaban por entonces al medio centenar y trabajaban sin ningún control ni autorización en esos locales, de los que se ha resguardado apenas el pintoresco o peculiar apo­do de sus propietarias o encargadas, todas ellas exponentes de una ocupa­ción que alcanzaría luego vital importancia en el engranaje del mundillo de prostíbulos, prostitutas y rufianes de toda laya: la de las madamas o regentas de los popularmente conocidos como quilombos.
Un informe municipal elevado al Concejo Deliberante en 1887 mencio­na a alguna de las dueñas de lenocinios rosarinos: Rosa, la correntina; Amelia, la paraguaya; Ana, la catalana, y dos conocidas como La china renga y La vieja María, antecesoras anónimas o poco menos todas ellas de las después famosas Madame Safo, en el esplendor de Pichincha, o Madame France, en la época del apogeo prostibulario en la sección 4ta.
En 1896 los informes municipales señalaban la existencia de 61 casas de tolerancia, mayoritariamente emplazadas en sectores donde se habían instalado fábricas y talleres diversos, establecimientos con importante can­tidad de personal masculino. Es lo que ocurría en las calles Güemes, Brown, Jujuy, etc., desde Independencia (Pte. Roca) al Bvard. Santafesino, luego Oroño.
En ese período finisecular -consigna Ada Lattuca- "la nacionalidad de propietarias y gerentes era habitualmente de extracción foránea", apuntan­do una serie de mujeres cuyos apellidos denunciaban ese origen extranje­ro: Rosemberg, Holsmann, Salman, Griener, Jacovich, Steimberg, Horstein, Sch-wartz, Bader, "así como de nacionalidad polaca o francesa fueron en su ma­yoría las pupilas de las mencionadas casas".
Los pedidos vecinales, motorizados además por la moral de una sociedad con iguales dosis de hipocresía que de respeto a instituciones como la familia o la religión, hicieron que en la última década del siglo XIX se concretaran tres normas referidas a la reglamentación de la prostitución en la ciudad: la de 1887, una de 1892 y la Ordenanza Ne 27, del 16 de diciembre de 1900, la que con mayor precisión y puntualidad encararía hasta ese momento el delicado tema.
Una de las razones más sólidas y valederas del aumento del comercio de la carne (más allá del hacinamiento y la promiscuidad que trajera con- sigo el conventillo, que iba de la mano de la inmigración y el consecuente crecimiento demográfico) está dado por las organizaciones de tratantes de blancas, cuyo papel sería sin duda fundamental en las décadas inmediatamente posteriores.
La Sociedad Varsovia, primero, y sobre todo su continuadora, la Zwi Migdal
después, serían junto con la So­ciedad Asquenasun, las que mo­nopolizarían el manejo del negocio en la Argentina, bajo la inocente apariencia de entidades de ayuda mutua entre residentes polacos, judíos o franceses, cuya cara oculta no era otra cosa que la explotación de mujeres en prostíbulos perfectamente organizados.

El florecimiento prostibulario, que se produjo a par­tir de 1900, con la reglamentación de la actividad, fue notorio también en el hecho de que los rosarinos asis­tieran -algunos escandalizados, otros regocijados- a la novedad que constituía la construcción de edificios es­pecialmente destinados a un uso tan peculiar como lo era el de escenario para hacer el amor con tarifa y tiempo determinado...
Contemporáneos más o menos inmediatos serían asimismo los cafés con camareras, que comenzaron a funcionar en los finales del siglo XIX, atendidos en ge­neral por mujeres que ya habían hecho su experiencia prostibularia en alguna de la casas de tolerancia, con la complicidad de algunos notables de la ciudad. El dueño del Café Viena. a comienzos de siglo, se queja con amargura a la Munici­palidad sobre la desleal competencia de esos locales, deslizando de paso una denuncia nada desdeñable: la de la conexión de ciertos apellidos del Rosario con el mundo de la mala vida
Fuente: Extraído de la colección  “Vida Cotidiana – Rosario ( 1900-1930) Editada por diario la “La Capital del Capítulo N•12

lunes, 26 de mayo de 2014

CALLE PICHINCHA



YO TE RECUERDO ASI...

Por Francisco Piano



En la intersección de dos épocas, cuando la ciudad asis­tía a una renovación de la segunda década del siglo, es decir allá por el año 1920, surge en un sector de la misma un gru­po de "casa de tolerancia" que le dieron aquel sitio renom­bre inigualado y que aún perdura en el recuerdo de los me­moriosos.

Su popularidad había superado el ámbito local y se exten­día hasta la Capital Federal así como a una amplia zona de nuestra provincia. Los transitadores de la noche conservan — en su memoria— aquel reducto con su entorno como un agua­fuerte de Quinquela; vieja y recordada PICHINCHA cuántos hom­bres caminaron tus veredas procurando el placer en aquellas "maisons" que encerraban instantes de amor comprado. Los que hoy pueden volver con sus recuerdos a aquel tiempo, se reencontrarán en las ochavas esquineras la aventura de horas inolvidables.

Se encontrará con nombres como: "El Irianón", "El Italia", "El mina de Oro", "El 90", todos ellos eran parte de la calle Pi­chincha, que hoy conocemos como Richeri; para tener una idea cabal de los lugares en los cuales el parroquiano podía pasar su tiempo, diremos que se podía estimar en alrededor de 15 establecimientos. De todos ellos se destacaba "Madame Sa­fo" (hoy Ideal) donde se encontraba un ambiente muy refina­do y elegante. El mismo era muy exclusivo y la admisión de los asistentes se efectuaba observando por una mirilla coloca­da en la puerta principal; el-"conserje" luego de examinar detenidamente al interesado, según fuera su aspecto, franqueaba la puerta o le negaba el acceso al lugar. La mayoría d las "femes" eran de origen francés, todas ellas de una gran belleza. Se organizaban espectáculos coreográficos de tipo re visteril, no exentos de erotismo para atender los requerimiento de los "visitantes".

Para tener una idea de como funcionaban estas "maisons' señalaremos que se habilitaban a las 16 horas y concluían s labor a las 4 horas del día siguiente. Estos burdeles contaba con un personal que oscilaba entre trescientas o cuatrocientas mujeres, quienes eran rigurosamente controladas por el departamento de salubridad, pues los mismos contaban con 1 aprobación de las autoridades de la ciudad.

Las características edilicias de estas casas eran similares se componían de un pasillo amplio de entrada que desembocaba en un "gran hall" de 10 x 40 metros, el cual se encontraba rodeado de habitaciones. En uno de sus extremos generalmente, desgranaba tangos y valses una pianola, dándole al lugar un toque muy especial.

En los burdeles que podríamos llamar más populares, habían mujeres de todas las nacionalidades en el hall no existían mesas ni sillas. Los concurrentes se ubicaban por lo general junto a las paredes, y hacia ellos se aproximaban la mujeres elegantemente ataviadas y conversaban unos minutos para luego invitarlos a su habitación, circunstancia que quedaba a la libre decisión de cada uno.

Los días sábados por la noche, aquel sector comprendido por Pichincha entre Jujuy y Brown, se convertía en un centre con un movimiento incesante de parroquianos, entre los qu< era dado advertir rostros y personajes de distinto origen, si mezclaban los idiomas ya que era muy normal que los tripulantes de los barcos surtos en el puerto se volcaban a la zona Para establecer un punto de referencia diremos que las joma das sabatinas de nuestra peatonal son similares a aquellas noc turnas que rememoramos.

Las pinceladas finales de este relato están referidas ; algunos tipos de características muy especiales; en prime término mencionaremos al "rufián", quien se ocupaba de las "contrataciones" de las mujeres, tanto a nivel nacional como internacional, eran los "capos" que manejaban el negocio y establecían las reglas de juego a las que debían ajustarse todos los que se movían en este ambiente. Luego le seguía ese personaje tan especial conocido como "cafishio", sujeto que conquistaba a !a mujer con amor y ternura, poseedor de fácil palabra, tenía además un gran sentido paternalista, era hombre de una sola mujer y poco amante del "laburo", de mo­do que vivía a costa de su pareja.

Debemos mencionar también a la "encargada" de controlar el "trabajo" de las mujeres a quien se le identificaba como "ma­dame"; ella regenteaba toda la actividad que allí se desarro­llaba.

Como es de imaginarse, la zona estaba controlada por efec­tivos de la policía, quienes mantenían un orden estricto, para evitar cualquier tipo de transgresión; no obstante ello, ocu­rrían de pronto, algunos encuentros entre "cafishios" —per­sonajes borgianos— sujetos extraños, capaces de la suprema abnegación y de la suprema ruindad. Esos enfrentamientos se producían generalmente por problemas de mujeres, conocidas en el argot lunfardo como naifas, minas o percantas y en muchas ocasiones tenían un trágico final.

Como anécdota, podemos señalar que muchas de aquellas "mujeres" se alejaron del .ambiente y formaron su hogar integrándose a la sociedad, dejando atrás un capítulo de su vida, totalmente superado.

En forma breve, he intentado revivir un tiempo pasado, que conforma la historia de la que en otra época fue reco­nocida como la "Chicago Argentina", título que se había ga­nado por el esfuerzo de sus pobladores, por su actividad cre­ciente, por su empuje. Todo eso quedó atrás, pertenece al pasado... éramos el quinto país en importancia en el mundo, todos nos respetaban y los "gringos" venían a hacer la Amé­rica. Para las nuevas generaciones este "retrato" de un tiem­po que es desconocido para ellos, ha de aproximarlos a un período de ¡a vida de nuestra "city", como se podrá apreciar "no hay nada nuevo bajo el sol", sobre todo cuando nos ha­blan del "destape".... a otro con ese cuento.
Bibliografía: Güía de Rosario de Francisco Planos

A TRES AÑOS DE LA TRAGEDIA DE SALTA 2141

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