Escudo de la ciudad

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El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

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lunes, 13 de marzo de 2017

A la pista, señoras y señores

Por Rafael Ielpi
En los años iniciales de la década del 30, algunos de los cines y teatros rosarinos se transformaban regularmente en pistas de baile pa­ra organizar reuniones bailables en las que coincidían más de una vez las grandes orquestas porteñas con las rosarinas. Era el ca­so, por ejemplo, del Cine Teatro Real, en Bvard. Oroño y Salta, que en julio de 1934 anunciaba a la orquesta de Ed­gardo Donato, del mismo modo que un mes después lo ha­ría con Mercedes Simone, una de las figuras tangueras del momento, y con el popular "Pirincho" Canaro.

La tradición del Real como enorme salón de baile ve­nía en realidad de los años del Centenario, cuando para los días de Carnaval ocupaban su vasto escenario orquestas muchas veces formadas especialmente para esa ocasión, co­mo la que reuniría en 1916 a músicos como Fresedo, Aro-las, Canaro, Roccatagliata y otros, todos ellos ingresados a la historia del tango.Ese mismo año de 1934, mientras moría en Francia Madame Curie, la ciudad se movilizaba ante otras noticias menos livianas, como la inauguración del llamado Sanato­rio de Llanura, en Avda. Godoy y Provincias Unidas, dirigido por la Liga contra la Tuberculosis o el anuncio, en julio, de la pronta finali­zación de las obras que habilitarían el camino asfaltado hasta Santa Fe. Sin olvidar el interés general que despertaría la llegada a Buenos Aires del Graff Zeppelin, el Io de julio, que aterrizaría en Campo de Mayo cerca de las 9 de la mañana y partiría dos horas después rumbo a Río de Janeiro.
En el lapso que transcurriría hasta los inicios de los años 40, los bailes se sucedían mientras tanto durante todo el año, reiterando sobre todo en los barrios una ceremonia que iba desde la ardua elec­ción de la indumentaria, en una época en que el traje era poco menos que una imposición, a ensayos de alguna coreografía o las técnicas pa­ra entablar alguna relación con el sexo opuesto. Las convenciones y ri­gideces que persistían entonces podían advertirse incluso en los salones de baile, con las muchachas y mujeres con sus madres o acompañantes femeninas y los varones en el otro extremo. Aquellas reuniones baila­bles obtenían mucha mayor concurrencia y aceptación, sin embargo, en los calurosos meses de verano correspondientes al Carnaval.
Así por ejemplo, en los primeros días de febrero de 1940, la ciudad tenía una oferta bailable casi increíble en la actualidad, en la que se anotaría otro de los grandes ámbitos del espectáculo en Rosario: el tradicional Teatro Colón, de Corrientes y Urquiza, cuya publicidad en los diarios rezaba: "A fin de evitar las aglomeraciones en la pista central, se habilitará también el amplio salón de baile del segundo pi­so, con grandes balcones a la calle".
Otro local no convencional, el Cine Rex, promocionaba una oferta nada convencional: tres orquestas típicas (las de Luis Chera, Jo­sé Sala y Juan Alberto Migliazzo), tres de jazz (Lac Prugent, Talgueras y Ochoa) y la Característica Monumental, junto a otras dos del mis­mo género, las de Orlando y Nocito. Aquella fiebre danzante se exten­dería a todo tipo de recintos: el Cine Star, en 27 de Febrero 1065; el ex Cine Ideal, el Edén Park, con la vasta pista al aire libre; el Teatro Nacional de calle San Martín, donde además de las orquestas de rigor podía asistirse a las exhibiciones de baile del Profesor Scudin y señora.
Este matrimonio descubriría un filón anexo a esa pasión gene­ralizada: la enseñanza del baile. Así, en su academia de Mitre 720, de 10 de la mañana a 12 de la noche, José Scudin y su cónyuge trataban de convertir en eximios danzarines a hombres y mujeres con el slogan de que "para divertirse en los bailes de Carnaval hay que saber bailar", sin dejar de recordar que eran "los verdaderos campeones sudamerica­nos de bailes modernos". La enseñanza debía de ser realmente eficaz si se piensa que despachaban a los alumnos "en 10 lecciones, con cursos económicos".
Mucho más distinguido que otros clubes, por la composición social de sus socios y por el poderío económico mismo de la institución, Gimnasia y Esgrima proponía a un músico también elegante, Osvaldo Fresedo y a Los Dados Negros locales, anunciando que "la en­trada general da derecho al libre acceso a la pista de baile, como a las 1.000 mesas y 4.000 sillas, no reservadas".
Fuente: Extraído de la Revista “ Vida Cotidiana Rosario 1930/1960” Fascículo Nº 5

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